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"Fueron los libros los que me hicieron sentir que tal vez no estaba completamente solo".

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Países desde donde se leen mis novelas.
"Fueron los libros los que me hicieron sentir que tal vez no estaba completamente solo".
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"Se fue caminando por la vereda del ferrocarril, cruzó las vías y llegó a la plaza frente a la iglesia. Por esos lugares había visto muchas veces a la mujer de blanco, el brillo de sus ojos, sus trampas, el beso… Ella lo quería mucho, se notaba en sus lejanas caricias, en la forma de amar la sombra y abrazar la risa. Parecía un ánima, pero no le tenía miedo. Podía imaginarla todavía rodeada de felinos sedosos a los que amaba como hijos" (fragmento)
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PERDER EL ALMA.

Perder el Alma

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−Hortensia, ¿qué haces acá? –se escuchó entre las matas.

Don Fidel venía caminando entre la vegetación agreste con una rama que utilizaba de bastón para abrirse paso entre la maleza o por si aparecía alguna culebra. Lo acompañaban cuatro perros. Murmuraba bajito igual que los ancianos sin remedio, pero cuando levantaba la voz era porque estaba enojado. Llegó a la tranquera y se enfrentó con Susan y la niña en sus brazos.

−Hortensia –volvió a decir con más calma y se apoyó en un poste del alambrado.

A Susan le dolía el brazo de tanto sostener a la niña que ya se la veía cansada y llorosa.

−No me llame así −respondió con un hilo de voz, con tristeza y resignación.

−¿Y si te llamas Hortensia cómo te voy a decir? –exclamó don Fidel desorientado− ¡Vamos para la casa! Parada allí no ganas nada. ¡Qué locura habrás hecho!

−No me pregunte, papá. Ya le voy a contar con más calma. ¿Y mamá?

−Está haciendo una torta como todas las tardes. Sabes que la prepara para nosotros porque ella no come; dice que el dulce y las harinas le hacen mal a los intestinos.

Los dos caminaron hasta la puerta de la humilde vivienda pintada de blanco. La cortina descolorida dejaba ver la pobreza en la que vivían: baldes de agua, una canilla que goteaba, cuatro malvones y un pomelo. El burro, y atrás los galpones abarrotados de carros de abuelos, tractores viejos, trastos empolvados, gallinas y cerdos revolcándose en el lodo. El auto verde botella no estaba en el galpón.

−¡Mamá! –dijo Susan y la abrazó con la niña en el medio en un apretado y sentido encuentro que la dejó con llanto en los ojos.

Doña Martina estaba tan confundida como su marido Fidel. Cuando trabajaba con los Ferrer, los había visitado muy poco y por eso ellos se mantenían ofendidos. Pensaban que Susan se sentía avergonzada de tener padres humildes, con una propiedad pequeña y poco futuro. Por eso ella fue a trabajar de mucama, no pudo estudiar. En cambio, su hermano Aníbal había hecho tres años de abogacía en los tiempos de la dictadura militar, en los ´70. Aníbal era mayor que Susan. No se recibió y se dedicó a labrar la tierra igual que Fidel. Tal vez, escapó de aquello o lo obligaron… No se sabía, nadie preguntaba.

−Hortensia… ¿y ese bebé? –preguntó Martina y corrió la manta para verlo mejor.

−Es una niña y se llama Alma. No tiene padres, es huérfana.

−¿Y quién te la dio? ¿Acaso no tiene abuelos y tíos?

−Nadie –respondió Susan quien ocultaba el rostro para que no se le notara que mentía.

−Le vamos a dar de comer, pobrecita –dijo Martina sin hacer más preguntas−. Luego irás al pueblo a devolverla. Nosotros te acompañaremos; además, los Ferrer te saldrán a buscar. ¿Les dijiste que venías de visita?

−¡No iré a devolver nada! ¡No me obliguen! ¡Los Ferrer se pueden ir al infierno! –gritó Susan fuera de control.

−¡Por Dios, hija! ¿Qué has hecho?

Doña Martina sospechaba de algún manejo oscuro de su hija. No quería quedar involucrada, manchada; ellos eran honestos y demasiado derechos. Fidel se mantenía callado y, con las manos detrás de la espalda, caminaba de un lado a otro de la cocina. No quería enojarse porque se transformaba; intentaba calmarse, le hablaba a su yo interno. Martina lo miraba buscando respuestas, pero él desviaba la vista. Susan no podía contener los nervios y le ofreció la niña a Martina para que le diera la leche. Encontraron una mamadera de cuando Susan era pequeña y la acondicionaron para el momento. Alma no lloraba y los miraba con sus enormes ojos azules.

