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La princesa y el guisante, de Hans Christian Andersen



Hace muchos años, un joven y gallardo príncipe decidió casarse. Su pueblo deseaba que lo hiciera porque el rey era ya muy viejo y el príncipe debía tomar una esposa que le diera herederos.

Comenzó entonces la búsqueda de una princesa de tan noble señor.
Había muchas, y el príncipe recorrió el mundo entero; pero no acababa de encontrar lo que quería. Porque siempre tenía dudas, y no estaba muy seguro de que aquellas hermosas jóvenes que le presentaban fueran verdaderas princesas, así como él un príncipe verdadero, de vieja estirpe.


De manera que regresó a su país, muy triste, sin haber encontrado la auténtica princesa con la que quería casarse.
Contó el viaje a sus padres y allí quedaron los tres muy cabizbajos en la gran sala dorada y silenciosa, porque lo cortesanos, mudos, se habían quedado cariacontecidos en los rincones.

El rey se acariciaba la barba, pensativo, y el príncipe se paseaba tristemente mirando llover. Porque aquella tarde se había desencadenado una espantosa tormenta, tronaba y relampagueaba, el viento sacudía las copas de los árboles y en los cristales tamborileaba la lluvia.

Estaba tan triste la sala en la penumbra que los cortesanos y los criados se fueron a dormir.
Y en ese momento... en ese momento, "¡toc, toc!", llamaron a la puerta del palacio.
El rey se levantó lentamente y fue a abrir. ¿Y qué encontró el anciano monarca? Pues nada menos que una pobre princesa, calada por la lluvia y aterida de frío, que le pedía albergue.
Estaba empapada, el agua le chorreaba por los cabellos, se le metía por el borde de los zapatos y le salía por los altos tacones.


Su aspecto era lamentable, pero ella aseguraba que era una princesa.
-Yo me encargaré de averiguar si eso es verdad- se dijo la reina.
Sonrió a la joven, la atendió con mucha amabilidad y le ofreció ropa para cambiarse.

Después, le hizo servir una taza de té bien caliente junto a la chimenea. Y mientras la niña conversaba con el anciano rey y con el joven príncipe, la reina dijo que iba a ocuparse de arreglarle el dormitorio.

Con mucha astucia, preparó la cama. Puso sobre el elástico un guisante y luego colocó encima veinte colchones mullidos y veinte edredones bien acolchados. Así dispuesta la cama, la reina volvió a la sala, donde su bonita huésped, ya repuesta del remojón, tenía encantados con su gracia y simpatía al rey y al príncipe.
Como estaba muy cansada, manifestó deseos de retirarse a dormir.

La princesa saludó dando las buenas noches, y el rey, la reina y el príncipe charlaron durante un rato. Al rey le parecía encantadora su visitante, y el príncipe estaba ya casi enamorado de ella, pero los dos temían que no fuera una princesa verdadera.
La reina sonreía.
Al día siguiente, cuando llegó la hora del desayuno, volvieron a reunirse todos en el comedor. El rey estaba mojando su sabrosa medialuna en su café cuando entró la joven con aspecto fatigado.
-No parece que hayáis descansado-dijo el monarca- ¿Cómo pasasteis la noche?.


-¡Oh, muy mal!-respondió ella, frotándose la cintura-. No he podido dormir. Algo había en la cama que me ha molestado mucho. Algo tan duro que estoy llena de moretones. ¡Espantoso!.

La reina, alborozada, se levantó para abrazarla: sólo una verdadera princesa podía ser tan refinada como para sentir un guisante a través de veinte colchones y veinte edredones.
Cuando el príncipe supo el secreto, se sintió muy feliz y la tomó como esposa.
La boda se celebró con gran pompa y el guisante fue a parar a la vitrina del museo, donde todavía hoy lo pueden ver los visitantes.

Y si ésta no es una verdadera historia de una verdadera princesa, que venga otro a contar alguna.

Hans Christian Andersen
Cuento de 1835

Comentarios

  1. Lujan me has retornado a la infancia. Que lindo recordar esta historia que me había gustado tanto allá lejos y hace tiempo.

    Un abrazo.

    mariarosa

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hola mariarosa.
      Es un clásico, un cuento maravilloso de nuestra infancia.
      Un abrazo.

      Eliminar
  2. Es un bonito cuento que recuerdo de la infancia. Gracias Luján.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Ideal para ti que te gusta mucho todo lo relacionado con la niñez.
      Es precioso.
      Beso grande.

      Eliminar
  3. Es un hermoso cuento buen fin de semana

    ResponderEliminar
  4. Por un guisante Mendelssohn encontró la ley de la genética y por un guisante Hans Christian Andersen encontró a la verdadera princesa, falta saber cuál de ellos encontró la felicidad. Gracias, Luján por devolvernos a la infancia.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias a ti Francisco, la felicidad es algo tan relativo. Cada uno tiene la suya y creo que son sólo momentos.
      Besos

      Eliminar

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