"Fueron los libros los que me hicieron sentir que tal vez no estaba completamente solo".
Perder el Alma
Perder el Alma. Me deben una vida...

Perder el Alma. Me deben una vida...
Se oían a lo lejos las palomas y las tórtolas.
A Guillermo esos sonidos le traían recuerdos del cementerio donde iba, de niño, a visitar a Salvador. Mía lo llevaba. Le hacían creer que su padre descansaba en aquella tumba marmolada, pero allí no había nadie. Las cenizas de Salvador permanecían en el patio de la iglesia. Él era muy chico para saberlo; le hubiera destrozado el corazón. Prefería creer que su papá se hallaba guardado en un cofre con encajes blancos, bien cuidado, durmiendo para siempre en ese refugio inmaculado. Pero llegó el momento que sintió que allí no había nadie, no porque no estuviera el cuerpo sino porque el silencio, como una palabra, le decía: ve tranquilo, yo estoy bien, vive tu vida y no te preocupes por mí. Y así fue que dejó de ir, aunque le agradaba ver los cientos de gatos que lo perseguían o los ángeles escribiendo sentencias con las alas desplegadas e infinitas. Él les miraba los ojos a aquellas estatuas, pensando que en cualquier momento iban a mover los párpados. Estaba todo tan inhóspito, pero había magia, algo celestial, como si le lloviera paz sobre los hombros.
Y así se fue despidiendo de ese jardín, donde el corazón se abrigaba buscando huecos para llenar, cuando la vida le decía que no se desplomara porque aún los días amanecían…
*
Perder el Alma. Me deben una vida...
"Confía más en el hombre que se equivoca siempre que en el que nunca duda". Eric Sevareid
Los dos se querían y se ayudaban mutuamente, a pesar de la diferencia de edad. Es que Ricardo era un hombre humilde y sano, protector. Cuando sonreía lo hacía con los ojos y allí estaba su alma. Se había acostumbrado a no esperar nada del otro, a resignarse, a valorar el afecto. El abrazo bueno de quien se lo entregaba de verdad, sin especulaciones y sin esperar favores, porque sabía que cuando apoyaba la cabeza en la almohada no tenía nada de que arrepentirse ni disculpas que dar. Era un hombre de ir derechito y sin torcerse, de acumular cariño para después y de no quejarse si sufría por algo. Es que no tenía ambiciones. Por eso quería tanto a don Fortunato porque lo consideraba su protector; la persona que había confiado en él sin conocerlo y que le había dado una oportunidad.
Ricardo se ganó el lugar que tenía en el corazón del anciano y en esa chacra frente a otros peones que a veces lo miraban de reojo. De todas maneras, no había discordias porque Fortunato los premiaba con lo que se merecían y a nadie les faltaba nada. Lo importante era construir un pueblo dentro de un lugar pequeño para abrigarse del frío.
***Perder el Alma
Perder el Alma. Me deben una vida...
Ricardo
trajo un frasco grande de vidrio y le dio en la manita a Alma que le sonrió con
cariño. La paz que se respiraba en esa chacra era como subir al paraíso y
quedarse dormido. Todo era bello. Susan no recordaba haberla visitado en la
niñez, pero por algo estaba allí, por algo decidió recorrer ese sendero nítido,
como de hormigas viajeras, que la llevó a ese lugar mágico. No podía creerlo.
Ricardo cebaba mates y hablaba de su provincia, don Fortunato se reía de las
anécdotas, a lo lejos se oía el tren con los vagones cargados y las cotorras
parloteaban entre los paraísos, álamos y laureles. No había gritos ni malos
entendidos. La casa rural, envuelta en lanas, parecía abrigar igual que las
ovejas a sus crías, protegía a los visitantes de todo mal, santificaba los
dones, llenaba de luz los recodos olvidados y hablaba en un dialecto acompasado
de palabras dulces y piadosas.
−Gracias
por los mates. Volveré, tío –respondió Susan−. Adiós, Ricardo. Un gusto.
−Encantado,
señorita.
*
"El alma tiene ilusiones, como el pájaro alas. Eso es lo que la sostiene", Victor Hugo
Susan
caminó por el campo abierto.
Con
la niña en brazos, ya grande, y el bolso se le hacía dificultoso esquivar la
maleza, aunque existía un camino de hormigas trazado con anterioridad por
alguien que recorría los senderos espinosos para ver de cerca el fruto de su
trabajo.
Se
escondió detrás de unas matas y observó la casa. Se la veía solitaria: dos o tres
gallinas, un pato, tres palomas sobre el tejado que daba a un pequeño altillo o
buhardilla. Había humo detrás de la vivienda cerca del terreno lindero. Se oían
risas, la alegría que contagiaba, y una felicidad genuina de seres especiales.
Susan
caminó con rapidez y sigilo; temía ser vista por alguien. Los habitantes del
predio se hallaban de fiesta en los fondos. Dentro, en la cocina y el comedor,
todo estaba limpio y ordenado. Silenciosa, se desplazó por un pasillo oscuro
con algunos retratos colgados de la pared. Pensó que no era el momento de mirar
quienes eran esos seres que venían del pasado a observar el presente matemático
y exacto. Susan halló la escalera que llevaba al altillo, era de hierro. Tocó
el picaporte de la puerta y estaba cerrada. Se lamentó; tenía la esperanza de
encontrarla abierta. Miró a los costados. Le dolían los brazos de sostener el
bolso y a Alma. Vio que debajo de una maceta asomaba una cinta roja. Tiró de
ella y apareció una llave.
Perder el Alma
−¿De
dónde vienes?
−De
atrás del galpón. Fui a mostrarle los caballos a Alma. La naturaleza hace bien,
llena de energía y sana el cuerpo. Es un paraíso, el cielo mismo.
−¿Qué?
No sabía que ver caballos daba tanta paz.
−Caballos,
perros, pájaros… El viento aleteando igual que mariposas rojas, el aljibe y el
molino. ¡Tantas cosas! El sol es otro sol y calienta aunque no alumbre. La
lluvia es bonita, un arrullo, y adormece las palabras. Ese silencio también
cura porque obliga a la reflexión. Y aparecen los recuerdos, las risas, los
abrazos… Es otra vida. Yo no la conocía y ahora me siento bendecida por ese
jardín de hortensias y de rosas. La sabiduría de los años huele a fogatas bajo
la luna y a huertas. ¡Qué serenidad da alejarse de los otros, dejando correr la
vista por los tejados, por los patios que desbordan de plantas, con sus fuentes
de agua! Y las sementeras y los cañaverales frente a las golondrinas. ¡Cuánta
poesía que me sostiene! Por suerte la he descubierto.















