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Azul de lluvia. Cuentos para niños mágicos.

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COM

 



LA MARIPOSA DE JUANA

~

La niña está sentada en el patio de su casa junto a un árbol lleno de trinos. Es primavera. Tiene un dibujo precioso: casa, flores, cielo, sol… mariposas.

De repente, una de ellas se posa sobre su dedo.

‒¿Cómo te llamas? ‒le pregunta.

‒Juana ¿Y tú? ¿De dónde vienes?

‒De tu dibujo. Soy tu creación y vuelo hacia el bosque rumoroso. Sé que me escuchas porque sientes mi latido, lo veo en la mirada de tus ojos. Puedo imaginar tu risa. ¡Qué bello es tu abrigo de terciopelo bordado!

‒¿Eres feliz? ‒le pregunta Juana.

‒Tanto… gracias a ti. Ahora iré hacia la laguna de juncos y mimbres para soñar con la luna divina, donde Dios mira las almas que caminan por los campos en oración.

‒¿No te volveré a ver?

‒Me encontrarás siempre en la matita de verbena, en el trigal bajo la paz de la siesta, en el polen de las palabras…

‒¿Si borro el dibujo desaparecerás para siempre?

‒No, porque ya me has creado. Soy eterna. Soy tu obra.

~

Las obras de nuestras manos son la continuación

y se transforman en infinitas y perpetuas con los años.

**

AZUL DE LLUVIA
Cuentos para niños mágicos.




Caperucita roja, de Charles Perrault

 



Había una vez una adorable niña que era querida por todo aquél que la conociera, pero sobre todo por su abuelita, y no quedaba nada que no le hubiera dado a la niña. Una vez le regaló una pequeña caperuza o gorrito de un color rojo, que le quedaba tan bien que ella nunca quería usar otra cosa, la empezaron a llamar Caperucita Roja.

Un día su madre le dijo:
- Ven, Caperucita Roja, aquí tengo un pastel y una botella de vino, llévaselas en esta canasta a tu abuelita que esta enfermita y débil y esto le ayudará. Vete ahora temprano, antes de que caliente el día. Camina tranquila y con cuidado, no te apartes de la ruta, no vayas a caerte y se quiebre la botella y no quede nada para tu abuelita. Y cuando entres a su dormitorio no olvides decirle, “Buenos días”.

-No te preocupes, haré bien todo, dijo Caperucita Roja, y tomó las cosas y se despidió cariñosamente. La abuelita vivía en el bosque, como a un kilómetro de su casa. Y no más había entrado Caperucita Roja en el bosque, siempre dentro del sendero, cuando se encontró con un lobo. Caperucita Roja no sabía que esa criatura pudiera hacer algún daño, y no tuvo ningún temor hacia él.
 




-Buenos días, Caperucita Roja, dijo el lobo.
- Buenos días, amable lobo. - 
-¿Adonde vas tan temprano, Caperucita Roja? - A casa de mi abuelita. 
- ¿Y qué llevas en esa canasta?
-Pastel y vino. Ayer fue día de hornear, así que mi pobre abuelita enferma va a tener algo bueno para fortalecerse.” 
- ¿Y adonde vive tu abuelita, Caperucita Roja?
- Como a medio kilómetro más adentro en el bosque. Su casa está bajo tres grandes robles, al lado de unos avellanos. Seguramente ya los habrás visto, contestó inocentemente Caperucita Roja.
 El lobo se dijo en silencio a sí mismo: ¡Qué criatura tan tierna! qué buen bocadito - y será más sabroso que esa viejita. Así que debo actuar con delicadeza para obtener a ambas fácilmente.

Entonces acompañó a Caperucita Roja un pequeño tramo del camino y luego le dijo: 
-Mira Caperucita Roja, que lindas flores se ven por allá, ¿por qué no vas y recoges algunas? Y yo creo también que no te has dado cuenta de lo dulce que cantan los pajaritos. Es que vas tan apurada en el camino como si fueras para la escuela, mientras que todo el bosque está lleno de maravillas.

