Retratos literarios: Felicitas

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Felicitas, hija menor de doña Emma, era una adolescente rebelde en épocas donde había que cuidar las apariencias. 

No le gustaba el campo, pero tampoco conocía la gran ciudad. Su entorno la aburría: escuchar los sermones de su madre, ayudar a Remedios con las tareas domésticas, ir a misa... Solía escapar con su caballo y no volvía hasta la noche porque se quedaba junto al río donde su abuelo tenía la costumbre de rezar.

Su madre, autoritaria como pocas, quería que se case con un hacendado del lugar. Era costumbre acomodar los matrimonios de acuerdo al roce social y al dinero, pero Felicitas prefería huir detrás del capataz de la estancia cuando lo escuchaba tocar la guitarra en las noches de verano.

Ella no podía acercarse a él, estaba prohibido... Doña Emma guardaba secretos y la obligaba a ser cómplice de sus errores.

El día del casamiento llegaba pero... por mandato de su madre partieron para Francia.

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El ruiseñor, de Hans Christian Andersen

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La historia que vamos a contar sucedió hace muchísimos años. Razón de más para contarla, porque de otro modo, con todo ese polvo de tiempo encima, nadie la recordaría, y es mejor que no se olvide nunca.

Han de saber que el emperador de la China es un señor chino que vive rodeado de chinos. El de nuestro cuento, habitaba en el más hermoso de los palacios, todo hecho de finísima porcelana blanca rodeado de un jardín donde florecían las plantas más extrañas. El jardín era tan grande, que ni siquiera el jardinero estaba seguro de saber adonde terminaba. Si alguien del palacio se animaba a caminar lo suficiente, podía encontrarse con lagos enormes y todavía un poco más lejos con grandes bosques que llegaban hasta el mar.

Por aquel mar navegaban algunos barcos y sus afortunados pasajeros alcanzaban a ver desde la borda las orillas del jardín del emperador. En uno de los árboles del bosque, vivía un ruiseñor. Cantaba tan maravillosamente que hasta los pobres pescadores que echaban sus redes en la playa cercana, agobiados por el trabajo y las necesidades, se detenían gozosos a escucharlo. Visitantes de todas partes del mundo llegaban al país y se quedaban admirados del esplendor de la ciudad imperial, entre cuyas maravillas estaban el palacio y el jardín del emperador; pero nada los dejaba tan extasiados como el ruiseñor que cantaba en los lejanos bosques.


Muchos de ellos, al volver a su patria, escribían libros contando lo que habían visto y ninguno de ellos olvidaba al ruiseñor. Un día llegó a manos del soberano un libro que le enviaba su colega, el emperador del Japón. Leyó muy satisfecho lo que se contaba de reino. Y del ruiseñor. Primero sintió orgullo y luego sorpresa; y la sorpresa le causó un disgusto:


-¿Qué es esto?-se preguntó- Dicen que lo más maravilloso de mi reino es este pájaro. ¿Será posible que tenga que enterarme por los libros? ¡Se me está ocultando tan importante asunto! ¡Qué venga el chambelán!

Entonces, vino el chambelán que era un gran señor de la corte, personaje de tan alto rango que jamás dirigía la palabra a los inferiores.
-¿Cómo se explica esto?-le preguntó enojado el emperador-Cuentan en estos libros que existe aquí un pájaro que se llama ruiseñor, que es la maravilla más notable del reino. A mí nunca se me habló de él. ¡Quiero que esta noche venga a cantar a palacio!

-Perdonad, señor-respondió humildemente y confundido el chambelán-. Lo buscaré para traerlo ante vos. Vuestra Majestad tendrá esta noche en sus salones a tan famoso cantante.
Atemorizado por el enojo de su soberano, el desdichado funcionario corrió escaleras arriba y escaleras abajo, pero no halló a nadie que supiera del ruiseñor. Entonces volvió ante el emperador y le dijo muy convencido:

-He estado investigando por todo el palacio. Vuestra Majestad no debe creer todo lo que se escribe por ahí. Los libros no son más que invenciones y los poetas unos grandes mentirosos en todas partes.
-Pero este libro me lo envió el poderoso emperador del Japón. ¡No puede mentir!¡Insisto en que tengo que oír cantar al ruiseñor!. De lo contrario, ni un solo morador del palacio quedará sin castigo.