−Es muy hermosa, pero debe ser llevada con las autoridades. No sé. Creo que no se puede tomar un bebé por gusto para adoptarlo, aunque no tenga familia.

−¡No me importa si no se puede! –gritó Susan−. La niña es mi hija y ustedes deberán callarse porque si no me voy y no me ven más

−Hija, reflexiona –agregó Martina con voz dulce, intentando persuadirla de que debía volver atrás−. Si la trajiste del pueblo pueden venir a buscarla, estamos tan cerca.

En ese momento un auto, que venía por la calle levantando polvo, se detuvo.

Susan se asustó; se hallaba demasiado susceptible. Le arrebató la niña a su madre y se ocultó en los cuartos.

−¡Cuidado con decir algo! –amenazó.

−Es don Pascual que siguió para su rancho –gritó Fidel.


Susan se había recostado en el catre de adolescente y, con Alma a su lado, se durmió. Martina la miró con ternura y la dejó descansar; la tapó con una colcha tejida al crochet por la abuela Gloria y se fue a la cocina a hablar con Fidel. No podía creer lo que sospechaba. Susan siempre había sido una niña y luego una joven tímida, callada y obediente. Desconocía esos arranques de ira, su manera autoritaria de dar órdenes, el gesto adusto.

💕💕💕

PERDER EL ALMA
Me deben una vida...
-------------------------Madre hay una sola, El virus, La venganza, Los años 70, Locura, Amor incondicional, La trama del adiós.

Perder el Alma. Me deben una vida...

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¿Cuál era la verdad? ¿Y Alma?


Tuvo que caminar pasos medidos porque tantos eran los problemas que se le escapaban de las manos; dejó una tristeza vagabunda que lo perseguía igual que una sombra.
Miró a su gato rojo; lo escuchó comer "las estrellitas" en su plato colocado en la cocina. Sólo él regresaba, también lo hacía el zorzal a toda hora. Eso le daba una pequeña dicha, aunque sostenida por una sola cuerda de guitarra.
A veces, se sentía solo, pero lo animaban los salmos, las melodías religiosas, el recuerdo de su padre y, sin quererlo, casi sin permitírselo, la caricia de Clara Franch: la mujer fantasma, la mujer cielo, buena y cruel, que llevaba un pájaro en la punta de su dedo y tenía perfume a azahar. Se confundía.
El pentagrama sobre el órgano era azul, el color preferido de Rubén Darío y de la abuela Úrsula, y sus lágrimas de niño también eran azules porque se parecían a la lluvia.
Hablaba la gran madre y se desordenaban los silencios.
--Todo esto tendrá la importancia que tú le vas a dar.
--Sí, abuela.
PERDER EL ALMA.
Me deben una vida.

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EL GATO ROJO


Se oían a lo lejos las palomas y las tórtolas.

A Guillermo esos sonidos le traían recuerdos del cementerio donde iba, de niño, a visitar a Salvador. Mía lo llevaba. Le hacían creer que su padre descansaba en aquella tumba marmolada, pero allí no había nadie. Las cenizas de Salvador permanecían en el patio de la iglesia. Él era muy chico para saberlo; le hubiera destrozado el corazón. Prefería creer que su papá se hallaba guardado en un cofre con encajes blancos, bien cuidado, durmiendo para siempre en ese refugio inmaculado. Pero llegó el momento que sintió que allí no había nadie, no porque no estuviera el cuerpo sino porque el silencio, como una palabra, le decía: ve tranquilo, yo estoy bien, vive tu vida y no te preocupes por mí. Y así fue que dejó de ir, aunque le agradaba ver los cientos de gatos que lo perseguían o los ángeles escribiendo sentencias con las alas desplegadas e infinitas. Él les miraba los ojos a aquellas estatuas, pensando que en cualquier momento iban a mover los párpados. Estaba todo tan inhóspito, pero había magia, algo celestial, como si le lloviera paz sobre los hombros.

Y así se fue despidiendo de ese jardín, donde el corazón se abrigaba buscando huecos para llenar, cuando la vida le decía que no se desplomara porque aún los días amanecían…

*

PERDER EL ALMA
Me deben una vida...

