lunes, 23 de marzo de 2015

Té a la luz de la luna



La luna... Pasaba horas mirando la luna.


Por las noches me inspiraba con su palidez de nácar. Imaginaba tantas cosas, luego la observaba con unos prismáticos enormes que me habían regalado.
Veía también las estrellas,
diminutas almas,
que me cuidaban...


Pensaba en aquellos días cuando fui a la casa de mi abuelo Eduardo a ver por televisión la llegada del hombre a aquel lugar inhóspito. Yo era tan pequeña, pero estaba fascinada.


El tiempo se quedaba detenido en el silencio
mientras la horas
se consumían como velas en un retablo
tratando de llevar
sosiego a mi corazón desierto.


Mientras mi gata dormía
como escritora sabia
entre las hojas de mis cuadernos,
sabía que allí estaba yo
y me hacía compañía.


Hoy sigo tomando té a la luz de la luna.
Me levanto aproximadamente
a medianoche
para luego poder descansar

y me refugio en el silencio, mi gran compañero.






La luna vino a la fragua
con su polizón de nardos.
El niño la mira, mira...
el niño la está mirando.
En el aire conmovido
mueve la luna sus brazos
y enseña, lúbrica y pura
sus senos de duro estaño.

-Huye luna, luna, luna,
si vinieran los gitanos
harían con tu corazón
collares y anillos blancos...

Fragmento de "Romance de la luna, luna... De Federico García Lorca







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Recuerda... no depende la venta de la calidad de tu obra. No escribas pensando en la ganancia. El verdadero Arte nunca fue apreciado en su propia época.

En la vida lo importante es sentirnos abrigados

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