El chambelán echó a correr con muy poca dignidad. Y otra vez escaleras arriba y escaleras abajo. Por fin se le ocurrió ir a la cocina y halló a la muchachita que allí trabajaba.
-¡Oh, sí!-respondió cuando le preguntaron-¡El ruiseñor!. Lo conozco muy bien. Cuando regreso a mi casa, suelo detenerme en el bosque para escucharlo. Su canto es tan dulce, que hace brotar lágrimas de mis ojos y me parece sentir como si mi madre me estuviera besando.

El chambelán dio un brinco de alegría. En seguida se puso muy serio y prometió a la niña un puesto permanente en la cocina y también permitirle asistir a la comida del emperador, si lo guiaba hasta el lugar donde estaba el ruiseñor. La niña consintió y cuando emprendieron el camino, una multitud de cortesanos fue tras ellos. De pronto, ya en el bosque, un sonoro canto rompió la quietud. Pero se sintieron muy desilusionados al ver un ave tan pequeñita y tan poco vistosa. Sin embargo, el ruiseñor continuó su melodía y al poco rato estaban todos embelesados.


-Señor pájaro-dijo el chambelán-. El gran emperador de la China os invita a que vayáis a cantar esta noche al palacio. Quiere oír vuestra soberbia voz.
-Mi canto se escucha mejor en los bosques-respondió el ruiseñor-, pero iré a ver al emperador y cantaré.

Regresaron y pronto se dispuso todo para la fiesta. Esa noche, el palacio resplandecía de luces. En el centro del gran salón principal, se levantaba el trono del emperador, recamado de piedras preciosas y junto a él colocaron una percha de oro donde había de posarse el invitado. A la cocinerita le permitieron que se asomara a una de las puertas interiores para ver la reunión. Las damas lucían preciosos trajes de seda bordada y había gran animación. Se dejaron las ventanas abiertas, a la espera de tan ansiado artista.

Cuando el ruiseñor entró por una de ellas, todos quedaron callados, a la expectativa. el pájaro se posó en la percha y cantó. Cantó tan armoniosamente, con tanta dulzura, que las lágrimas corrieron por las mejillas del emperador. Cuando terminó, el soberano se secó los ojos y quiso darle como premio un regalo: una preciosa chinela de oro. El ruiseñor inclinó la cabecita.

-Señor-dijo, me basta el homenaje de vuestra emoción para sentirme feliz.
El emperador de la China quedó prendado y quiso que el pájaro quedara en el palacio. Insistió tanto que el ruiseñor aceptó por fin. Se le hizo construir una jaula especial toda de oro y se le concedía permiso para salir dos veces al día y una vez a la noche. Diez sirvientes lo cuidaban. El ruiseñor vivía en medio del esplendor del palacio, mimado y agasajado, pero sufría por falta de libertad.

Un día, un cortesano envidioso se presentó ante el emperador con una cajita. Al abrirla, halló en ella un hermoso pájaro mecánico fabricado con brillantes y piedras preciosas que, cuando se le daba cuerda, cantaba igual que el pequeño ruiseñor del bosque. Era perfecto. Entonaba sus melodías en cualquier momento que se deseara oírlo y su aspecto era mucho más bello que el pájaro verdadero, que sólo tenía sus humildes plumas.

El emperador enloqueció de alegría y vanidad al pensar que era dueño de tan asombroso invento. Llenó de honores al cortesano que se lo ofreció, y no hubo un solo personaje en el palacio que no afirmara que ese pájaro era superior al otro en belleza y armonía.

Y sucedió que poco a poco fueron olvidando al ruiseñor, y éste entonces huyó por la ventana. Nadie tuvo para él una palabra de cariño, ni nadie sintió remordimiento por haberlo abandonado. Por el contrario.
-Es un desagradecido-comentaron a una sola voz los cortesanos- Pero no tiene importancia que se haya ido ahora. Nos queda el mejor de los dos.

El pájaro artificial se convirtió así en el mimado de la corte. El emperador quiso que el pueblo entero pudiera oírlo y dispuso que se diera un concierto en la plaza pública, dirigido por el mejor de sus músicos. Los que asistieron quedaron tan contentos como si se hubieran emborrachado con té. Sólo los pescadores movieron la cabeza a un lado y a otro sin decir nada.

