"El silencioso grito de Manuela", de Luján Fraix
La vecina, de vez en cuando, asomaba
su cara por el vidrio a través de la cortina para mirar a “
-Eh… tú -solía gritarle, molesta al
ver el cuerpo rígido de Letizia y sus ojos absortos observando el techo. Ella
no le contestaba porque no la escuchaba; su mente no hilvanaba frases ni
pensamientos coherentes.
-¡Socorro!, parece muerta, llame a
la policía.
El silencioso grito de Manuela, de Luján Fraix
"La nodriza esclava", de Luján Fraix
Era la primavera de 1526, el rey se enamoró de Ana Bolena y de sus ojos negros.
Isabel sintió vergüenza y huyó por la escalera aterciopelada; pensó que aquello no era un espejismo. Frente al portal, abrazada a las imágenes aladas que surgían desde los lirios, cayó rendida por un sopor letal que afectó su raciocinio. Sumergida en el ilusorio tiempo de lo sobrenatural, con una congoja parecida a la herida de un puñal, se desmayó de súbito.
Al amanecer, el mundo la encontró fría rodeada de un hielo rocoso y atrapada por insectos y murciélagos. Un gallardo caballero la levantó del piso. Isabel se apartó bruscamente de ese hombre porque estaba en falta. Todo la hacía sentir culpable porque no podía resistir el roce de una mano masculina que no fuera la de Auguste; experimentaba sensaciones extrañas en su cuerpo como si estuviera cometiendo el más terrible pecado.
Enrique se acercó para recibir a Jacobo IV de Escocia. Isabel salió corriendo rumbo a la casa; pensó en la noche que él habría pasado con esa mujer y se estremeció porque creyó que, quizá, el rey la habría visto observando desde la puerta.
La nodriza esclava, de Luján Fraix
(Gracias Estados Unidos y Reino Unido por la compra y las lecturas)
"La abuela francesa", de Luján Fraix
Melanie recordaba a
Elemir cuando entretenía a los niños igual que una nodriza del siglo XVl. Para
él todo era sorprendente porque se sentía turista y dueño de las tierras; con
un tesoro en las manos que no quería que nadie le arrebatara, ni siquiera la
muerte. Sin embargo, lo hizo despiadadamente y lo dejó más solo que cuando
pedía limosna en el pórtico de la iglesia de Santa Úrsula en Francia. El padre Honorato Liberté, aquella persona
sana que le enseñó a ser fuerte era un vago recuerdo igual que la estampa de
Elemir: el gaucho, el amigo incondicional, el alma y el cuerpo de François.
Por el postiguillo
de la puerta, se veían los ojos de Jeremías turbado por la ancianidad que venía
a contar cuentos junto con
Sólo conocen la
luz aquellos que tienen fe. Melanie de eso podía estar tranquila. Fue la fundadora de la
iglesia, quería a su colegio y a las hermanas Carmelitas de la Caridad y
concurría a misa de réquiem y en especial a la del jueves y viernes Santo y por
la Navidad. Esclava de los rezos y al servicio de quienes la necesitaban,
siguió los pasos de su madre con la humildad de los grandes, tal vez su porte y
el genio no dejaban ver su sensibilidad, el miedo a dejar a los seres queridos
sin protección y el terror a lo desconocido, pero estaba latente la nobleza
bajo el poncho de dama guerrera.
El día que Jeremías
murió había gorriones que volaban por las callejas donde se consumían las
mieses. Acudieron a despedirlo sus amores antiguos, Nicolás y Carlota, Elemir,
tan viejecito como él, todos los hijos postizos que educó y Melanie, su
compañera de lágrimas. La cara iluminada por la blancura de su alma parecía
sonreír a los descendientes que arrastraban su catecismo de consejos y
atenciones. Quizá hubiera tenido que llover en el instante del adiós para
corroborar su trayectoria, como dicen en el campo, pero el aguacero llegó al
otro día con las fiestas patronales.
La abuela francesa, de Luján Fraix
Retratos literarios: Constance de Luca
Una penumbra más para mi abuela Juana
Acá mi abuela Juana conmigo en el día de mi bautismo. Tenía seis meses.
¿Quién es Emilio Torres?
