lunes, 18 de septiembre de 2017

El silencioso grito de Manuela (Cap II, cuarta parte)




“¿De quién tengo que cuidarme?”, se preguntaba a menudo Letizia porque no entendía tantas recomendaciones, la obligación de llevar un crucifijo, de regresar con el sol de la tarde, de no hablar con nadie… La infancia y su juego la estaban ahogando porque era muy sensible y su pobreza interior se parecía a la de una novicia a punto de tomar los hábitos. Era piadosa ante los necesitados, fiel a Dios, obligatoriamente temerosa y enfermiza.

-Letizia, amor, reza por mí un rosario entero-le decía Manuela cuando tenía que salir a buscar Encarnación que se había escapado tras saltar el murallón de los jardines. La niña huía por los baldíos con una muñeca despedazada en las manos y su deseo de libertad se manifestaba con esa rebeldía que se burlaba de la uniformidad de Manuela.

Rubia como un sol, Encarnación le pegaba cachetazos a su madre que la traía de regreso a la casa arrastrando las piernas en las baldosas de cemento mientras Letizia trataba de empequeñecerse y de pasar inadvertida. Ambas no soportaban la custodia de Manuela pero se rebelaban de manera diferente porque debían aprender a crecer solas; el vuelo indefinido de quien las había criado con tantos cuidados las desorientaba. Una se volvía feroz contra ella y la otra se entregaba a sus acertijos, dilemas y paradojas con la convicción casi febril de huir en el momento que nadie se diera cuenta.
Encarnación y Letizia en eso sí estaban de acuerdo; las dos querían escapar de la protesta infantil de Manuela, de su amor posesivo, del maltrato psicológico, de sus predicciones sobre un futuro desgraciado…



En el verano de l970 fueron de vacaciones a Ávila, la ciudad amurallada en la que vivió y murió Santa Teresa de Jesús y Madrigal de las Altas Torres, localidad de esa provincia que vio nacer a la reina Isabel “La Católica”.
La capilla era el lugar más concurrido por los peregrinos. Un retablo barroco que guardaba testimonios de su vida y una escultura de quien creció como Teresa Cepeda, hija de un judío converso que comerciaba telas.

Julián y Manuela eran devotos de la imagen y llevaron a sus hijas para que pudieran conocer, de cerca, la maravillosa historia. Ellos intentaban crear un espacio a la virtud para que no hubiera rebeliones pero las niñas eran diferentes; aunque existiera una idea inicial después se malograba. La manera de entretenerse y de sentir, la comunicación, el compartir momentos, los sueños… no eran posibles sin un respeto, sin entender los objetivos de cada uno… La distancia era mayor porque el vínculo era remarcado por la autoridad de Julián y eso provocaba rechazo, especialmente con Encarnación a quien no le importaban las reglas de educación.

-¡Siempre es mejor volver temprano!-decía con el deseo de regresar a casa porque el paseo la aburría muchísimo. Prefería ver el florero con tulipanes junto al retrato de Rocío, escuchar el llanto de Manuela y merodear entre los conejos. En otro lugar habría una forma más útil de ver la vida, ser una máquina de olvido y poder refugiarse en un sitio menos complejo, libre, sin nudos…
Letizia volvió al colegio a estudiar religiosamente y Encarnación a romper tizas, libros y cuadernos. Ninguna de las dos podía ser rescatada, eran como el día y la noche.
 Letizia, en su adolescencia, sufrió el acoso de su hermana menor hasta el cansancio. Manuela las obligaba a ir juntas a todos lados como parte de ese vertiginoso mundo de contradicciones y de miedos. Julián les entregaba su vida y el dinero que derrochaban a manos llenas. Eran jóvenes de alta sociedad y debían comportarse como tal porque estaban demasiado expuestas a la contemplación indiscreta de los demás. Debían salir de la presión de las miradas pero ¿cómo poder transformar las exigencias internas para que las externas no les complicaran la vida?

Manuela ignoraba el problema y subía la carga negativa al entorno, entonces en el caso de Letizia sus fuerzas se debilitaban a tal punto que a veces se olvidaba de sus obligaciones escolares; estaba siempre enferma tomando té de tilo, manzanilla y boldo que Manuela le llevaba a su cuarto cada media hora. Una manera errónea de tratar de solucionar los problemas.

Letizia no sabía expresar las emociones y eso le ocasionaba dolencias que desembocaban en una soledad testigo de la necesidad vital de tener experiencias propias de su edad. Ya había afrontado la adversidad junto con sus padres, ahora debía trabajar sus aspectos internos para tener una visión mucho más clara de las situaciones; esto, seguramente, si era tratado modificaría sus sistema inmunológico y alejaría los males físicos.

domingo, 17 de septiembre de 2017

¿Dónde se pueden comprar mis libros?



Hola a todos.
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Yo lo único que deseo es que me conozcan, acercarme a ustedes con todo el amor y la vocación que siempre he tenido. Desde los 8 años que escribo y me siento tan feliz que no podría hacer otra cosa. Es difícil llegar a ocupar un pequeño espacio pero estoy luchando día a día por lograrlo, tratando de estudiar y aprender. Escribir no es fácil, no es poner una palabra detrás de otra sino que lleva muchos años de leer, de quedarse horas despierto, de esperar un estímulo, de perseverar...

Gracias por seguirme. Pronto subiré capítulos de LA NOVIA. Es una historia policial con tintes fantásticos. Algo lírica como todo lo que yo escribo. 

Muchos besos de alma a alma con el corazón repleto de deseos de crear vínculos con ustedes.

Pronto tendré noticias bellas para compartir.