Caperucita Roja levantó sus ojos, y cuando vio los rayos del sol danzando aquí y allá entre los árboles, y vio las bellas flores y el canto de los pájaros, pensó: “Supongo que podría llevarle unas de estas flores frescas a mi abuelita y que le encantarán. 

Además, aún es muy temprano y no habrá problema si me atraso un poquito, siempre llegaré a buena hora.” Y así, ella se salió del camino y se fue a cortar flores. Y cuando cortaba una, veía otra más bonita, y otra y otra, y sin darse cuenta se fue adentrando en el bosque.
 Mientras tanto el lobo aprovechó el tiempo y corrió directo a la casa de la abuelita y tocó a la puerta. 

-¿Quién es? preguntó la abuelita. 
-Caperucita Roja, contestó el lobo. Traigo pastel y vino. Ábreme, por favor.
- Mueve la cerradura y abre tú, gritó la abuelita, estoy muy débil y no me puedo levantar. El lobo movió la cerradura, abrió la puerta, y sin decir una palabra más, se fue directo a la cama de la abuelita y de un bocado se la tragó. Y enseguida se puso ropa de ella, se colocó un gorro, se metió en la cama y cerró las cortinas.

Mientras tanto, Caperucita Roja se había quedado colectando flores, y cuando vio que tenía tantas que ya no podía llevar más, se acordó de su abuelita y se puso en camino hacia ella. Cuando llegó, se sorprendió al encontrar la puerta abierta, y al entrar a la casa, sintió tan extraño presentimiento que se dijo para sí misma: “¡Oh Dios! que incómoda me siento hoy, otras veces me ha gustado tanto estar con abuelita.” 




Entonces gritó: 

-¡Buenos días!, pero no hubo respuesta, así que fue al dormitorio y abrió las cortinas. Allí parecía estar la abuelita con su gorro cubriéndole toda la cara, y con una apariencia muy extraña. 
-¡!Oh, abuelita! dijo, -qué orejas tan grandes que tienes. - --Es para oírte mejor, mi niña, fue la respuesta. 
- Pero abuelita, qué ojos tan grandes que tienes.
 - Son para verte mejor, querida.
- Pero abuelita, qué brazos tan grandes que tienes. 
- Para abrazarte mejor.
- Y qué boca tan grande que tienes. 
- Para comerte mejor.
Y no había terminado de decir lo anterior, cuando de un salto salió de la cama y se tragó también a Caperucita Roja.

Entonces el lobo decidió hacer una siesta y se volvió a tirar en la cama, y una vez dormido empezó a roncar fuertemente. Un cazador que por casualidad pasaba en ese momento por allí, escuchó los fuertes ronquidos y pensó, ¡Cómo ronca esa viejita! Voy a ver si necesita alguna ayuda. Entonces ingresó al dormitorio, y cuando se acercó a la cama vio al lobo tirado allí.

- ¡Así que te encuentro aquí, viejo pecador! dijo él.¡Hacía tiempo que te buscaba! Y ya se disponía a disparar su arma contra él, cuando pensó que el lobo podría haber devorado a la viejita y que aún podría ser salvada, por lo que decidió no disparar. En su lugar tomó unas tijeras y empezó a cortar el vientre del lobo durmiente. 

En cuanto había hecho dos cortes, vio brillar una gorrita roja, entonces hizo dos cortes más y la pequeña Caperucita Roja salió rapidísimo, gritando: ¡Qué asustada que estuve, qué oscuro que está ahí dentro del lobo!, y enseguida salió también la abuelita, vivita, pero que casi no podía respirar. Rápidamente, Caperucita Roja trajo muchas piedras con las que llenaron el vientre del lobo. Y cuando el lobo despertó, quiso correr e irse lejos, pero las piedras estaban tan pesadas que no soportó el esfuerzo y cayó muerto.

Las tres personas se sintieron felices. El cazador le quitó la piel al lobo y se la llevó a su casa. La abuelita comió el pastel y bebió el vino que le trajo Caperucita Roja y se reanimó. Pero Caperucita Roja solamente pensó: 


“Mientras viva, nunca me retiraré del sendero para internarme en el bosque, cosa que mi madre me había ya prohibido hacer.”