Tu sillón vacío
Camila
miró por la ventana como lo hacía siempre todas las mañanas. El cielo estaba
gris, aún faltaba para la primavera.
Agosto es el mes de los
vientos, en agosto se van los viejos… solían decir.
Los
carruajes particulares eran arrastrados por yeguas y caballos de raza, de pelo
satinado y reluciente. Uno de ellos solía merodear la casona una vez por mes y
se detenía unos minutos para continuar al rato con paso cansino.
‒Señora,
don Asencio le pide que vaya a verlo ‒le dijo Trinidad con voz suave como
apesadumbrada y temiendo ser oída por alguien.
‒¿Cómo
no se fue a hacer las visitas de todos los días? ‒preguntó Camila con asombro y
luego se arrepintió. Nadie sabía que dormían en aposentos separados, aunque era
demasiado obvio por la distancia que existía entre ellos. Las criadas, de todas
formas, preferían callar por discreción‒. Ya voy.
Cuando
abrió la puerta del cuarto, lo encontró sumido en una oscuridad sepulcral. La
manta de vicuña le tapaba los ojos y se notaba su palidez. Al incorporarse,
mostró la arrogancia de su porte que se reflejaba en la entereza de su alma.
Defendía la verdad y podía decir con orgullo que nunca había mentido. Era
impetuoso, resuelto, intransigente, en la defensa de su honor. Honrado hasta la
médula, llevaba su culto a la virtud detrás de su hombría de bien. Amaba a
Camila pero había cometido el error de aceptar el trato de no molestarla con
requerimientos amorosos.
‒No
me siento bien.
‒¿Qué
tienes? ‒preguntó Camila preocupada.
Él, al ser médico, conocía a la perfección las dolencias peligrosas y eso era peor que si hubiera vivido en la ignorancia como muchos.
**
Café de Hansen. Buenos Aires y sus tiempos viejos
−De la vida; soy muy observador, de ti, de mí…
−Me gusta como habla, mi niño Conrado. Un poco “picaflor”, pero de gran corazón. Lo quiero mucho, sabe.
−Yo también, querida. Ahora ve a hacer tus cosas y por la comida no te preocupes.
−Está bien, gracias.
Tomasa se quedó sola y sonrió. Conrado era un joven tan positivo que le levantaba el ánimo. Pensó en la gente. Si toda fuera así, con ese lado esperanzador y alegre, sería un gozo para quienes están en la penumbra y se sienten ahogados por la medianoche de los años.
“Mujeres que ha perdido su sombra,
Mujeres que harán sombra en otro sitio.”
Gloria Casañas.
**
CAFÉ DE HANSEN
La impenitente caminante de Haworth
Gracias España por tu lectura y por tu huella, gracias por valorar la escritura y la vida de estas talentosas autoras.
Y elegirlas...
porque ya forman parte del inventario de los grandes. Yo, en este caso, soy una simple intermediaria. Alguien que decidió estudiar un poco para transmitir al menos, como pude, lo inmensas que fueron las Hermanas Brontë, a quienes admiro profundamente desde que era una adolescente o menos.
Ellas vivieron en un páramo y en ese lugar inhóspito fueron cobrando vida como autoras, con espontaneidad, con pérdidas, con frío...
Emily (Cumbres Borrascosas) es mi preferida. Tal vez, por su timidez y soledad, pero también por la valentía de escribir una historia tan intensa que su imaginación llevó a lo más alto de sus aciertos.
Para Emily esos parajes se convirtieron en una prolongación de sí misma, sólo allí supo vivir, y por ellos sintió una pasión primitiva, esencial, que se reflejaba en su obra. La impenitente caminante que conocía como nadie los lugares que circundaban la aldea de Haworth, esa muchacha delgada y de adustos modales eternamente replegada sobre sí misma, levantó de cada terrón de tierra, de cada gota de lluvia, de los matorrales y del viento huidizo de Yorkshire a los personajes de Cumbres Borrascosas.
La Liberación
Hermanas Brontë
-------------Biografía novelada escrita en 2022.
La abuela francesa. De Suiza a América-1865
Los siete dones. Ella eligió perdonar...
Julián se encontraba comiendo algo sentado en la escalinata del orfanato; se oía el repiqueteo de las campanas de la iglesia. La gente pasaba sin reparar en él y en su triste aspecto. Estaban acostumbrados a verlo ir y venir, no le tenían miedo porque no sabían en el ambiente donde había crecido.