Luján Fraix


miércoles, 13 de septiembre de 2017

El silencioso grito de Manuela (Cap II, tercera parte)




Julián venía a su encuentro con Encarnación en los brazos que se agitaba con intenciones de empezar a caminar. Él la amaba sin condiciones porque la criatura era su mitad, la parte verdadera de su “yo”, el recuerdo desordenado de Rocío y el añoso rostro de sus penas. Tenía su mismo carácter: rebelde, omnipotente, encendido… y lo llamaba con balbuceos sin reparar en su madre.

Manuela, con un jarro en las manos, desaliñada y torpe, los miraba como quien ve un espacio de niebla detrás de un árbol caído. La soledad de su alma cambiaba cuando su mente, arbitraria, le acercaba visiones de un ayer penoso, entonces se refugiaba con su angustia y se entregaba al aroma del romero, de la salvia y del tilo con los ojos enrojecidos y los bolsillos repletos de amuletos.
-Dios se ha dormido porque no entiendo su lenguaje-dijo mientras recogía tulipanes para honrar el retrato de Rocío.
Esa imagen no envejecía ni con la contemplación del dolor ni de la dicha; sería, por siempre, una cicatriz indeleble enferma de lloviznas y de estíos con las flores y el aire de campo en los cabellos.

Todos y cada uno, a lo largo de los años, la mirarían al pasar como quien contempla algo sagrado, desvanecido por su belleza en la fotografía.
El altar se erigía en el comedor donde reinaba su alma, allí viviría su eternidad. Manuela colocaba los tulipanes diariamente; no abandonaba los lamentos y las oraciones porque la salvaban de la culpa y de la frialdad del retrato. Ella veía la realidad a través de las palabras del Señor y nada le parecía injusto si venía de su voluntad, pero el tiempo arrugaba los anhelos y ensamblaba olvido y memoria, furia y llanto.

Encarnación y Letizia, cuidadosamente protegidas, parecían niñas devoradas por las rejas de una prisión augusta. Ni Julián ni Manuela las dejaban solas ya que eran vigiladas todo el tiempo por nodrizas, empleadas domésticas, Francisca y Pedro, los vecinos y hasta los habitantes de Barbastro.




Letizia era una alumna sobresaliente, callada y sumisa; a cualquier gesto, reto o mala nota lloraba y se cobijaba íntimamente entre la cabellera para ocultar su rostro abatido. Se había educado en un hogar destrozado por la ausencia de su hermana y por el temor de una madre fulminada por las circunstancias que, frente a la realidad, reaccionaba con impotencia e inmadurez.

Ella había heredado el lado oscuro de Manuela y su preocupación por sobrevivir con la soledad de su alma que vociferaba con toda la voz. Entre los muros de su patio, Letizia criaba gatos y conejos que se llevaban mal con Encarnación que los despertaba cuando estaban dormidos y los obligaba a permanecer inmóviles con las patas en alto.
-Deja los bichos, vamos a jugar…
-No…, vete-decía Letizia y se recluía en el cuarto con un acolchado de terciopelo colorado y repleto de muñecas y de objetos extraños que su padre le regalaba para suplir un poco ese vacío que la niña manifestaba con sus llantos y enfermedades psicosomáticas.


Se entrecruzaban los caminos con melancolía, desamparo, muerte y terror a lo desconocido. Dos hermanas que no podían estar juntas, una madre religiosa con los escrúpulos a flor de piel y un padre que todo lo daba para compensar las faltas.

sábado, 9 de septiembre de 2017

Editorial Dunken-autores independientes




EDITORIAL DUNKEN te da la oportunidad de publicar tus escritos gratis en antologías compartidas. El sueño de todo escritor.

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Mis comienzos fueron publicando en antologías compartidas (como 50 o más). Es algo muy gratificante ver tu poema o cuento impreso; fue lento el camino porque seguí estudiando hasta que después de siete años me animé a publicar Amor Verdadero (poemas, 2000).


domingo, 3 de septiembre de 2017

El silencioso grito de Manuela (Cap II, segunda parte)



La luna y sus estrellas hacían esfuerzos inverosímiles para penetrar por las hendiduras de la casona que parecía un carro viejo anclado en medio del camino. Julián veía por las galerías a monjas que se santiguaban y recogían los huesos de muertos ancestrales, sus rizomas, los jarabes, las mortajas, los cirios… Entre los líquenes, aparecía la gata Máxima cubierta de grillos que se recostaba porque estaba agotada de huir de la persecución de Rocío. ¡Misteriosas preguntas!

Manuela lloraba por los rincones con la criatura en brazos y se sentía inútil para criar a Letizia porque tenía más miedo que antes; era una mujer casta y permanecía, por su propia voluntad, ajena a las miserias de los humanos; sin embargo, Dios se empeñaba en reclamar lo que era suyo. Ella no estaba enojada con el Supremo; lo amaba más que nunca.
-No me interesa ser santa, quiero ser digna del cielo-repetía.

Manuela recibía toda la carga de la ausencia de Rocío porque era su madre y a pesar de no tener edad sabía muy bien lo que significaba estar en peligro. Ese juez, cansado de tantos veredictos, le había confirmado sus sospechas y ahora era tarde para preparar tisanas, llenar los cántaros, recoger las flores de peonía… Odiaba el latido del reloj y las visitas a destiempo porque quería estar sola y aislada de la sociedad para sangrar por las heridas con el dolor que sólo una madre puede sentir. Cuando se dormía veía la muerte que se escondía en su cuerpo como un reptil y a la mañana la pesadilla de vivir sin la niña la hacía reaccionar nuevamente.

