Necesito encontrarte...
−Me siento tan infantil.
−No –murmuró Paula y le dio un abrazo. Lo veía tan entregado que le daba inmensa ternura. Ese amor que sentía por Hellen era tan intocable y puro que seguramente le duraría toda la vida. La había idealizado demasiado, transformándola en un ser lejano a lo terrenal, una especie de ángel sin vida propia que besaba con labios fríos. La mujer estampa que aparecía y se ocultaba dejando amor en sus ojos azules, plegarias en sus manos, y la inocencia cargada de letanías. Era la misma bandera, una gaviota, el fervor, la mirada, el triste viaje. ¿Dónde? Nadie lo sabía. Leonor se encargaría de averiguarlo si podía, pero eso significaba esperar y Facundo tenía demasiada ansiedad. La impaciencia que tendría que sepultar bajo tierra porque la vida estaba por venir y ese pasado era sólo eso: ceniza.
Abril: Día del Veterano y de los Caídos en la guerra de Malvinas
La conmemoración del 2 de Abril como el Día del Veterano y de los Caídos en la guerra de Malvinas fue establecido por ley del congreso nacional en el año 2000, declarándose además como feriado nacional.
Yo he escrito sobre la guerra dos libros porque he tenido la necesidad de hacerlo, de recordar lo que fueron aquellos años porque los viví de cerca. Era muy joven, pero sentía miedo. El conflicto se desató en el sur, pero aunque estuviéramos lejos, la cercanía del dolor se hermanaba, nos llegaba hondo, al corazón, al alma... y sentíamos impotencia. La guerra siempre es nada. Lo digo a menudo.
Hellen, escribe...
“Sé
que estás cerca porque te presiento, Hellen. Y como te presiento te extraño. Sé
que estás por acá entre los montes, muerta de frío; quizá, buscándome en la
oscuridad y gritando mi nombre con toda la voz para que el viento me lo traiga,
y nos encontremos abrazados en la hondonada más abajo, a la luz de las
bengalas. No sé por qué se me ocurren esas tonterías, podrías estar muerta
dentro de tu vivienda o contra alguna roca como dormitando”, pensó Facundo
mientras iba rumbo a las islas.
A
Facundo no se le cruzaba por la mente que Hellen hubiera partido para
Inglaterra o que estuviera casada y con algún nieto por venir. Él la seguía
viendo joven entre las trazadoras, el ruido sordo que traía el viento, los
disparos y las bombas de fósforo que se abrían contra el horizonte.
¡Levántate
que vienen! Mamá… mamá.
Cuánta
paz le daba esa palabra; la sangre se volvía escarapela y orgullo. Y aparecía
su madre llevándolo al colegio con el guardapolvo blanco en aquellas tardes de
mayo. Nunca podría haber imaginado que treinta años después iba a recordar con
tanto amor ese lejano pasado, como queriendo volver a esa edad para cambiar la
historia.
La guerra del mañana
Hoy GRATIS
Retratos literarios: Hellen
--Gracias -–comentó
Facundo mirando esos ojos que parecían sonreír. Hellen era un ángel escapado
del cielo, una pócima sanadora que, como un milagro, podía curar con colocar su
mano. Así lo sentía él y se dejaba llevar por los gestos de cariño, en los que
depositaba toda su magia y encanto. Dar la convertía en un ser rico y ya no
necesitaba más. En medio de esa desolación y del miedo a morir mañana, la
generosidad sumaba un retazo de felicidad desconocida pero real, tan verdadera
como esa batalla estéril, como todas las guerras que solamente dejan hielo en
el corazón y cuerpos mutilados para siempre.
Facundo
no sabía si era amor lo que sentía por ella. ¿Cómo saberlo si nunca había
estado enamorado? Era demasiado joven y recién había despertado a la vida como quien
duerme una noche y despierta entre las trincheras, los lamentos y los gritos.
No sabe dónde está, se siente mareado y confundido. Quiere caminar y sus
piernas no obedecen.