Ellos sabían que ninguna criatura podría cantar como el ruiseñor.
Pero un día ocurrió algo inesperado. Al pájaro mecánico se le rompió la cuerda y no cantó más. Poco después, el emperador cayó gravemente enfermo. La tristeza lo consumía. Comenzó a adelgazar mucho y dejó de interesarse por las cosas del reino. Se moría sin remedio.
Desde su lecho suntuoso, hundido entre encajes y bajo el dosel de raso, contemplaba el pájaro artificial que lo acompañaba, encerrado en una vitrina, callado y quieto.


Una noche, cuando el emperador ya no podía levantar la cabeza de la almohada, un canto maravilloso lo sacó de su entresueño: el ruiseñor desde la rama de un árbol cantaba para él. A medida que surgía la melodía, la sangre comenzó a correr por las venas con nueva vida, se sonrosó el rostro real y brillaron los ojos hundidos del emperador.
Hasta la madrugada cantó el pájaro olvidado, y cuando el sol entró a raudales hasta el lecho, los cortesanos hallaron a su soberano completamente restablecido y feliz, mientras el ave seguía cantando en el bosque.

-¡No me abandones!-rogó el emperador-Vuelve conmigo. Vivirás libremente en los bosques, pero ven a cantar para mí todas las noches.
Así lo prometió el ruiseñor. Y prometió también contarle todo cuanto viera en el inmenso reino, para que conociera los pesares y alegrías de sus súbditos. Después, se subió a la cama y murmuró a su oído:
-Pero no digaís a nadie que hay un pajarito que todo os lo cuenta.

Hans Christian Andersen
cuento de 1843.

Regresar al amor

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Muy pronto en mi vida fue demasiado tarde...
como si caminara delante de mis propios pasos aunque no hacía más que huir de ellos y esperaba llegar a un puerto de luces apagadas para repartir las horas.

En la primera fila los recuerdos: relatos que llegaban a mi corazón con diluvios y vientos, ilusiones que duraban poco, huellas de personajes que corrían por mis cuentos... Buscaba.

Intentaba encontrar el perdón en la alegría de un encuentro, una mirada para pedirle ayuda... La única salida para protegerme, la indiferencia y algo más.

Lentamente fui abandonando la luz, quería que otro me revelara alguna verdad y nadie sabía el secreto del fuego que había devorado las palabras.

Me quedaba sola. El sol se levantaba en el horizonte mientras imaginaba que recorría caminos. El destino pasaba a mi lado y trataba de alcanzarme como un huracán o una presencia que se borraba y me decía: adiós.

Restos de mi alma vagaban por mis libros, mis miedos en las heridas de mis manos que sangraban... Buscaba.

Era demasiado grande aquel amor para perderlo pero tenía que ayudarlo a morir para seguir viviendo. Procuré esconderme, todavía existía la piedad.

Cuando desperté me paré delante de una sombra de ojos negros, triste y benévola, que me miraba a través del espejo. Yo misma. Llevaba años contándome cosas.

Separada por unos pasos, la imagen me dijo:

-Un hombre salió a recorrer el mundo para encontrar lo que buscaba, pero sólo al regresar a su casa halló la felicidad.



Luján Fraix-1996

Parte de Los duendes de la casa dulce



Premio---Concurso de Cuentos (A.D.E.A)---Buenos Aires.


Querida Rosaura. ¿Cuánto dura el amor? La eternidad

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Gregory Frank Harris


Sus hijas tomaban el té con bizcochos de bananas y una querelle de dulce de leche y crema, sentadas bajo el espinillo o "aromo del perdón". Se reunían con las amigas en las tardes de sol; de allí miraban a los hombres que cruzaban las avenidas en las galeras. Ellas pensaban que la juventud sería eterna y que nadie les quitaría la notoriedad ni el dinero, pero también entendían, muy en el fondo, que estaban cada vez más solas. De todas maneras, vivían el presente con la parsimonia de un viejecito que ya ha cumplido con la vida. Imperfectas como los días, ellas no tenían olor a pueblo.

-¡Por favor!-se escuchó un grito que venía desde la sala de las visitas.

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Querida Rosaura. ¿Cuánto dura el amor? La eternidad

El silencioso GRITO de Manuela

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Todos los números del calendario los colocó sobre el papel virginal. Blanqueó los lunes para sentirse relajada, fuera de peligro, pero no podía desatarse... Se abandonaba a la melodía atroz del silencio donde se veía protegida; lo necesitaba, era oxígeno, savia, miel...

-No me pidan la fuerza que no tengo-les decía a sus hijas.