-¡No puede ser!-decía abrazada a la almohada en el cuarto silente cuyas paredes vigilantes guardaban sus secretos.
Los años anteriores le parecían superficiales porque nunca antes había sentido los destellos de la felicidad de estar cerca del ser amado, de extrañar su presencia, de languidecer ante unos ojos oceánicos que decían más de lo que una pequeña hija podía expresar con todas las palabras. La soberbia de la injusticia no imaginaba cómo despedazaba un corazón con cada momento; Manuela, herrumbrada, cobarde, quería ser cruel porque se consideraba desigual ante la maldad de ese destino, pero no era valiente como Dios se lo pedía en los sueños fragmentados. Su voz era dulce y recogida, sus gestos llanos; existía la nobleza del dolor en la santidad de una mujer que no había manchado su espíritu con los pecados terrenales.



Una mañana de junio llegó a sus vidas despojadas de alegría una beba hermosa a quien llamaron Encarnación. Manuela, tras la luz apacible de las teas, pudo decir:
-No existe algo más intransferible que los deseos ocultos.
Encarnación en su cuna con un plumón rosado era igual a Rocío, rubia y transparente. Parecía que había vuelto aquel ángel a recoger sus juguetes, a leer las letanías de la Virgen, a esconder los vestidos de luto…

Era domingo y Julián, sin entender lo que pasaba, parecía aturdido; no podía concentrar sus pensamientos porque su perplejidad se desbordaba por su cuerpo. En la víspera había recordado a Rocío más que nunca en la cama con los ojos cerrados; la veía corriendo mariposas entre los helechos salvajes, con sus rulos al viento, entre los gavilanes y las retamas. Ahora ella parecía resucitar entre las sábanas de batista  con la lluvia de oro sobre su cabeza.

Manuela miraba el lento caminar de su esposo por la habitación desde su lecho. Él no quería ver a la niña porque solamente el llanto le quitaba fuerzas, pero sabía que debía seguir adelante aunque su corazón estuviera observando el pasado desvencijado por la irreparable pérdida.
Encarnación era gruñona y desacomodaba su cama todo tiempo. Manuela la llenaba de crucifijos y llamaba al médico y al párroco de la iglesia de San Francisco día por medio.
Letizia, de cuatro años, acomodaba el cobertor cada vez que Encarnación, con sus tonterías, desbarataba la cuna, acababa con la paciencia de sus padres y con el mutismo de capilla de la casa centenaria.
Encarnación había traído el desorden y el consuelo a esas personas desbarrancadas por las tormentas cuando la noche parecía una solterona eterna y huérfana.

La palabra “madre” volvía a pronunciarse con la alegría cautelosa de Manuela que seguía siendo hija entre los escalones degradados por los musgos, con Letizia corriendo a su alrededor y la gata Máxima recostada sobre su cuerpo. Ella era una mujer insignificante que creía en la niñez como refugio y en la vida de los recuerdos. Nunca tuvo responsabilidades; eso, justamente, le daba seguridad porque sabía que jamás estaría sola.

“No deberíamos amar tanto a quienes, por las leyes de Dios, se irán primero, pero cómo hacer para no querer…”, pensó con melancolía y cierto temor latente ante lo impredecible.

martes, 29 de agosto de 2017

El silencioso grito de Manuela, (Cap II, primera parte)




II


A principios del año 1967, Rocío se enfermó. Manuela con la niña en brazos corrió desesperada por las calles de la ciudad en busca del médico. Julián permanecía en su trabajo ajeno a la circunstancias, sin imaginar siquiera que su hija estaba mal. A Manuela le brillaban los ojos por las lágrimas acumuladas y no entendía razones. En la clínica de Barbastro le dijeron que Rocío sufría un derrame pleural con intensa dificultad respiratoria; tenían que dar con el diagnóstico definitivo para aplicarle un tratamiento apropiado. Podía ser una infección o una hemorragia; los medicamentos citostáticos eran más efectivos que otros.

-¡No puede ser!-gritó Manuela a las enfermeras. ¡No ven que la niña se muere!.
A Rocío la dejaron internada en el sanatorio “Huelva” para aplicarle un tratamiento con antibióticos y un drenaje quirúrgico.
Manuela, acompañada por su madre, se quedó junto a la cama con un rosario de nácar en las manos. No estaba en condiciones de tomar decisiones porque no tenía la capacidad suficiente para hacerlo; siempre vivió protegida por sus padres y luego por Julián en un mundo donde todos hacían las cosas por ella. Nunca tuvo que elegir porque los demás se dedicaban a esa tarea. Manuela sólo se dejaba influir sin detenerse a pensar qué era lo que en realidad le gustaba: una forma cómoda de no asumir responsabilidades.

Ahora esperaba a Julián para que salvara a su hija. Él llegó al atardecer agobiado por la noticia y con la certeza de que la mejoría no se haría esperar. Julián clamaba por definiciones, hablaba con los médicos, discutía… mientras Manuela, desde la habitación en penumbras, deliraba porque sabía que estaba dicha la última palabra.
¿Podría ella cambiar un destino escrito de sometimiento a las leyes?
La verdad se desdibujaba y era una carga que esperaba agazapada el momento de salir a la luz. La fatalidad daba vueltas entre la ignorancia que la llevaba a un solo fin. Manuela quería exiliarse en la mentira y en la ficción porque esa realidad acababa con su escasa capacidad para la lucha. Prefería entregarse a las humillaciones y al descontrol de los sufrimientos porque ya estaba acostumbrada a suplicar para abrirse paso.