−Oye… ¿Qué te dije yo el otro día?
Cuando Julián vio que Milagros se acercaba, se puso de pie igual que un caballero, pero se mantuvo con el sombrero en la mano y la vista baja, en el suelo, ése mismo que pisaba a diario y que lo conocía tanto.
−Buenos días, señorita.
−No te hagas el educado conmigo que te falta mucho. ¿Todavía por la calle? ¿Qué te aconsejé?
−Que busque trabajo. No lo voy a hacer. Mire lo que soy. ¿Usted cree que con esta ropa alguien me va a respetar?
−Bueno, tienes razón. Tampoco te pido que vayas a servir copas a una confitería. Ven conmigo –dijo Milagros y lo arrastró por el brazo.
−¡No! ¡Qué se piensa!
−¡Necio! Ven…
Julián se debatía entre la vergüenza y el miedo. No quería ir con esa señorita fina. ¿Qué buscaba? ¿Por qué lo molestaba tanto? ¿A ella qué le importaba de él?
−Tonto y más tonto. Te quiero ayudar.
−¡Déjeme en paz, quiere!
Milagros se fue con Timoteo en la calesa y Julián se quedó mirando hasta que se perdieron en el horizonte. Le dolía ser pobre, un indigente. Imaginaba poder llegar a ser su amigo. ¡Qué linda que era! ¿Por qué el destino se empeñaba en abandonarlo a su suerte! ¿Por qué no le daba una oportunidad?
−¡Hay que buscarla! –seguro le gritaría Milagros y con razón. Él no quería moverse de ese sitio de confort porque así estaba bien.
“Ser pobre molesta. Lo sé. Quizá, ella piensa que soy peligroso. Crecí a fuerza de golpes y eso me hizo débil y miedoso. Ni la voz me sale. Cuando oigo un ruido tiemblo y me doy vuelta despacio para ver de dónde viene: de un puño cerrado, de un trozo de madera, de un tacho viejo… La violencia no tiene nombre y aparece para castigar al más débil, a la víctima, al que no tiene defensa. Yo podría ser como ellos, mi familia, qué más da… pero no quiero. Aunque indirectamente han sido y son una rara influencia en mi carácter y en mis impulsos. ¿Cómo pueden pensar que alguien me dará trabajo? Ni para barrer un sótano. La sociedad no para de cargar injusticias contra aquellos solitarios que si murieran tirados en un lodazal nadie los vería por meses. Total, no han perdido nada. El mundo seguirá andando con indiferencia y cada uno sabrá dónde estará el oxígeno para vivir un día más”, pensó Julián mientras se iba caminando despacio rumbo a la Sociedad Rural, donde se juntaban los productores agropecuarios. Quizá, alguno de ellos reparara en su presencia y le hiciera algún hueco en su estancia, pero eran tan copetudos; de esos que jamás miran para arriba porque creen que son el punto más alto.
La Liberación. Hermanas Brontë
1-SALLIE DEAM
Enero de 1855
Firmar
con otro nombre…
La
tarde fría dejaba su enigma de lágrimas en el verde inexistente de los días.
La
bruma se extendía por aquellos páramos y barrizales.
El
suelo se hallaba cubierto de nieve y el viento estremecía las grietas de la
antigua casona.
“Podría
perderme por estos pantanos”, pensó, pero su deseo de llegar era más fuerte que
las inclemencias del tiempo. La vida y la pasión por los libros la habían
llevado a tomar la decisión y no podía volverse atrás.
¿Quién
no lloró con el amor obsesivo de Heathcliff en “Cumbres Borrascosas”?
¿Quién
no sufrió con la terrible infancia de Jane Eyre?
“Sé
que iré y volveré mil veces hasta que me atienda porque aunque no quiera
terminará por aceptarlo. Ella y sus hermanas sintieron lo mismo: la vehemencia,
el fuego, la idea fija, el hecho de no claudicar, aunque el mundo parecía
derrumbarse. ¡Qué lugares oscuros y que apasionantes! Me envuelve esa magia
cargada de sueños por volar, de rotundos pensamientos por decir…”, reflexionó la joven delgada y morena, de ojos grises
pensativos.