Manuela sólo escuchaba sus voces interiores, la fe que la sostenía, porque no sabía gobernar los tiempos ni su propia vida.

Era niña, nadie le había enseñado a ser valiente.

El silencioso GRITO de Manuela.

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Puerto soledad. La guerra de Malvinas-1982-

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CUARTO COMBATE

Llegué a la capilla deshabitada,
mudo testigo de nuestra esperada unión.
No hizo falta decir nada
Silbaba ululante el viento entre los pinos.
Al despertar, abriré las ventanas
y dejaré escapar el corazón
entre nubes de tul y primaveras.
Trataré de sanar las heridas 
buscando otro milagro
en cada lucerna,
en el silencio que quebranta las palabras,
pero la paz llueve lágrimas en el verde de las plantas
y me siento solo.

De pronto... te veo.
Tú vienes rebasando amor en una eternidad velada.
¡Es el fin de la batalla!

L.Fraix

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La resurrección de la rosa, de Rubén Darío

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Amiga Pasajera: voy a contarte un cuento.

Un hombre tenía una rosa, era una rosa que le había brotado del corazón. ¡Imagínese usted si la vería como un tesoro, si la cuidaría con afecto, si sería para él adorable y valiosa la tierna y querida flor! ¡Prodigios de Dios!. La rosa era también un pájaro, parlaba dulcemente y su perfume era inefable y conmovedor como si fuera la emanación mágica y dulce de una estrella que tuviera aroma.

Un día, el ángel Azrael pasó por la casa del hombre feliz y fijó sus pupilas en la flor. La pobrecita tembló y comenzó a padecer y a estar triste, porque el ángel Azrael era el pálido e implacable mensajero de la muerte. La flor desfalleciente, ya casi sin aliento y sin vida, llenó de angustia al que en ella miraba su dicha. El hombre se volvió hacia el buen Dios y le dijo:

-Señor, ¿para qué quieres quitar la flor que nos diste? y brilló en sus ojos una lágrima.

Conmoviéndose el bondadoso Padre, por virtud de la lágrima paternal, dijo estas palabras:

-Azrael, deja vivir esa rosa. Toma si quieres cualquiera de las de mi jardín azul.

La rosa recobró el encanto de la vida. Y ese día, un astrónomo vio, desde su observatorio, que se apagaba una estrella en el cielo.

"La resurrección de la rosa" de Rubén Darío-escritor nicaragüense.

La abuela francesa y Buenas y Santas... en Autores Editores (papel)

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Ahora pueden encontrar en versión papel LA ABUELA FRANCESA y BUENAS Y SANTAS... en la página de Autores Editores desde cualquier país. 
Acá les dejo los enlaces:
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Laura Ingalls Wilder (1887-1957)

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Laura Ingalls Wilder (1887-1957)
fue una escritora estadounidense autora de "La pequeña casa de la Pradera"
libro de novela infantil basada en su infancia
en el campo.


Su hija Rose Wilder Lane la animó a escribir y a publicar
luego sus novelas.
La serie de televisión "La familia Ingalls"
estuvo inspirada en su libro
protagonizada por Michael Landon como Charles Ingalls
y Melissa Gilbert como Laura, su hija.


La serie "La pequeña casa" también conocida por Laura Years, fue escrita por Laura Elizabeth Ingalls Wilder y está basada en las memorias de su infancia en el medio de oeste de Estados Unidos a finales del siglo XIX. El más conocido de sus libros es "Little House on the Praire" o "La pequeña casa de la pradera" que fue publicado por primera vez en 1935.


El libro relata la historia en tercera persona de Laura Ingalls
como protagonista central
y es clasificado dentro del género ficción.
No es un texto autobiográfico.


Rose Wilder Lane, hija del matrimonio con Almanzo Wilder
asistió a su madre en todo ese proceso
de la escritura.


Los textos han sido editados desde su publicación inicial por
Harper & Brothers y son considerados clásicos
de la literatura americana para niños.
La serie fue llevada a la pantalla chica en 1974
y doblada íntegramente al español.


Inspirada en los libros de Laura Ingalls Wilder, esta serie dramática
giraba en torno a la década de 1870.


Las aventuras de la Familia Ingalls-
padre Charles Ingalls, madre Caroline, hija mayor María,
hija del medio Laura y la pequeña Carrie (que eran dos en realidad).