Manuela Costa Río se retiró como un fantasma enmohecido del sanatorio “Huelva” sin ser vista por nadie; se fue a la casa a cuidar a Letizia que se encontraba con su padre.
El abuelo, ajeno a las circunstancias, estaba tomando un vaso de vino que él mismo guardaba en un tonel de roble. Manuela se acercó despacio, se arrodilló y colocó la cabeza sobre sus rodillas.
-¿Hija, qué pasa?
-Rocío está grave.-alcanzó a decir y se bebió el vino de la copa de su padre, luego corrió a su refugio de nervaduras vivientes, hongos enteógenos, cactáceas y semillas.
-Cuida a Letizia.-le gritó.
Allí, entre las esencias chamánicas, Manuela buscaba la capacidad consciente de unificación entre lo material y lo espiritual para lograr un estado de salud mental superior, sin sacrificios. Ella quería desconectarse de la realidad, eliminando la línea del tiempo terrena. En esos niveles arcaicos íntimos encontrar la mejor manera de enfrentarse a ese futuro que caminaba delante de ella guiando sus pasos. No quería correr riesgos porque no aceptaba las alternativas; en el fondo sabía que las cosas eran blancas o negras y que los destellos de luz aparecían sin esperarlos como antídotos para enfrentar la adversidad.

Julián regresó a la casa después de dos horas y dijo que Rocío estaba mucho mejor aunque había desdicha en su rostro como quien se halla de vuelta de la vida; era un hombre al que le habían quitado los recuerdos: vacío, estéril, debilitado igual que Manuela.
Rocío los convertía en padres endebles; ella con su dulzura de princesa los destruía de a poco sin imaginarlo y ponía la historia en su lugar.
Ambos tomaron un café mientras miraban por la ventana, en silencio, y luego tras un llamado de teléfono salieron corriendo…



Mausoleos de mármol negro en la avenida de la necrópolis parecían diminutas iglesias cubiertas con cúpulas y vitrales. Rocío ya era un ángel vestido de una manera lujosa, guardada en un ataúd blanco y llevada a paso lento por un carruaje tirado por mulas.
Manuela ocultaba su historia bajo la capelina y sentía a través de las sedas de su traje las paradojas y los temblores de los cuerpos descansando bajo el cielo, en el jardín de una eternidad que mendigaba la claridad, la dicha imperfecta pero necesaria, otra oportunidad. Ella percibía una soledad crónica bajo sus huesos sin voluntad; lejos de ganar la guerra era una víctima que sabía de antemano el desenlace, por eso no podía culpar a nadie.

Las personas en el cementerio se alejaban de Manuela porque la veían tan muerta como su hija.
“Tu alma se encontrará triste entre los oscuros pensamientos de la lápida gris”.
                                                             Edgar A. Poe
En la casa, el retrato de Rocío con crespones de luto era un estandarte de cripta que abrigaba melancolía y llevaba décadas de palabras bíblicas. Con esas vocales seguramente volaban las mariposas y saltaban los grillos de la gata Máxima como tributo a quien los despertaba de su retiro.
-Dios habla a través de los seres vivos-dijo Manuela extraviada después de retorcer en sus brazos a la gata que parecía un bebé en un cuerpo felino.
Julián, con barba de una semana, estaba entregado; sentía frío y su cara se transformaba cada vez que recordaba a Rocío. Era tan profundo el vacío que no tenía curvas y absorbía despacio la sangre para dejar secas las venas en una ceremonia con imágenes de espíritus aéreos.
-Somos tres pero pronto seremos cuatro-dijo Manuela.


La escena se inmovilizó a la luz de alguna candela y en la sombra el rostro de Julián se puso más pálido ante la confirmación de Manuela. La vio nuevamente embarazada con los ojos cerrados y un ramo de rosas negras en las manos. Se quedó inmóvil al amparo de la penumbra con la visión del cuerpecito de Rocío indefenso y solitario junto al hielo casi amoratado de los hierros.

domingo, 27 de agosto de 2017

El silencioso grito de Manuela (Cap I, tercera parte)




Julián, de mejor oído que Manuela, ya estaba cansado. En un determinado momento, se incorporó lentamente. En la sala, el sonido de su andar cauteloso al rozar los muebles se mezclaba con el murmullo de las oraciones de su esposa. Él la vio rezar mientras batía las yemas y gritó:
-¡Basta ya, mujer!



Al año y medio de la boda, nació Rocío. Manuela era casi una torpe criatura con la beba en brazos; la abrazaba de tal manera que parecía que quería utilizar sus propios huesos para darle vigor a la niña, todavía frágil; sin embargo, Rocío gozaba de una extraordinaria belleza tan transparente como mágica. Una sola candela bastaba para iluminar el cuarto porque existía demasiado esplendor en torno a la recién nacida.

Manuela quería refugiarse con Rocío en su propio mundo de sentencias y de revelaciones porque su miedo iba en aumento y convocaba a sus fantasmas interiores que aleteaban como aves espectadoras de algún probable exterminio. Dar la vida a un hijo era despojarse de egoísmo y de ambiciones pero, para ella, era cargar con la tortuosa impunidad de los temores.
Julián no se quejaba porque la obsesión por el trabajo despertaba todas sus inquietudes; sin embargo, amaba a Rocío más que a sí mismo. Ambos desde los espacios profundos y lúcidos trasladaban sus propios vacíos a la crianza de esa hija tan esperada que les había cambiado la manera de ver las cosas. Rocío, rubia y nítida, era una criatura normal que veía a sus padres como personajes juguetones, tal vez títeres, de una fiesta de disfraces, pero también observaba a Manuela correr con estampas y rosarios cuando se retiraba a su templo donde la esperaba la contratara de la libertad. Allí su mirada se conectaba con los poderes en una atmósfera de conciencia habitada por un prisma energético que violentaba sus descarnados pensamientos.

