Café de Hansen. Buenos Aires y sus tiempos viejos
−De la vida; soy muy observador, de ti, de mí…
−Me gusta como habla, mi niño Conrado. Un poco “picaflor”, pero de gran corazón. Lo quiero mucho, sabe.
−Yo también, querida. Ahora ve a hacer tus cosas y por la comida no te preocupes.
−Está bien, gracias.
Tomasa se quedó sola y sonrió. Conrado era un joven tan positivo que le levantaba el ánimo. Pensó en la gente. Si toda fuera así, con ese lado esperanzador y alegre, sería un gozo para quienes están en la penumbra y se sienten ahogados por la medianoche de los años.
“Mujeres que ha perdido su sombra,
Mujeres que harán sombra en otro sitio.”
Gloria Casañas.
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CAFÉ DE HANSEN
Retratos literarios: Genoveva del Campo
Emilia, desgarrada por dentro, impotente ante la sonrisa de satisfacción de Genoveva del Campo, optó por esconderse del oprobio y de la falta de vergüenza. Era demasiado para su pobre corazón. Tal vez, eran sólo sospechas. No tenía certezas, pero el rostro de Genoveva demostraba sarcasmo. Todo lo que una buena dama no debía ser, pero no se daban cuenta. ¡Eran tan ilusos!
Café de Hansen. Buenos Aires y sus tiempos viejos
Frente
al mutismo del ambiente donde sólo se oía el ritmo del reloj, Tomasa soñó con
un patio interminable rodeado de nieblas como si fuera el paraíso y una puerta
al final donde ella quería llegar para salir a la luz porque las cenizas la
cubrían y le nublaban los ojos hasta que quedó ciega. Cuando ya no vio nada, se
sentó en el piso. Pensó que allí, detrás de esa puerta, se hallaba el sol, pero
sólo encontró una noche cerrada.
Se
despertó angustiada de ese sueño raro.
Miró
el reloj: las tres de la mañana. Era temprano para levantarse. Julia no la
obligaba a madrugar.
“¿Habrá
vuelto?”, pensó.
El
silencio era contudente.
“Las grandes elevaciones
del alma no son posibles sino en la soledad y en el silencio”.
Arturo Graf
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Café de Hansen, de Luján Fraix