Él era dueño de una granja en Walnut Grove, Minnesota.
Durante la década de 1800 en que transcurría la historia,
las niñas asistían a la escuela
en la que vivían toda serie de circunstancias.


Con los años, María perdió la vista
y se alejó a enseñar en un colegio para ciegos.
Laura se reunió con Almanzo Wilder,
un hombre que finalmente se convertiría en su marido


Durante la temporada del noveno y último año,
Charles y Caroline vendieron su granja
y se alejaron dejando a Laura y Almanzo en Walnut Grove.


***




Sin duda,
una serie que marcó la infancia de todos,
inolvidable, pura, sencilla... entrañable.



Laura Ingalls Wilder con su esposo,
en la siguiente foto con sus hermanas (es la que está de pie)




Ya en edad madura.
Falleció a los 90 años.


❤❤❤

El silencioso GRITO de Manuela

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VII

Nació Lucía con un tulipán debajo del brazo. Letizia ama de las plantas, de los pájaros y de los gatos, no quiso que su esposo la conociera. Sin embargo, José solía trepar los almendros tropicales del jardín para observar a la beba con su madre. Desde lejos, le parecía algodonada e inmóvil, sin la milagrosa risa de las criaturas comunes. Lucía era extraña igual que Letizia, eso lo perturbaba por las noches cuando el humo del cigarrillo se mezclaba con el ladrido de los perros y el ron. José quería aclararse la voz con té de malva, pero cada vez se le tornaba más áspera.

Para José Lucía era un bebé incompleto, un angelito con ojos de tristeza y blancura de nieve. ¿Había vuelto Encarnación o se trataba otra vez de Rocío?

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Imagen de Zena Holloway

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El Libro de los Recuerdos

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La palabra siempre sanó esas lesiones y otras tantas porque fue el refugio, la hermana que no tuve, el afecto que me faltó, las caricias y el abrazo que buscaba y que, por capricho del destino, no encontraba. Yo igual era afortunada porque ese pequeño lugar era sólo mío y se transformaba en la coraza que necesitaba contra el dolor, las faltas y las heridas. Podía inventar otras vidas y recorrerlas dejando mi propia huella, las nostalgias, mi inocencia...

Entre caprichos de niña-grande y rebelde fui aprendiendo el arte de ser, en la tierra cenicienta que me vio llegar a este mundo. Y poco a poco fui conociendo la fatiga, los juicios, la oscuridad, el amor y el desamor, otros vestigios y el mensaje de quien tenía diferente dialecto, pero que sumaba riqueza al mío: el puente a la amistad era muy valioso, un bálsamo de esencias, tal vez espejo crítico, prodigio y desvelo.

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-----------------------Pasión por Los hermanos Grimm, El Principito de Antoine de Saint-Exupéry, Han Christian Andersen, Mark Twain, Perrault, Anna Frank.

La nodriza esclava

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Aquella ausencia de carruajes, de risas infantiles, de copos de nieve y querubines, del rey y sus borlas doradas, de los escribientes y las gitanas… la dejó inerme, contra una pared de formas inquietantes pero sin voces.
El mutismo lleno de memoria le recordaba la soledad y la quietud era una mortaja de condenado. Nunca creyó que iba a tener que vivir sin ellos.
In Pace.

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---------------Pasión por la Historia: Inglaterra en el reinado de EnriqueVIII, Ana Bolena, Isabel I, Catalina de Aragón, Juana Seymour, Ana de Cléves, Catalina Howard y Catalina Parr---- Antonia Fraser.

El país de mi infancia, de Jorge Isaías

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"Escribo desde el recuerdo.
Escribo desde un dolor antiguo. Desde mi pena sola dando vueltas como un temeroso ardor que me espera en cuclillas, siempre.

Muchas veces me he preguntado por qué escribo.
No hay respuestas, no hay en ese sinsabor y en este júbilo un mínimo de odio, un dolor, ni siquiera un poco de piedad.

Escribo porque en la sangre voy dando vueltas aterido, solo, inquieto, tratando de unirme a este universo que me expulsa, diariamente".

Fragmento de "El país de mi infancia"
de Jorge Isaías



David Copperfield, de Charles Dickens

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DAVID COPPERFIELD fue una novela publicada en partes entre 1849 y 1850, basada en sucesos de la propia vida de CHARLES DICKENS.

La historia se inicia con el nacimiento de Charles y narra las experiencias que vivió en la escuela y cuando se vio obligado a trabajar siendo muy joven.