Manuela se reflejaba en la entraña de la inmediatez para detener el tiempo. Dios era su tabla de salvación; el único que calmaba la incertidumbre y el deseo de llorar sin razón, el puente que sostenía su cuerpo mientras transitaba la vida que le tocaba como un regalo o como un castigo. No sabía cómo saltar el muro y aventajar a esos temblores que, sin prudencia, intentaban debilitar sus músculos.
-¡Manuela ven acá que Rocío está molesta!-gritaba Francisca en los patios interiores porque sabía que su hija se había escapado para abordar ardorosamente los límites de la realidad.

Ella parecía haber perdido el rumbo sensorial y afectivo, pero cuando escuchaba que a Rocío le pasaba algo corría a abrazarla y la ahogaba con piadosas lágrimas, desde el frío de sus heridas, a través de la fe que, como destino, le imponía su propio yo. A la niña la veía frágil y desvanecida entre los cobertores como un angelito sin fuerzas para respirar.
Julián no se daba cuenta; conocía a Manuela y su rara sobriedad. La amaba por su entrega incondicional sin reclamos y por la manera inocente de mirar las cosas que para él resultaban ser eternos conflictos: el dinero, la ambición, el fracaso… El futuro era un desafío que se construía en el presente con valores y con estructuras sólidas; no debía esperar sus dictámenes sino que había que enfrentarlo para poder vencer sus artimañas de gobernante. Tenía que seguir el camino de las ideas con su condición de hombre humilde y guerrero para inventar momentos bellos y aceptar la burla de lo insospechado.



Manuela, jugando a ser madre, tuvo a Letizia una tarde lluviosa de verano. Su dramatismo exacerbado contrastaba con la festiva sonrisa de sus padres y de Julián que estaba fuera de control. Ya nada era tan importante como sus hijas que lo distanciaban de todo egoísmo, de la vanidad que sólo lo frívolo puede alimentar como fuente propia. Él se nutría de esas criaturas indefensas para valorar la vida que, anteriormente, había sido tan ajena a las auténticas verdades. La obra de sus manos eran sus afectos, esos seres mínimos que apelaban a miradas tiernas para atrapar su alma. Hubiera dado todo por sus hijas porque ahora sabía que ser padre lo había liberado para poder desarrollar a pleno ese destino que quería construir desde el hoy.

Letizia en su canastilla de mimbre con ruedas de madera estaba dormida entre los encajes y puntillas de raso. Francisca, su abuela, había bordado corazones en punto vapor creando un juego de diversos redondeles perforados con festones y una lluvia de hojas. La mantita con puntillas valencianas la envolvía con un arrullo de mamá dulce mientras Rocío escapaba tras la gata Máxima en dirección a la cocina en busca de los helados. La niña de ojos color del cielo estaba celosa y castigaba a la mascota que huía al jardín para regresar al anochecer cargada de grillos. Rocío pensaba que tendría que inventar alguna travesura para llamar la atención, algo fuerte que les llegara al corazón, pues veía a sus padres demasiado azucarados con esa hermana menor que ella no quería.

A Manuela el miedo, todavía latente, le impedía crecer a pesar de haber dado a luz a dos hijas; entrecerraba los ojos a una realidad que no tenía fórmulas para ser feliz. Cualquier humano se hubiera conmovido ante la bendición de un hogar tan bien constituido, pero ella no entendía de lujos ni de gratitudes porque no era fácil comprender el desgaste psicológico que le producía vivir alerta a una posible, y tal vez inexistente, desgracia.
-Toda elección implica una renuncia-decía porque creía saber mucho sobre el hueco que dejan las ausencias y de los silenciosos que podrían llegar a ser sus gritos.

Algo extremadamente inexplicable la dejaría sola y transformada: más triste, más miedosa, atrapada en los credos, servidora de alguien superior que movía los hilos… Ninguno dudaba de su capacidad para agradar porque quería que los demás fueran felices y se olvidaba de ella, de sus duelos constantes, y de la mano que necesitaba para no debilitarse aún más.
-Un traje usado jamás se desluce-decía mientras remendaba las medias antiguas que su prima Teresa le había regalado.
Ese presente armado por Julián era la raíz, el principio y el fin, ¿la continuidad…?. Manuela era sinónimo de desgarro y de horas de espera en un living centenario donde todos reían, jugaban y vivían…
-El mal pertenece a la tragedia humana-decía nuevamente como al descuido sin que nadie prestara atención a las palabras.

A las doce de la noche, partía a la iglesia de San Francisco para orar en soledad, a la deriva de las sombras y entre los rumores noctámbulos de las ánimas que se sentían jóvenes en los corredores inhóspitos y bajo los faroles de puerto. A Manuela de nada le servía practicar sus ritos porque el capítulo ya estaba cerrado a un mañana incierto que podía ver más allá de su estado febril; lo sabía desde niña por eso se negaba a crecer. Demasiados códigos resueltos la enfrentaban a un inicio donde el desenlace se contraponía y alteraba los órdenes. El sexo, la separación, la infancia, un epígrafe, el cielo, su historia… eran símbolos que su mente guardaba para los sueños cuando despertaba a los gritos en medio de las noches de lluvia mientras la gata Máxima lloraba a sus pies.

Demasiadas cortinas de humo la tenían de espectadora frente al artificio de las máscaras. Manuela, la niña, en un tablón de andamio estaba por caer frente al tiempo y su crueldad, pisoteada por la injusticia, por el espanto y la impotencia. Julián no podía contenerla porque miraba solamente a sus hijas; Manuela, ni grande ni pequeña, seguía siendo la misma víctima de algún cazador al acecho que, inservible e idiota, no podía atraparla del todo. Él prefería su estado somnoliento de mucama que esperaba órdenes; una metamorfosis de su persona lo hubiera descolocado porque ya estaba acostumbrado a la simpleza de sus incongruencias.