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 La profundidad y excelencia con la que escribes es un don pocas veces visto. En un pequeño texto nos haces volar y adentrarnos de lleno en la historia y en la época en que ésta se sitúa. Se percibe el paisaje, los aromas, los sentimientos. En otras palabras, tus textos desbordan de esa extraña magia tuya que los hace maravilloso. Abrazos querida Luján.

Daniela Bossio (Uruguay)

❤
Parte II de "La trama del adiós"
Un libro que se puede leer igual de manera independiente.
***
No me gustan mucho los finales abiertos y terminé escribiendo una novela "La trama del adiós" (ex La Novia) con historias que tenían demasiado para contar, digamos "cuentas pendientes" y que me pareció interesante resolverlas y volver sobre esos personajes: demandantes, siniestros, humildes, vengativos y humillados. En un entorno donde las drogas dejaban espacio a la manipulación, donde el crimen parecía ser el problema y la solución, donde había demasiada falta de respeto y mucha ambición.
*
Esta segunda parte es más benevolente y tierna y tiene que ver con la venganza, pero también con el amor de madre y el deseo de serlo a cualquier precio. Una mujer simple que quiere dejar de ser la que fue para reinventarse y poder ser feliz.
"Madre es la cria y educa" solía decir y así fue por la vida, escondiendo heridas y sanando otras.
Gracias por estar.

PERDER EL ALMA
Me deben una vida...

"Confía más en el hombre que se equivoca siempre que en el que nunca duda". Eric Sevareid

 

Los dos se querían y se ayudaban mutuamente, a pesar de la diferencia de edad. Es que Ricardo era un hombre humilde y sano, protector. Cuando sonreía lo hacía con los ojos y allí estaba su alma. Se había acostumbrado a no esperar nada del otro, a resignarse, a valorar el afecto. El abrazo bueno de quien se lo entregaba de verdad, sin especulaciones y sin esperar favores, porque sabía que cuando apoyaba la cabeza en la almohada no tenía nada de que arrepentirse ni disculpas que dar. Era un hombre de ir derechito y sin torcerse, de acumular cariño para después y de no quejarse si sufría por algo. Es que no tenía ambiciones. Por eso quería tanto a don Fortunato porque lo consideraba su protector; la persona que había confiado en él sin conocerlo y que le había dado una oportunidad. 

Ricardo se ganó el lugar que tenía en el corazón del anciano y en esa chacra frente a otros peones que a veces lo miraban de reojo. De todas maneras, no había discordias porque Fortunato los premiaba con lo que se merecían y a nadie les faltaba nada. Lo importante era construir un pueblo dentro de un lugar pequeño para abrigarse del frío.

***

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Parte II de "La trama del Adiós"
(Se puede leer de manera independiente)
*

LA FUGA
AMOR DE MADRE
¿CULPABLE?

La vida, a veces, nos obliga a usar una máscara.
Es que somos vulnerables frente a la soberbia cuando nos sentimos avasallados.
Resistir es la palabra.

Susan lo hizo. Años de batallas frente a los verdugos incansables que arremetían sin piedad frente a sus ojos tristes. Ella no reclamaba, no discutía, porque no debía…
Si la echaban a la calle tendría que volver a su jaula virginal a deshojar margaritas: pobre, lejos, exiliada.
Ella soportaba la penitencia, los gritos y los agravios, sin inmutarse y sin despertar sospechas. Parecía feliz y orgullosa de ayudar, hasta que se dio por vencida.

En su propio mundo de cuatro paredes, pensó en un plan con las pocas armas que le ofrecía ese entorno asfixiante. La cabeza le estallaba frente a los dardos que, a diario, debía soportar cuando la falta de aire la obligaba a buscar refugio en las lágrimas.

¿Se puede soportar tanto destrato?
Susan no se consideraba culpable.

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Me deben una vida...

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Ricardo trajo un frasco grande de vidrio y le dio en la manita a Alma que le sonrió con cariño. La paz que se respiraba en esa chacra era como subir al paraíso y quedarse dormido. Todo era bello. Susan no recordaba haberla visitado en la niñez, pero por algo estaba allí, por algo decidió recorrer ese sendero nítido, como de hormigas viajeras, que la llevó a ese lugar mágico. No podía creerlo. Ricardo cebaba mates y hablaba de su provincia, don Fortunato se reía de las anécdotas, a lo lejos se oía el tren con los vagones cargados y las cotorras parloteaban entre los paraísos, álamos y laureles. No había gritos ni malos entendidos. La casa rural, envuelta en lanas, parecía abrigar igual que las ovejas a sus crías, protegía a los visitantes de todo mal, santificaba los dones, llenaba de luz los recodos olvidados y hablaba en un dialecto acompasado de palabras dulces y piadosas.