Facundo
Cruz pensaba en Hellen todo el tiempo. La batalla la sentía menos áspera, más
ajena. Deseaba protegerla, a ella y a sus hijos. En medio de aquella barbarie,
Dios le había enviado una hierba medicinal para sanar las heridas y para que no
viera el otro lado del egoísmo y de la ambición. Parecía todo tan irreal y por
momentos su mente se quedaba detenida en el primer bombardeo, cuando los
camiones volvían con los muertos. Eso lo traía a su realidad, la auténtica, la
de todos los que estaba allí para defender los derechos.
****
Hellen, la inglesita, la que vivía en Malvinas cuando se desató la guerra en 1982. Ella tenía varios hijos de ingleses, de soldados. Y allí frente a las bengalas estaba dispuesta a ayudar, a darse por entero a los argentinos. Era muy joven, pero ya tenía el pelo blanco y sus hijos jugaban a la intemperie, entre la nieve, alegres y despreocupados. Eran niños y no sabían del peligro.
Hellen, escribe...
Aquella noche, la
primera después que regresé de la guerra, entró un murciélago en el cuarto por
la puerta que daba al balcón y desde el que contemplaba la ciudad de Buenos
Aires. La habitación estaba a oscuras, con una débil luz que se filtraba por la
persiana. Yo no le tenía miedo, me quedé muy quieto. Se levantó viento y me
pareció oír a los hombres de la defensa antiaérea hablando sobre el tejado
vecino. Estaba refrescando y se ponían los abrigos. Durante la noche estuve
intranquilo pensando que alguien podría sorprenderme, era el horror todavía
latente. Mamá decía que todos dormían y trató de calmarme. Me acarició para que
pudiera conciliar el sueño. Eso me daba tanta quietud. Las madres transmiten
paz. Cuando desperté, por la mañana, me asusté, pero ella vino con unas
galletas y una taza de chocolate. Tenía hambre. Armandito me miraba en silencio
desde la puerta. Sé que quería correr a darme abrazos y besos, pero mamá le
dijo que no me molestara y que ya tendría tiempo para demostrarme todo el amor
que sentía.
Cuando salió el sol, yo
tenía el termómetro en la boca y se aspiraba el olor a rocío de los tejados. Me
sentía aturdido por la fiebre repentina y por un zumbido que se colaba por mi
oído izquierdo. La pesadilla quería quedarse entre mis huesos para someterme
una vez más, pero no pudo. Igual me quedé en la cama, me sentía solo, pero
estaba seguro, en casa, con mis padres. Todo había terminado. Ya no más
fusiles, ni bengalas, ni gritos, ni bombas. Adiós a Hellen también…
De repente, alguien
avanzó por el pasillo y se detuvo frente a mi cuarto. Era el cura. Allí estaba,
pequeño, con su cara morena y me miraba lleno de compasión.
−¡No! –grité y luego me
desmayé.
*
Quiéreme mientras se pueda...
"Esto no es un adiós, esto es un gracias" Nicholas Sparks
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Hellen, escribe... Guerra de Malvinas-1982
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−Me
siento tan infantil.
−No
–murmuró Paula y le dio un abrazo. Lo veía tan entregado que le daba inmensa
ternura. Ese amor que sentía por Hellen era tan intocable y puro que
seguramente le duraría toda la vida. La había idealizado demasiado,
transformándola en un ser lejano a lo terrenal, una especie de ángel sin vida
propia que besaba con labios fríos. La mujer estampa que aparecía y se ocultaba
dejando amor en sus ojos azules, plegarias en sus manos, y la inocencia cargada
de letanías. Era la misma bandera, una gaviota, el fervor, la mirada, el triste
viaje. ¿Dónde? Nadie lo sabía. Leonor se encargaría de averiguarlo si podía,
pero eso significaba esperar y Facundo tenía demasiada ansiedad. La impaciencia
que tendría que sepultar bajo tierra porque la vida estaba por venir y ese pasado
era sólo eso: ceniza.
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“La ausencia disminuye las pequeñas pasiones y aumenta las grandes, lo mismo que el viento apaga las velas y aviva las hogueras.”
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