Charles Perrault

Cuento de 1697

El patito feo, de Hans C. Andersen

 


El campo se veía hermosísimo; era el verano. El trigo maduro parecía oro y la avena estaba aún verde. El heno se alineaba en grandes parvas sobre la pradera, por donde se paseaban las cigüeñas de largas patas rojas.

En el centro de los bosques que rodeaban el campo, se abrían enormes lagos. Y en el lugar más claro y soleado, se levantaba una antigua mansión rodeada por un foso profundo; por entre las grietas de sus muros brotaban plantas que llegaban hasta el borde del agua, plantas de follaje tan espeso que las paredes parecían una selva. Allí, oculta a todas las miradas, una pata empollaba su nido.

Ya estaban por nacer los patitos. La pata se hallaba cansada de su quietud. Nadie la visitaba, porque los patos preferían nadar en el foso en vez de quedarse con ella bajo las grandes hojas del muro.

Llegó por fin el día en que, con breves píos, los patitos rompieron los huevos y asomaron sus ojos al mundo.

-¡Cuá-cuá!-los saludó la madre.
-¡Qué grande es el mundo!-exclamaron asombrados, mientras con una mezcla de alegría y temor buscaban refugio bajo las alas de mamá.
-¡0h, es mucho más grande aún!-dijo la pata-.Sigue más allá del jardín. Ya saldremos a pasear. ¿Están todos?. ¡Ah, no! El huevo más grande no se abrió aún. Tendré que volver a echarme...

Una vieja pata vino a visitarla poco después, y las dos se pusieron a conversar para pasar el tiempo. Nuestra pata le habló de su fastidio por ese huevo perezoso que la obligaba a estarse quieta todavía unos días más.



-Déjame ver ese huevo-pidió la pata vieja-¡Ah!. Ya me imaginaba. Puedes estar segura de que es un huevo de pavo. Una vez me llevé yo un chasco parecido, y no sabes el trabajo que me dieron los tales bichos. ¡Le tienen miedo al agua!. No te ocupes de él. Y si quieres seguir mi consejo, déjalo ya y dedícate a enseñar a nadar a los otros.

Pero la pata era una buena madre y no quiso escucharla. Pasaron los días y, por fin, lanzando agudos píos, salió del huevo una criatura tan grande y tan fea, que la pata se quedó mirándola con asombro. ¿Sería aquello un pichón de pavo?. Pronto lo sabría... ¡Al agua, vamos! Y cuando el sol brillaba con más fuerza, la pata con toda su familia, se lazó al agua del foso. Uno tras otro, sus patitos la siguieron. Se hundieron y volvieron a salir, flotando espléndidamente. Ella los miraba de reojo; también el grandote, gris y feo, nadaba con ellos.

-Pues no es un pavo-reflexionó la pata- Nada muy bien. Es mi hijo. Después de todo no es tan feo... ¡Cuá-cuá! Vengan conmigo, vamos a conocer el mundo. Los voy a presentar en el gallinero.

La pata caminó muy tiesa con sus patitos, enseñándoles a caminar erguidos, a decir correctamente "cuá-cuá", y a saludar con cortesía a un pato grande y majestuoso, con una cinta roja en la pata, el más importante de todos porque llevaba sangre española en las venas. Los otros patos lo miraban, criticando en voz alta al pobrecito feúcho. El pato de la cinta roja dio su aprobación a la bandada, menos al último.

Tras esto, los patitos se sintieron como en su casa, pero el patito que naciera feo, fue muy mortificado. Los patos lo mordían, las gallinas lo picoteaban y la chica que les daba de comer lo echaba a un lado.

-Es porque soy tan feo...-se dijo entonces el patito. Y un día, muy asustado, escapó por sobre el cerco, llegando a un pantano donde vivían unos patos salvajes.
-¡Qué feo eres!-le dijeron-¡Horriblemente feo! Pero puedes quedarte. Nadie piensa casarse contigo.

Permaneció dos días con los patos silvestres. Esa tarde, cuando charlaban alegremente con dos ánades que acababan de llegar... ¡bam!¡bam!, sonaron dos disparos por encima de sus cabezas y los dos ánades cayeron muertos.