−Gracias por los mates. Volveré, tío –respondió Susan−. Adiós, Ricardo. Un gusto.

−Encantado, señorita.

*

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"El alma tiene ilusiones, como el pájaro alas. Eso es lo que la sostiene", Victor Hugo

 


Susan caminó por el campo abierto.

Con la niña en brazos, ya grande, y el bolso se le hacía dificultoso esquivar la maleza, aunque existía un camino de hormigas trazado con anterioridad por alguien que recorría los senderos espinosos para ver de cerca el fruto de su trabajo.

Se escondió detrás de unas matas y observó la casa. Se la veía solitaria: dos o tres gallinas, un pato, tres palomas sobre el tejado que daba a un pequeño altillo o buhardilla. Había humo detrás de la vivienda cerca del terreno lindero. Se oían risas, la alegría que contagiaba, y una felicidad genuina de seres especiales.

Susan caminó con rapidez y sigilo; temía ser vista por alguien. Los habitantes del predio se hallaban de fiesta en los fondos. Dentro, en la cocina y el comedor, todo estaba limpio y ordenado. Silenciosa, se desplazó por un pasillo oscuro con algunos retratos colgados de la pared. Pensó que no era el momento de mirar quienes eran esos seres que venían del pasado a observar el presente matemático y exacto. Susan halló la escalera que llevaba al altillo, era de hierro. Tocó el picaporte de la puerta y estaba cerrada. Se lamentó; tenía la esperanza de encontrarla abierta. Miró a los costados. Le dolían los brazos de sostener el bolso y a Alma. Vio que debajo de una maceta asomaba una cinta roja. Tiró de ella y apareció una llave.

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−¿De dónde vienes?

−De atrás del galpón. Fui a mostrarle los caballos a Alma. La naturaleza hace bien, llena de energía y sana el cuerpo. Es un paraíso, el cielo mismo.

−¿Qué? No sabía que ver caballos daba tanta paz.

−Caballos, perros, pájaros… El viento aleteando igual que mariposas rojas, el aljibe y el molino. ¡Tantas cosas! El sol es otro sol y calienta aunque no alumbre. La lluvia es bonita, un arrullo, y adormece las palabras. Ese silencio también cura porque obliga a la reflexión. Y aparecen los recuerdos, las risas, los abrazos… Es otra vida. Yo no la conocía y ahora me siento bendecida por ese jardín de hortensias y de rosas. La sabiduría de los años huele a fogatas bajo la luna y a huertas. ¡Qué serenidad da alejarse de los otros, dejando correr la vista por los tejados, por los patios que desbordan de plantas, con sus fuentes de agua! Y las sementeras y los cañaverales frente a las golondrinas. ¡Cuánta poesía que me sostiene! Por suerte la he descubierto.

*
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Me deben una vida...

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Parte II de "La trama del Adiós"
(Se puede leer de manera independiente)
*

LA FUGA
AMOR DE MADRE
¿CULPABLE?

La vida, a veces, nos obliga a usar una máscara.
Es que somos vulnerables frente a la soberbia cuando nos sentimos avasallados.
Resistir es la palabra.

Susan lo hizo. Años de batallas frente a los verdugos incansables que arremetían sin piedad frente a sus ojos tristes. Ella no reclamaba, no discutía, porque no debía…
Si la echaban a la calle tendría que volver a su jaula virginal a deshojar margaritas: pobre, lejos, exiliada.
Ella soportaba la penitencia, los gritos y los agravios, sin inmutarse y sin despertar sospechas. Parecía feliz y orgullosa de ayudar, hasta que se dio por vencida.

En su propio mundo de cuatro paredes, pensó en un plan con las pocas armas que le ofrecía ese entorno asfixiante. La cabeza le estallaba frente a los dardos que, a diario, debía soportar cuando la falta de aire la obligaba a buscar refugio en las lágrimas.

¿Se puede soportar tanto destrato?
Susan no se consideraba culpable.
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