domingo, 3 de septiembre de 2017

El silencioso grito de Manuela (Cap II, segunda parte)



La luna y sus estrellas hacían esfuerzos inverosímiles para penetrar por las hendiduras de la casona que parecía un carro viejo anclado en medio del camino. Julián veía por las galerías a monjas que se santiguaban y recogían los huesos de muertos ancestrales, sus rizomas, los jarabes, las mortajas, los cirios… Entre los líquenes, aparecía la gata Máxima cubierta de grillos que se recostaba porque estaba agotada de huir de la persecución de Rocío. ¡Misteriosas preguntas!

Manuela lloraba por los rincones con la criatura en brazos y se sentía inútil para criar a Letizia porque tenía más miedo que antes; era una mujer casta y permanecía, por su propia voluntad, ajena a las miserias de los humanos; sin embargo, Dios se empeñaba en reclamar lo que era suyo. Ella no estaba enojada con el Supremo; lo amaba más que nunca.
-No me interesa ser santa, quiero ser digna del cielo-repetía.

Manuela recibía toda la carga de la ausencia de Rocío porque era su madre y a pesar de no tener edad sabía muy bien lo que significaba estar en peligro. Ese juez, cansado de tantos veredictos, le había confirmado sus sospechas y ahora era tarde para preparar tisanas, llenar los cántaros, recoger las flores de peonía… Odiaba el latido del reloj y las visitas a destiempo porque quería estar sola y aislada de la sociedad para sangrar por las heridas con el dolor que sólo una madre puede sentir. Cuando se dormía veía la muerte que se escondía en su cuerpo como un reptil y a la mañana la pesadilla de vivir sin la niña la hacía reaccionar nuevamente.

-¡No puede ser!-decía abrazada a la almohada en el cuarto silente cuyas paredes vigilantes guardaban sus secretos.
Los años anteriores le parecían superficiales porque nunca antes había sentido los destellos de la felicidad de estar cerca del ser amado, de extrañar su presencia, de languidecer ante unos ojos oceánicos que decían más de lo que una pequeña hija podía expresar con todas las palabras. La soberbia de la injusticia no imaginaba cómo despedazaba un corazón con cada momento; Manuela, herrumbrada, cobarde, quería ser cruel porque se consideraba desigual ante la maldad de ese destino, pero no era valiente como Dios se lo pedía en los sueños fragmentados. Su voz era dulce y recogida, sus gestos llanos; existía la nobleza del dolor en la santidad de una mujer que no había manchado su espíritu con los pecados terrenales.



Una mañana de junio llegó a sus vidas despojadas de alegría una beba hermosa a quien llamaron Encarnación. Manuela, tras la luz apacible de las teas, pudo decir:
-No existe algo más intransferible que los deseos ocultos.
Encarnación en su cuna con un plumón rosado era igual a Rocío, rubia y transparente. Parecía que había vuelto aquel ángel a recoger sus juguetes, a leer las letanías de la Virgen, a esconder los vestidos de luto…

Era domingo y Julián, sin entender lo que pasaba, parecía aturdido; no podía concentrar sus pensamientos porque su perplejidad se desbordaba por su cuerpo. En la víspera había recordado a Rocío más que nunca en la cama con los ojos cerrados; la veía corriendo mariposas entre los helechos salvajes, con sus rulos al viento, entre los gavilanes y las retamas. Ahora ella parecía resucitar entre las sábanas de batista  con la lluvia de oro sobre su cabeza.

Manuela miraba el lento caminar de su esposo por la habitación desde su lecho. Él no quería ver a la niña porque solamente el llanto le quitaba fuerzas, pero sabía que debía seguir adelante aunque su corazón estuviera observando el pasado desvencijado por la irreparable pérdida.
Encarnación era gruñona y desacomodaba su cama todo tiempo. Manuela la llenaba de crucifijos y llamaba al médico y al párroco de la iglesia de San Francisco día por medio.
Letizia, de cuatro años, acomodaba el cobertor cada vez que Encarnación, con sus tonterías, desbarataba la cuna, acababa con la paciencia de sus padres y con el mutismo de capilla de la casa centenaria.
Encarnación había traído el desorden y el consuelo a esas personas desbarrancadas por las tormentas cuando la noche parecía una solterona eterna y huérfana.

La palabra “madre” volvía a pronunciarse con la alegría cautelosa de Manuela que seguía siendo hija entre los escalones degradados por los musgos, con Letizia corriendo a su alrededor y la gata Máxima recostada sobre su cuerpo. Ella era una mujer insignificante que creía en la niñez como refugio y en la vida de los recuerdos. Nunca tuvo responsabilidades; eso, justamente, le daba seguridad porque sabía que jamás estaría sola.

“No deberíamos amar tanto a quienes, por las leyes de Dios, se irán primero, pero cómo hacer para no querer…”, pensó con melancolía y cierto temor latente ante lo impredecible.

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