Se realizaba una partida de caza en los alrededores y los cazadores tiraban escondidos entre las cañas. Los perros se lanzaron sobre la presa, jadeando y removiendo el agua. El pobrecito pato se alarmó mucho y escondió la cabecita bajo el ala al ver delante de él a un enorme perrazo. Pero el perro lo miró, abrió la boca y luego se marchó.



-¡Gracias a Dios!. Soy tan feo que ni el perro ha querido morderme-suspiró el patito.
Y se quedó allí, muy quietito, hasta que al caer la tarde cesaron los disparos y vio alejarse a los cazadores con  sus perros. Esperó un rato y luego huyó del pantano a todo correr. Se había hecho de noche cuando llegó a una casita muy pobre; el patito se asustaba de todo, y no se atrevió a llamar. El viento soplaba en ese momento con tanta fuerza que tuvo que sentarse sobre la colita para resistirlo. De pronto vio que una de las tablas de la puerta estaba rota, y se metió tímidamente por aquel agujero. En la choza vivía una señora muy vieja, sin más compañía que un gato y una gallina. Por la mañana descubrieron al patito.

-¡Qué es esto!-exclamó la anciana, que no veía bien.-¡Qué bueno!. Ahora tendré huevos de pata para el almuerzo.

Allí quedó el patito, y al cabo de tres semanas no había puesto ningún huevo, claro está, porque no era una patita. Y cada día se disgustaba más la anciana dueña de casa.
Para peor, el gato y la gallina eran muy presumidos. El patito no podía siguiera opinar delante de ellos. No se lo permitían, porque según decían, él no servía para nada.

-¿Sabes ronronear como un gato? No. ¿Sabes poner huevos como una gallina?. Tampoco. ¡A callarse, pues!.
Y el patito se quedaba triste y solo en un rincón, pensando en su mamá y los hermanitos. ¡Qué bien hubiera vivido de no haber sido tan feo!. No podía volver, pero tampoco quería seguir viviendo con la anciana, el gato y la gallina, tan insoportables. Y un día se fue.

Encontró en el camino una laguna donde pudo echarse a nadar, como a él le gustaba y pasear al sol. Llegó el otoño. El patito temblaba, sintiéndose triste y muy solo. Un atardecer, cuando el sol se ponía, vio pasar una bandada de pájaros blancos, con el largo cuello tendido, que movían graciosamente las alas. Sus figuras se recortaban contra el cielo enrojecido. Aquellas aves tan elegantes volaban en busca de climas más templados, hacia países más cálidos.

-¡Qué hermosos y fuertes son esos pájaros!-suspiró el patito feo, viéndolos alejarse entre las nubes.
Jamás los olvidaría. Sentía que los amaba sin conocerlos. Quiso decirles adiós y lanzó un grito tan raro, tan poco parecido a un "cuá-cuá", que él mismo se asustó.
Vino el invierno y nevó intensamente. El patito trataba de nadar cuanto podía para no quedarse tieso de frío. Pero la laguna comenzó a helarse. Cada vez era más pequeño el espacio con agua, hasta que al fin sólo quedó un agujero. Y allí quedó una noche atrapado por el hielo, y ya no pudo moverse.

Sin duda, hubiera muerto en aquel sitio, pero por fortuna, a la mañana siguiente pasó por el camino un campesino y lo vio en la laguna helada.
-En buena se ha metido el pobre animalito-se dijo.
Y con un zueco, se puso a quebrar el hielo, hasta que pudo llegar junto al patito, al que libró ya desfallecido. Sin perder momento, lo llevó a su casa. La esposa y los niños del campesino lo recibieron muy bien y entre todos procuraron darle calor, hasta que lo hicieron revivir. Pero el patito, asustado, se echó a volar locamente, volcó la harina, tiró la manteca, desparramó la leche. La campesina gritaba, los chicos quisieron atraparlo y el patito huyó por la puerta abierta.