Gradualmente D. Copperfield llega a la madurez, alcanza la fama como autor y se casa con Dora; después que ella muere lo hace con Inés.

Parte del propósito de Dickens al escribir su triste relato sobre la infancia fue denunciar las condiciones de trabajo infantil que él había conocido en Gran Bretaña.



Gracias Kemy Perez Brito

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Buenas noches habitantes de la Madre Tierra.
Tiene ese arte de hilar las palabras y contarnos historias cargadas de mucha ternura y amor.
Me encanta leerla y es que ella posee ese don de llegarte al alma.
Tan lejos y tan cerca y aunque no, nos conocemos, tenemos o poseemos eso que solían decir nuestras abuelas: almas gemelas.

Porque muchos seres aunque estén en el otro hemiferio y gracias a estos Lares, podemos sentir esas almas bellas, que poseen un ser, que te hacen soñar, reír, llorar y te emociona con su gran creatividad.
Luján es una buena contadora. Una buena escritora.
Gracias por estar aquí en estos Lares...


A soñar bonito y a ser felices.
Y pongan un libro en su vida.
Aquí les dejo algo bonitoooo.

Besos de aroma a canela en rama.
Kemycuentacuentos

QUERIDA ROSAURA
¿Cuánto dura el amor?
La eternidad

El hombre del espejo

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Trataba de salvar lo poco que quedaba de su castigada vida. Versado, independiente, hombre con fuerza de gran varón..., quería legitimar el hecho completamente irreversible: ver el avión quemado en aquel sitio ceniciento.

Su esposa Yolanda del Valle Rojas y su hija de cinco años dejaron la existencia entre los hierros y el fuego abrasador.
Maximiliano Rojas viajó a Brasil; debía recoger escombros, saldos y ese catálogo de nombres desconocidos para no caer con la levedad de un pájaro por un barranco envuelto en redes, licuado, en contienda con ese destino que lo obligaba a la soledad.

Caminó por las calles; se veía raro, en pugna y utilizado, tal vez no era el mismo. Pronto encontró un hotel, antiguo y deslucido, similar a una pensión de estudiantes. El posadero lo miró con los ojos y el alma anciana.
Había gentes que dormitaban en hamacas bajo los árboles y murmullos que trituraban el silencio. El anatema era: “Morirán antes del alba…”
Yolanda del Valle Rojas no quería viajar en el avión que el 10 de enero de 1969, poco antes del mediodía, despegó de Lima rumbo a una población peruana que se hallaba en la selva a setecientos kilómetros al nordeste, al otro lado de la Cordillera de los Andes.

Iban a bordo noventa pasajeros. Media hora después de haber despegado, el capitán Mauricio Madrás avisó por radio a la torre de mando que esperaba aterrizar dentro de cincuenta minutos. Al poco tiempo se perdió contacto, no contestaba a ninguna señal transmitida. Los aviones que partieron en su busca no hallaron restos.





Después de la explosión y las cenizas todo quedó maduro y manchado, con ese mutismo de capilla que perturba a los mortales hasta enloquecerlos de impotencia.
Yolanda iba en la primera fila de asientos, junto a la ventana, la niña se encontraba a su lado y un médico ocupaba el asiento contiguo al pasillo. Todo era normal: el despegue, el vuelo sobre los Andes, el ambiente apacible, el trato con las azafatas… y luego la selva que se extendía por el este hacia el horizonte.
A los cuarenta minutos de haber partido, disminuyó la visibilidad; la lluvia comenzó a azotar la parte frontal del avión y el viento a soplar con energía. La nave se agitó en bruscos ascensos y caídas violentas. Un relámpago rasgó el cielo y el aparato se sacudió. Las valijas cayeron y la gente comenzó a gritar, mientras desde el ala izquierda se empezó a levantar una llama de vivo color naranja…
Un instante después se produjo un golpe terrible.



La ventana daba a un parque y el reloj marcaba las once y media. El aire soplaba, árido, tan caliente como el fuego mientras Maximiliano Rojas se debatía entre el embrujo de las sábanas. Denigraba la vida en el sueño alterado por los pensamientos; se agitaban sus piernas sin gobierno… Hubiera querido fugarse de la maleza y retroceder el tiempo.