Manuela junto a Rocío y a Letizia parecía una muñeca de cera en la fotografía que Julián les tomó sentadas en la plaza de Barbastro en el año 1966: una obra entre el espacio real y las décadas por venir.

sábado, 26 de agosto de 2017

El silencioso grito de Manuela (Cap I-segunda parte)





Francisca, la mamá de la novia, había preparado el recibimiento a su querida hija que para ella seguía siendo virgen y mártir. Su yerno no le agradaba demasiado pero eso ya no le importaba a nadie porque su niña seguiría siendo el bebé que ella había criado. La obediencia de Manuela era casi pueril porque necesitaba la calidez de paloma de Francisca más que del amor de Julián. Era como si el sexo no existiera, ni la pasión ni el deseo, tal vez solamente la necesidad de agradar a su esposo y ser aceptada porque así le habían enseñado sus padres. Ellos, según su hija, eran embajadores de las leyes y armaban su distrito carnavalesco desde tiempos remotos alrededor de Manuela, su única descendiente. Es que ella era lo más importante en la vida de cada uno, el ser que los convertía en egoístas y posesivos.

En las tardes de invierno, Manuela tejía ponchos de oveja o de llama para cubrir las camas y los sillares del living que adornaban la galería de los retratos con algunos bustos de mármol mientras la fachada de la residencia se caía a pedazos por la humedad sobre la vereda. Julián había heredado de su padre andaluz cierta rebeldía que le impedía adaptarse a los cánones de la época.

-Oye, tú, eres un tesoro. El misterio anida en el alma de tu cuerpo-le decía Julián cuando Manuela se hallaba distante y escuchando el rigor de las palabras de Pedro, su padre, que estaban guardadas en su memoria. Es que procuraba alejarse de la influencia arrebatadora de sus progenitores, pero, sin querer, caía en las redes porque no aceptaba que debía romper un poco ese vínculo para poder crecer.
Más tarde, tomaba su baño de lavanda y mandarina que alejaba el insomnio y las tensiones y se recostaba sobre la cama a esperar… como si fuera un ritual cadavérico de fuego y ceniza, de nieve y lava…
Su indiferencia quizá tenía un nombre: frigidez o era simplemente una reacción psicológica ocasionada por trastornos en la primera infancia; demasiada sobreprotección y el rigor de las estructuras en una educación basada en el silencio. De sexo no se hablaba porque era un tema rigurosamente privado. Aquellos hombres de vida austera y retirada eran cristianos y debían respetar las castas doctrinas.

“Para amar a alguien hay que conocerlo”, dijo Fedor Dostoievsky en alguna de sus obras y eso Manuela lo cumplía con una devoción perfecta, aceptaba sus órdenes como la única manera de ofrecer su cariño y sus virtudes exentas de rencores, pero con frialdad. Los dos eran felices y sus almas se fusionaban en una combinación exacta de rutinas, libertad y comidas.
Ella cocinaba muy bien y solía sorprender a Julián con tortas de lima, bifes con puré rústico de papas, panceta, puerro y filete de brótola empanado. Había demasiada pimienta en esos preparados que se contraponía al escaso deseo de Manuela que servía los platos mirando el piso o las hendiduras del cielo raso; los sabores de la vida tampoco le atraían porque a la hora de demostrar sus pasiones aparecían los ojos azules de niña o los rezongos. Su mirada hipnótica desconcertaba, por momentos, a Julián que sentía que el corazón se le aceleraba en el pecho porque no alcanzaba a entender el aturdimiento de Manuela y sus ceremoniales. En su rostro se pintaban el candor y la suavidad, la sonrisa pura y confiada, la sabiduría de la resignación…

Las hojas de palma de su altar improvisado eran un testimonio, tal vez un mensaje encubierto, que una mujer diligente trataba de ocultar; sus cruces y rosarios con esmaltes y perlas escandinavas aparecían tras los murmullos de palomas y los murciélagos de negro terciopelo con sus reclamos de discípulos.
¿Por qué Manuela se abandonaba a las eternas oraciones en su reducto de novicia con ventana de barrotes altos?.

Ella sabía que algo iba a ocurrir en su vida por eso acumulaba frascos con ungüentos balsámicos, redomas, tisanas y flores de peonía. Su inseguridad no era tal a la hora de escuchar los designios del Supremo que, tras el postigo, le hablaba con voz la de su padre Pedro y le decía:
-No juegues con el destino; el dolor da experiencia y te permite crecer. Acepta los mandatos sin cobardía porque existen acontecimientos inevitables.
Manuela, al oír esas palabras se agitaba y escapaba con los síntomas propios del desvanecimiento para regresar a la sala con la garganta obstruida por la congoja y la infame llamarada del miedo; ella no podía explicar esas visiones que la atormentaban desde siempre cuando su piel lucía como nácar en los años juveniles y corría por los cañaverales y viñedos con cotorras en las manos. Sumida en un mar de dudas, conocía la fatiga y el descanso, aceptaba toda clase de límites y de condicionamientos: su deber era obedecer.

Ahora, fría como un vil asesino, parecía que se aligeraban las cosas y que el tiempo reaccionaba cediendo su paso al dolor de lo inesperado; la fobia y la indiferencia iban de la mano pues su cuerpo podía quemarse sin darse cuenta dando aletazos de polluelo.
-¡Tú qué tienes!-le decía Julián sin dejar de leer el diario.
-Nada… Te prepararé un postre con trozos de naranja en almíbar acompañado con una taza de té.