Sería muy triste contar todas las privaciones que pasó hasta que el sol volvió a calentar la tierra otra vez.
Un día sintió que las alondras cantaban: era de nuevo primavera. Se encontró fuerte, sus alas lo sostenían, y se echó a volar. Pronto se halló sobre un jardín donde florecían los manzanos y el aire olía a lilas recién abiertas. En un lago nadaban tres cisnes, y el patito reconoció a aquellas aves que viera volar una vez. Tembloroso, pensó que lo despreciarían por su fealdad, pero prefirió morir junto a ellas antes que volver al gallinero.


Se dejó caer sobre el agua, y en el espejo del lago vio su propia imagen: no un pobre patito gris y feo, sino un bello cisne blanco. Algunos niños se acercaron a arrojarle migas.
-¡El nuevo cisne es el más hermoso!-gritaron alborozados.
El cisne ocultó la cabeza bajo sus alas; se sentía feliz, pero no envanecido. Jamás se envanece un corazón generoso.

Las lilas se mecían junto al lago, el sol brillaba y él era dichoso pensando:

-¡Nunca soñé que sería tan feliz mientras fui el patito feo!.

Hans Christian Andersen
Cuento de 1843

"Los niños del agua"

 



Charles Kingsley (1819-1875) fue un escritor británico fundador del socialismo cristiano
y el mayor representante de la novela social del siglo XIX.
Fue capellán de la reina Victoria
y canónigo de Westminster.
Es autor de una abundante obra  en las que se destacan entre sus novelas
de tesis, las novelas históricas y las narraciones infantiles.



The Water-babys es un cuento de hadas para niños escrito por el reverendo
Charles Kingsley entre 1862 y 1863
y publicado por partes en el Macmillan `Magazine.
Editado como libro completo en 1863;
fue muy popular en Inglaterra durante aquellos años y se convirtió de nuevo
en uno de los pilares de la literatura infantil británica
en la década de 1920.



Publicado dos años antes que "Alicia en el país de las maravillas",
"Los niños del agua"
se ha confundido a menudo con un relato meramente infantil;
al igual que la novela de Lewis Carroll
supera cualquier barrera de la edad.

Ilustraciones Warwick Goble

Buenos amigos



Había una vez una lechuza solitaria y muy trabajadora.
Todas las noches, recorría el campo y volvía cargada de alimentos.
Una mañana, mientras dormía, cuatro teritos muy juguetones saltaban cerca de su cueva y cantaban:

-Teru, teru, teru...
¡Alerta que va el viajero!

Molesta la lechuza con tanta bulla, les dijo:

-¡Fuera de aquí, chillones!-y soltó un cascarón que, al romperse, dispersó gusanos y bichitos.

-¡Qué rica comidita!-dijeron los teros picoteando.
-¡Oh, qué desgracia!-exclamó la lechuza-, descuidada tiré mis provisiones.

-No se aflija, señora lechuza, y coma con nosotros el fruto de su trabajo.

Desde entonces, teros y lechuzas son buenos amigos.

Cuento de autor anónimo de mi libro de cuentos infantiles "Pimpollito" de María E. Altube de 1967.


Los duendes de la casa dulce
-Amazon España



Los hermanos Grimm, El Principito de Antoine de Saint-Exupéry, Han Christian Andersen, Mark Twain, Perrault.
Mis libros infantiles:
Los duendes de la casa dulce, Azul de lluvia-cuentos para niños mágicos, Nina y sus historias.

Una torre en el cielo, de Gerardo Theyler



Llegué. Estoy en la torre, es casi increíble. Estoy en el cielo.
Este lugar es bello, tranquilo y en él se respira un aire confiable de paz.
Llegar hasta aquí me costó enormes esfuerzos de imaginación. Comencé a construir la torre cuando era muy pequeño y fui creciendo con ella hasta llegar a ubicarla en el cielo.

Desde luego, como supondrán ustedes, no fue tarea fácil. El mundo de la imaginación es muy complejo y a veces accedemos fácilmente a aquello que queremos y otras nos cuesta gran trabajo conquistar lo deseado, es como en este caso: la construcción de una torre para llevarla al cielo y plantarla allí.

No puede decirse que mi torre sea la mejor de las torres, pero bastante confortable, tiene grandes ventanas y fuertes escaleras. Además, lo verdaderamente atractivo de ella es lucir como única torre construida con la imaginación y alojada en el cielo. Probablemente ahora tenga yo que dar innumerables explicaciones a quienes no entiendan absolutamente nada cuando vean a mi torre flotar en el cielo.

