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Querida Rosaura (Cap II, 4ta parte)




A José le quedaron cicatrices en el alma después de haber discutido con su hijo varón; el seminario en vez de acercarlo a sus raíces lo había alejado más y lo había convertido, para él, en un hombre sensitivo, con poco entendimiento y nada de sensatez. A Agustín no le gustaba la conducta de su padre pero trataba de respetarlo con sus imperfecciones y sus juicios poco equitativos. Nada resultaba más antagónico que amar ejerciendo presión, manipulando voluntades y obligando a criaturas a decidir sobre situaciones basadas en conflictos familiares que arrastraban años de litigios. ¿Por qué nadie lo entendía?.

José Shalli era el jefe de una dinastía que todavía tenía adeptos pero que debía cuidar para que no lo traicionaran; las mujeres que vivían en su casa le calmaban los dolores porque lo apoyaban demasiado. Él se había encargado de cultivar los ánimos como si profesara una secta de fanáticos e intransigentes. Don José debía estar contento con su historia y demostrar la fragilidad del ser humano con todo lo bueno y lo malo para poder lograr el verdadero sentido de la existencia.

Rosaura sabía que debía obedecer a su madre; por una extraña razón entendía que así tenía que ser. No se sublevaba porque la amaba. Magdalena gobernaba esas tierras con el poder de un hombre y la convicción de que las mujeres debían hacerse valer y ser respetadas ante el machismo y la autoridad masculina. Le hubiera gustado labrar el suelo para sacarle el máximo de provecho, juntar los frutos de la cosecha con sus propias manos, tener el dinero suficiente para que su padre no pudiera hablar…, pero estaba allí, embarazada, a punto de dar a luz, con la esperanza puesta en el hijo por venir y en el drama de no cruzar una mirada con José Shalli que, seguramente, le diría:
-¡Otro hijo más!.

Frente al farolito de puerto pasaba las noches tejiendo junto con Rosaura que hacía los deberes sobre la mesa de nogal. Los perros ladraban y ellas se sobresaltaban… Magdalena tomaba la escopeta que tenía escondida detrás de la puerta con la ristra de ajos y tiraba tiros al aire. Seguramente, algún gato trepaba por los naranjos para huir de los animales que dormitaban en la portada. La oscuridad era la antesala de las tragedias; sin embargo, Juan dormía sin imaginar que su esposa tenía tanto miedo. Ese cuerpo  guerreaba con la vida, con un carácter fuerte y obcecado, con la rutina en un lugar que parecía sepultado por las décadas. Tenía terror a un fin inesperado como si tuviera conocimiento de la cercanía de la muerte que siempre, y bajo toda circunstancia, es absurda porque es la negación de la vida. Si hubiera cambiado su actitud, esa paranoia que le hacía tanto mal, hubiera podido disfrutar de las bendiciones de una existencia rica a pesar de los apremios económicos. Magdalena no vivía en armonía por estar a la defensiva pensando qué dirían los demás de sus hábitos y de su entorno. Esas personas que creían ser mejores no eran más que oligarcas venidos a menos, amigos de su padre, jueces de memoria oscura y de presentes opacados por la patética maraña de la codicia.

-Ayer vimos al abuelo enfrente del colegio-dijo Juan José entusiasmado.
-¿Dónde?.
-Estaba parado en el adoquinado con el bastón y las llaves de ese fabuloso auto en las manos.
-¡Será posible!-dijo Magdalena tratando de hacer una pausa para tomar aire.
-¿Quién?-preguntó una voz poco fluida.
-El abuelo, papá.
-Ese hombre tiene un interés poco normal e intenta provocar inestabilidad emocional en todos nosotros. Tiene una forma de vivir excéntrica y quiere transformar nuestra realidad a sus propias necesidades. Es una persona egoísta y nunca deja de arrojar veneno para alterar los ánimos, luego se va, tranquilo, pisando firme, como si nada hubiera pasado.
-No es tan así. Tú porque eres demasiado susceptible y te sientes agredido. ¿Por qué no le haces frente y le acomodas los puntos en su lugar?.
-Porque lo respeto por su edad y por su talento para lograr las metas que se propuso.


Rosaura seguía mirando la luna llena por la ventana y las ochenta y ocho constelaciones en la Vía Láctea: Quilla, Centauro, Orión, Lira, Cochero, Boyero, Erídano, Cruz del Sur, Virgen…; pensaba que todavía no conocía a nadie que se haya muerto para sentir, en su cuerpo, los ojos del amor. No entendía la pelea de sus padres, pero tampoco los escuchaba demasiado. Ella quería mucho al abuelito de retorcidos bigotes porque era muy protector y solía contar cuentos que la divertían muchísimo. En la inocencia no hay lugar para conjeturas porque el alma no sabe de malentendidos.


¿Para qué tantas preguntas?. ¿Qué complicados que son los mayores?. Mientras continuaba la discusión, ella se recluía en el cuarto donde había una caja con la ropa del bebé: unos baberos de linón bordados en punto sombra, un ponchito con motas, batitas y toallas. Sacaba todo de su lugar y luego lo volvía a acomodar con prolijidad. Miraba el techo y las paredes desteñidas y sentía escalofríos, miedo a una oscuridad completa y a esas verdades que no se podían modificar: la cadena humana, ese eslabón que se cortaba con un ruido seco de hierros, el dolor que no conocía todavía y el perfume como una bocanada de humo que entraba por las grietas.


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