La
criada la miró por la ventana. Primero le pasó un lienzo a los vidrios
empañados.
Enero
de 1855.
**
Perder el Alma. Me deben una vida...

Café de Hansen. Buenos Aires y sus tiempos viejos
Frente
al mutismo del ambiente donde sólo se oía el ritmo del reloj, Tomasa soñó con
un patio interminable rodeado de nieblas como si fuera el paraíso y una puerta
al final donde ella quería llegar para salir a la luz porque las cenizas la
cubrían y le nublaban los ojos hasta que quedó ciega. Cuando ya no vio nada, se
sentó en el piso. Pensó que allí, detrás de esa puerta, se hallaba el sol, pero
sólo encontró una noche cerrada.
Se
despertó angustiada de ese sueño raro.
Miró
el reloj: las tres de la mañana. Era temprano para levantarse. Julia no la
obligaba a madrugar.
“¿Habrá
vuelto?”, pensó.
El
silencio era contudente.
“Las grandes elevaciones
del alma no son posibles sino en la soledad y en el silencio”.
Arturo Graf
**
Licia. Hermana mía.
Perder el Alma. Me deben una vida...
Se oían a lo lejos las palomas y las tórtolas.
A Guillermo esos sonidos le traían recuerdos del cementerio donde iba, de niño, a visitar a Salvador. Mía lo llevaba. Le hacían creer que su padre descansaba en aquella tumba marmolada, pero allí no había nadie. Las cenizas de Salvador permanecían en el patio de la iglesia. Él era muy chico para saberlo; le hubiera destrozado el corazón. Prefería creer que su papá se hallaba guardado en un cofre con encajes blancos, bien cuidado, durmiendo para siempre en ese refugio inmaculado. Pero llegó el momento que sintió que allí no había nadie, no porque no estuviera el cuerpo sino porque el silencio, como una palabra, le decía: ve tranquilo, yo estoy bien, vive tu vida y no te preocupes por mí. Y así fue que dejó de ir, aunque le agradaba ver los cientos de gatos que lo perseguían o los ángeles escribiendo sentencias con las alas desplegadas e infinitas. Él les miraba los ojos a aquellas estatuas, pensando que en cualquier momento iban a mover los párpados. Estaba todo tan inhóspito, pero había magia, algo celestial, como si le lloviera paz sobre los hombros.
Y así se fue despidiendo de ese jardín, donde el corazón se abrigaba buscando huecos para llenar, cuando la vida le decía que no se desplomara porque aún los días amanecían…
*
Hija única. Libro de Recuerdos
❤❤❤
Surcos
en los senderos, bóveda de estrellas, la gata Lola de mi abuela Juana y el
espejo que me mostraba los años.
‒Niña,
no tienes que tener vergüenza. Eres buena, inteligente, linda… ¡Vamos!
Gracias
madre por enseñarme a ser valiente, por dejarme crecer sola como yo quería, por
darme todo y más para ser feliz. No necesitaba mucho, sólo lápiz y papel.
Siempre valoré los afectos porque eran pocos y había que cuidarlos porque sabía
que alguna vez ya no los iba a tener. Quería guardarlos en un arcón dorado para
después, para que la soledad no me dejara su frío, su madurez de escarcha, pero
no era posible porque el reloj detenido empezó a marchar y ya no quería oírlo.
Me daba miedo.
Me
colocaba el antifaz para no ver la vastedad del territorio porque era
vulnerable. Jugaba y reía para ocultar siempre mis dolores, las carencias, el
temor… que no era tanto pero que parecía irreal a esa edad.
Salía
al mundo a recorrer el paraíso de mi abuelo Eduardo después de acompañarlo
entre las sombras cuando él me venía a visitar.
‒Parece
que hay gatos ‒decía entre risas al escuchar las peleas de las mascotas nocturnas.
Él era un gaucho de las pampas, un caudillo disconforme que arremetía por los
llanos y le hacía frente a las tormentas pero ahora, después de varias décadas,
se había escondido entre los duendes de su casa dulce a meditar...
"La libertad está en ser audaz" Robert Frost
Felicitas se escapó, como lo hacía desde tiempos pretéritos, por la puerta trasera que daba a un patio con una huerta y un molinillo desvencijado para espantar gorriones.