Manuela prendía la lámpara de la cocina y, mientras preparaba el menú, escondía sus estampas tras un cristal para que ellas miraran sus movimientos y perdonaran su desconfianza. Su espíritu no era rebelde sino enfermo de apatía y desinterés.

El silencioso grito de Manuela (Cap I- primera parte)





I




En la comunidad autónoma de Aragón, al norte de España, junto a los Pirineos, en la provincia de Huesca, se hallaba Barbastro, la capital de la comarca de Somontano, en una ciudad que guardaba tesoros en medio de las montañas. Cada calle pedregosa mostraba la tortuosa vida de los habitantes, entre anticuarios y artistas, que estaban dispuestos a fingir y a esconder sus retorcidas ideas.

En la iglesia de San Francisco, templo original del siglo XVI, se casaron en el año 1960, Manuela y Julián Costa Río en una ceremonia sobria y sin la presencia de demasiados familiares porque a ella no le interesaban los escenarios ni el glamour de los atuendos y menos la hipocresía que demostraban algunos que decían ser sus amigos. Podían concurrir a la boda viñadores, vendedores de madera, toneleros, posaderos y gente de alta sociedad; Manuela no los veía porque su preocupación no eran los intereses terrenales.

El edificio reproducía los portales propios de su folclore en los muros utilizando ladrillos rojos y en las galerías arquillos de medio punto que culminaban con un vértice o esquina original de la arquitectura histórica. Era una visión especial de siglos marcados por el genio y la sabiduría de grandes cultores del arte. La luz llegaba a una especie de antro donde los novios se entregaban a la gloria del campanario.
Manuela era una mujer sumisa y agradable, demasiado dadivosa y consagrada a los rezos como resultado de su estructurada educación religiosa. Julián se dedicaba al comercio de automóviles en un negocio que tenía ubicado frente al palacio de Argensola. Él era ambicioso y le gustaba demostrar más de lo que poseía pero puertas adentro porque envolvía con un velo su casa de picaporte herrumbrado para ocultar sus finos muebles, los trajes caros que nunca usaba y las joyas que le regalaba a Manuela. Ella no sabía ni quería lucirlas pero las admiraba acariciándolas dentro de la caja de música de su madre. Daba la imagen de una mujer poco elegante y tímida ocupada en reparar sus medias y remendar el guardarropa.

Los esposos eligieron la Costa del Sol para ir de luna de miel por sus características mediterráneas. La región se dividía en dos sectores: el occidental, desde Málaga hasta Estepona y el oriental, que se hallaba entre Málaga y Nerja. Existían kilómetros de playas y de vegetación exótica cerca de puerto Banús, de Marbella, de la Benlamádena o Torremolinos.
Justamente en ese año la Costa del Sol se había transformado en zona turística, con los mejores campos de golf de toda España.
Manuela y Julián recorrieron los “Pueblos Blancos” que se asentaban en las montañas o sobre las colinas con su típica arquitectura morisca.
En el restaurante “La Reja” cenaron: gazpacho, paella, frituras de pescado, jamones serranos, ternerita a la Sevillana… rodeados de un ambiente de maquillajes vivos por la emoción de la presencia de esos enamorados. Había quienes cantaban o bailaban sin esperar el aplauso como en una secuencia de cine mudo. Ambos concentraban el sentimiento en el goce de lo impredecible, con el lenguaje ajeno de malicia pero distante de la auténtica unión.

Ese viaje fue muy sugestivo e inolvidable para los dos aunque Manuela se descompensaba, a menudo, por el cansancio y el calor; es que era una persona débil que le gustaba sólo la tranquilidad de su hogar y allí, en ese reducido mundo de cuatro paredes, ella encontraba la paz y la felicidad. No necesitaba ir a buscarla afuera porque para Manuela era perder el tiempo; el vacío se profundizaba y la soledad interior interpretaba personajes dentro de su espejo. Ese hueco, impensado para muchos y no comprendido para otros, no se rellenaba con nada.

A Julián, algo soberbio, le fascinaban los itinerarios de leyenda cuando los caminos y las paredes amuralladas tenían historias escritas por algunos turistas guerreros que no sabían de la quietud de los fondos, sólo del frenesí de la conquista. La pasión y la curiosidad, a veces, lo desviaban de los placeres del amor.
Manuela y Julián no pensaban lo mismo pero se querían con un extraño disfrute de años acumulados, como viejecitos a media luz, sin estridencias pero con algunos mandatos que delineaba ese caballero con gobierno propio.



La casa en Barbastro los recibió abiertamente, después de la boda, con los canteros floridos y sus balcones de hierro forjado; el alero culminaba en un volado labrado en madera que combinaba piedras y tejas en esquinilla: un arte que había recibido la influencia catalana.
-¡Qué es esto!-dijo Julián enojado por los arreglos exteriores que delataban su fortuna. Reconoció que no era él, educado en un colegio para monjes y entregado después a una vida mundana, quien debía responder con improperios.


Las habitaciones olían a café suavizado con leche, bizcochos y “sabaos” o masas dulces como simulacros vivientes de un jolgorio pintado por una mano conocida. Los sillones estaban cubiertos con tafetanes y galones de oro que contrastaban con el albo ropaje de Manuela.

El silencioso grito de Manuela (Introducción)


Hugo Romano


Fraix, Nidia Luján
El silencioso grito de Manuela/ Nidia Luján
Fraix-1ª ed. Carcarañá: Nidia Luján Fraix 2015
324p; 24x14 cm
I.S.B.N 978-987-33-9852-0
1. Novelas existenciales. I. Título
CDD A863








  


“El amor es un símbolo de eternidad.
Barre todo sentido del tiempo,
Destruye todo recuerdo de un principio
y todo temor a un fin.”