Seguramente buscarán responsables, comenzarán las investigaciones y pronto darán conmigo. Por ello he obrado con previsión. Dejé en la puerta de mi casa una nota diciendo así:

"Yo he sido quien ha construido la torre. La razón por la que lo hice es sencilla: me cansé de ver siempre lo mismo al mirar hacia arriba y pensé que sería bueno agregar algo al paisaje. Les digo a aquellos que quieran juzgarme para mal que no me arrepiento. Y para aquellos que quieran disfrutar de mi torre imaginaria, las puertas están abiertas, vengan ahora mismo. Los espero aquí."

Cuento de Gerardo Theyler

Los hermanos Grimm, El Principito de Antoine de Saint-Exupéry, Han Christian Andersen, Mark Twain, Perrault.

El niño y el canario, de Osmar J. Pallero

 



 
El canario piaba en la jaula saltando de lado a lado.
Parecía contento con su vida carcelaria.
Sin embargo, el niño observaba por la ventana a los pájaros del monte. Su canto era distinto: trasuntaba alegría. ¿Habría probado su canario la inmensidad del mundo? ¿Los bosques umbrosos donde anidaban sus congéneres en grandes y estridentes bandadas, sin barrotes, sin jaulas ni nada que coartara sus movimientos y libre albedrío?

-¿Y si lo libero para que se junte con ellos y sea una voz más de su envidiable trino?.
El canario se posó tímidamente en la puerta de su encierro.¡El también volaría en el infinito espacio! Saltó.

Pero sus alas atrofiadas apenas si le permitieron un vuelo torpe, corto y sin la grácil liviandad de sus hermanos.
El gato, que lo miraba atento, dio un salto en el aire que no alcanzó al pajarillo, más rozó sus plumas. Su enemigo estaba al acecho. Intentó otro aleteo pero, agitadísimo, volvió los ojos a su refugio. El pan y el agua estaban renovados y frescos. ¿Valdría la pena cambiar esa vida apoltronada y sedentaria por la inmensidad de los campos? La puerta quedó abierta, pero él prefirió la seguridad de los alambres.

Cuando el niño vino luego de visitarlo, lo encontró acurrucado y prisionero, por su propia voluntad, pero a su amigo le pareció muy triste.
¿Habría alcanzado a entrever en ese fugaz vuelo una vida de peligros aunque libérrima, por los montes, bajo soles y vientos, en esos campos inmensos donde todo era un canto inenarrable a la vida?

Más tarde el niño vino a comprobar si su canario se había animado a enfrentar la libertad. Al principio se alegró de no verlo y creyó que había escapado, pero al acercarse lo vio tirado en el piso de la jaula.
El canario había muerto de tristeza.


OSMAR J. PALLERO
Del libro

"RÉQUIEM PARA UN ESPANTAPÁJAROS"

La llave, de Gabriel Keilis


 Erika Yamashiro



Dormido cerré la puerta.
Al despertar quise abrirla,
pero recordé que había olvidado la llave
en el sueño.

Gabriel Keilis

Fábulas de Esopo II

 


Convidada a comer una grulla por cierto pavo real, disputaban acerca de quien tenía mejores prendas naturales y abriendo el pavo real su cola decía que aquel abanico de tan ricas plumas no tenía cosa que se le igualara.

-Ciertamente, respondió la grulla. Confieso que eres más hermosa ave que yo, pues tus plumas son más vistosas que las mías pero en cambio no puedes volar y yo con las mías puedo levantarme y subir hasta las nubes, contemplando debajo de mis patas, todas las maravillas del mundo.

Nadie debe ser despreciado,
porque cada cual tiene sus cualidades
y perfecciones particulares.



Las hadas de Ida Rentoul



Ida Rentoul Outhwaite,
también conocida como Shervourne Rentoul e Ida Sherbourne Outhawaite,
fue una ilustradora australiana de libros para niños.

9 de junio de 1888, Carlton, Australia
25 de junio de 1960, Melbourne, Australia.