Veinte pasos más adelante, en la entrada de una plaza, había una iglesia. Un cementerio la rodeaba cercado por una reja; Estaba lleno de sepulturas con sus lápidas a ras del suelo. El templo se había construido en los últimos años del reinado de Carlos X. La luz solar, al penetrar por los vitraux, iluminaba la ringlera de los bancos acoplados a la pared frente al confesionario con la imagen de la Virgen vestida de blanco, cubierta por un velo de tul pálido. Los sillas del coro eran de madera de abeto.
Felicitas entró a la habitación buscando algún sacerdote. Se sintió amnésica y desorientada.
Los días semejantes. Por los caminos de agua...
29
Jardines eternos
Debía buscar un camión de ruedas grandes y para eso se
acercó a un depósito de alquiler. Ya sabía con quién hablar del tema. El
hombre, aburrido y con un vaso de vino en las manos, le dio su aprobación y en
un rato estaban camino a Panguana en la jungla amazónica.
Otra vez el mismo ambiente, la historia mil veces repetida,
la tumba que lo esperaba. Lo sabía y se entregaba a ese deseo como única
posibilidad.
El agua que empujaba una rama, una piña, arrastrando
restos en estrechos riachuelos que nacían y morían en algún momento igual que
los seres humanos. Rápidamente desaparecían en el tiempo que tardaba una gota
en formarse en la punta de una brizna de hierba y caer al suelo.
Elías Fischer se dirigió otra vez a su antigua cabaña,
la que había destruido en un momento de ira. Lo atravesó el río, el Pachitea.
Se hallaba crecido. Era imponente y se abría paso rugiendo entre el bosque y
estallando contra el lomo de las rocas. Se veían troncos sumergidos después de
alguna tormenta.
−No hay tiempo para detenerse –dijo por lo bajo.
De cara al viento, comenzó a temblar. Evocó su casa
abrigada y una taza de café; escuchó las voces cariñosas de Sophia y de Hanna.
**
La nodriza esclava. Dinastía Tudor -1510-
El funeral de Enrique VIII se realizó en St George, Windsor y luego fue llevado por grandes hombres, por lo pesado del ataúd, a descansar en la tumba de su amada reina Juana Seymour.
En el meandro de Hampton Court el monarca dejó sus trampas, el crujir de los muebles, el exquisito refinamiento y la paz de su ausencia. Los ciudadanos eran libres para proclamar a Eduardo VI con el son de las trompetas y ver a una reina emancipada, digna e inteligente.
Enrique ya desde el comienzo rechazó el amor de Dios. No tuvo interés por la comunión con él. Quiso construir un reino en este mundo y prescindir del Hacedor. En vez de querer al Altísimo, adoró ídolos, las obras de sus manos, se amó a sí mismo. Por eso el hombre se desgarró interiormente. Entraron en el planeta el mal, la muerte y la violencia, el odio y el miedo. Se destruyó la convivencia paterna. Roto así por el pecado del eje primordial que sujetó a los humanos al dominio amoroso del Padre, brotaron todas las esclavitudes.
Cada uno pensó mucho y quiso poner fin a tanto silencio porque todavía se podían liberar las ideas. Catalina Parr pudo sobrevivir. De no haber muerto el rey, ella hubiera sido la próxima víctima.
En los jardines, Isabel Law pudo ver que por la puerta de los escribientes salían los ancianos vaciados del Viernes Santo, los herejes que iban a ser crucificados; escuchó ruidos de cadenas y de hierros, los heridos cruzaban la aldea, el encapuchado del corcel y el del hacha manchada con sangre… Todos se retiraban como si hubiera terminado la ceremonia para siempre. Muy atrás, casi oculto entre las sombras de la noche, Auguste Deux agitaba su mano que se soltaba de su cuerpo igual que un eslabón.
Las esposas de Enrique VIII no estaban allí para vilipendiar sus leyes antinaturales porque no querían enlodar sus imágenes de cautivas y sacrificadas.
La ausencia dignificaba el paso por los claustros sombríos y enmudecía al más sabio adivino.
______Enrique VIII, Ana Bolena, Catalina de Aragón, las ejecuciones por presunto adulterio, Isabel I.

















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