Al despertarse por la mañana, la primera sensación de la que tuvo conciencia fue que debía ir al lugar del siniestro pero sintió un profundo dolor en todo el cuerpo y la piel áspera y seca. Se puso de pie como pudo, se vistió y se fue a la calle. En medio de la batahola de miradas parecía un longevo que volvía de la tumba pero era sólo un mendigo que disfrazaba las lágrimas. No entendía el idioma y se debilitaban sus energías. Las opulentas avenidas lo confundían, quería ver una selva devastada y reducida a polvo. ¿Nadie sentía piedad por él?. ¿Es que no lo veían sufrir?

Preguntó dónde quedaba el sitio. Debía alquilar un auto especial pues se encontraba a varios kilómetros de la capital. De repente, una especie de compasión hacia sí mismo lo obligó a retardar su porfía. Era loable el esfuerzo que mantenía para poder reconocer la muerte que siempre le pareció ajena, palparla en la sangre y en la de sus seres queridos.
“Nuestras muertes no son iguales a las otras”.


Cuando llegó al paraje se escuchaba el croar de las ranas y había butacas vueltas patas arriba. Abundaban las víboras y los insectos pero también el ocelote, el jaguar y algún tapir. En la selva del Perú muchos ríos corrían en círculos y estaban repletos de mosquitos, de caimanes y de pirañas. De lejos se oía el graznido de los buitres, seguramente rodeaban el fuselaje.

Maximiliano estaba a punto de desmoronarse. ¿Qué hacía él solo en ese campo de batalla rodeado de papagayos, monos y colibríes?. Era enfermizo que intentara mitigar la angustia porque era tan punzante que lo absorbía y lo convertía en un inerte individuo sin identidad.
El calor era húmedo y la temperatura de 45º.
En una barca amarrada a la orilla del río Shebonya que se unía al cauce del Pachitea se encontraba un sacerdote que venía del caserío de Tournavista. El hombre se acercó a él y lo miró fijo, tan vez horrorizado, al ver su cara desprovista de moralidad. Maximiliano Rojas quería golpear a alguien pero su incapacidad lo mutilaba; veía rostros desfigurados y cuerpos descompuestos entre las piezas del avión.

Aquel religioso fantasma había desaparecido…
Dio un puntapié letal a los asientos esparcidos y huyó entre las lianas, las pacas y los sapos negros. Ahora era él el que quería quemarse frente a algún camposanto.
Caminó como un neurótico que buscaba un instante de cordura para poder aliviar su mal cuando por una arteria, de espaldas, creyó ver a Yolanda del Valle y a su hija Sofia; iban acompañadas por un caballero que se parecía mucho a él.
¡Aquella camisa de cuadros azules era igual a la que llevaba puesta!
La bruma lo cegó, se frotó los ojos y corrió detrás de ellos pero no pudo alcanzarlos. ¿Se estaba volviendo loco?
Maximiliano Rojas, un inocente perdido frente a pasos arteros, se quedó parado en el espacio. Debía recomponer su existencia. ¡Para qué servirían las misas en homenaje a los caídos!. ¿Para qué pedir justicia y descifrar los mensajes de las cajas negras?
Noctámbulo por los caminos en la infinitud de los laberintos, sin paz y sin cuerpo, sólo un alma, se fue hacia la posada.


El cielo encapotado iba a borrar las huellas de la masacre en media hora más.
Entró a la habitación y prendió un velador de luz rojiza y apagada. Un espejo con marco de bronce estaba colgado frente a la cama. Aromas de formol y de pino invadieron el aposento.
De pie, delante del espejo no pudo ver su imagen; lo limpió, lo colocó de costado, para arriba y para abajo. El terror se apoderó de él y retrocedió con paso débil y vacilante, se desmayó.
En el cristal su cuerpo destruido y sobre una silla la chaqueta de médico del Hospital Español “Roberto Rojas”.

¿Acaso hubiera sido mejor no tener que viajar en el avión junto a su esposa y vivir el horror de padecer su muerte?

                                              L.Fraix- 1998


* Mención de Honor a la originalidad y creatividad literaria. Centro Internacional de escritores noveles. Buenos Aires-2000.


De----Molinos de Viento (Antología de cuentos premiados)


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Se va el verano...

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 Severin Kroyer



Se va el verano y como siempre nos queda un vacío
de risas, de ilusiones, de aire libre...
pero nos espera el sosiego del otoño
con su gris-oro
en cada latido de su hojas
y en el ronroneo de los diálogos.


L.Fraix