Madame de Staël











INTRODUCCIÓN


Maestra del autoengaño, Manuela vivió siempre a la sombra de los demás porque le resultaba fácil y cómodo. Su carácter esquivo y sus rasgos de niña la transformaban en una discípula de sus propios miedos. Entre paradojas no supo criar a sus hijas: Rocío murió cuando era pequeña, esa desaparición la marcó para siempre; Encarnación: enérgica, impulsiva e inadaptada en una sociedad prejuiciosa y teatral, falleció a los veintiún años dejando un hijo; Letizia: dócil, sensible, ajustada a las convenciones sociales y a los reclamos absurdos de los padres, nunca pudo crecer lo suficiente como para afrontar los avatares de un destino demasiado infausto.

En alguna letanía se dormían los sueños en un idioma lato que dilataba la llegada de las sentencias. No era equitativo ese camino hierático para quienes oraban por un poco más de oxígeno.
La familia se desdibujaba por la niebla ante un fracaso, porque vivían pensando en el futuro que los apuñalaba cual rival y los despertaba de algún letargo transitorio. No había enlace entre los tiempos y cada uno era artífice y víctima de su propia condena.

Manuela imaginaba violaciones, asesinatos y saqueos de conventos en un ambiente con pasajes huidizos que se llevaban la vida. El ritmo era vertiginoso y los arrastraba a todos al sacrificio con sus estampas bíblicas, entre retamas, narcisos y teas encendidas. El miedo procesaba las ideas con vigilancia; era el principio y el fin de los delirios.
La reveladora visión del mundo reprimía los impulsos de ser feliz. ¿Para qué?. Después vendrían los hechos con toda su magnitud a reírse con hipocresía de sus pobres almas. La resignación era la única vía de salvación.

Dios era el sostén que exaltaba los ruegos frente a los sentimientos piadosos, pero existía un sendero escrito de antemano por alguien que, desde la gloria, los iba a llevar a todos y cada uno a los extremos.
Continuará...

sábado, 15 de abril de 2017

Gustavo A. Bécquer... el amor





“El alma que hablar puede con los ojos,
también puede besar
                 con la mirada.”


Gustavo A. Bécquer ( 1836-1870)


sábado, 8 de abril de 2017

Entre tú y yo...





"No dejes que termine el día sin haber crecido un poco,
sin haber sido feliz,
sin haber aumentado tus sueños.
No te dejes vencer por el desaliento.
No permitas que nadie te quite el derecho a expresarte
que es un deber.
No abandones las ansias
de hacer de tu vida algo extraordinario.
No dejes de creer que las palabras y la poesías
sí pueden cambiar el mundo.
Pase lo que pase nuestra esencia está intacta.
Somos seres llenos de pasión.
La vida es desierto y es oasis.
Nos derriba, nos lastima,
nos enseña,
nos convierte en protagonistas 
de nuestra propia historia.
Aunque el viento sople en contra, 
la poderosa obra continúa:
tú puedes aportar una estrofa.
No dejes nunca de soñar
porque en los sueños el hombre es libre..."

Walt Whitman

***

Les cuento que habilité mi blog
BIBLIOTECA PERSONAL


porque quiero dedicarme más a la literatura
que siempre fue mi tema:
mi prioridad.

Por eso los invito a ese blog donde publicaré
todo lo mío
aparte de breves reseñas de los libros que me gustan
y todo lo relacionado con mis pasos 
en aquello que tanto amo que es escribir.

También tengo pero separado en otro blog

ARBOL DE DIANA

que es un sitio de poemas principalmente:
autores clásicos, poemas de amigos y conocidos,
autores invitados.
Una especie de Taller Literario.

LOS INVITO,
GRACIAS POR COMPARTIR Y POR ACOMPAÑARME SIEMPRE
Y PIDO DISCULPAS
POR MIS CAMBIOS.

BESOS A TODOS.

miércoles, 29 de marzo de 2017

El lago Hiller, en Australia




Parece artificial pero no lo es.

El color rosa intenso del LAGO HILLER, en AUTRALIA,
fue documentado por primera vez por el explorador
MATTHEW FLINDERS, en 1802
y nunca cambió desde entonces.

Si bien los motivos de esta peculiaridad aún son un misterio,
los científicos que la estudiaron creen
que podría ser generada por unos extraños microorganismos
que viven en la costra de sal
que se forma en la orilla.

El agua del lago es absolutamente inofensiva para el hombre,
por lo que se puede nadar y disfrutar del fenómeno
de la naturaleza que nos sorprende día a día
con su mágica belleza.




jueves, 23 de marzo de 2017

Mi esencia... tu espejo



Charles White




He dejado para mañana los sueños inconclusos
para dar vueltas
en la seducción de ese gris-oro
que envuelve cual manto las esferas de los días.

¿Algún viejo amor?

No sé...
Los sentimientos aparecen como efímeras sonrisas
que se borran tras el arte
de saber que somos esencia, alma, corazón guardado que reposa...

No importa si es otoño o primavera,
somos todo eso y más:
las ciudades que hemos visto,
las lágrimas que hemos derramado...
todos los puertos,
nuestros antepasados.

Luján Fraix-2017



Sergio Roffo

miércoles, 15 de marzo de 2017

Entre tú y yo...






 Hay dos caminos a la sabiduría:
el clásico, el del sabio,
que se sienta y mira la montaña
y comprende el sentido de la vida contemplando
y el del guerrero
a quien no le alcanza
con mirar la montaña: tiene que intentar escalarla,
y su aprendizaje viene de la acción,
no de la contemplación.

Todos poseemos la misma capacidad
de entendimiento pero necesitamos creer
en las revelaciones que nos trae la vida cotidiana.
Antes de lanzarnos a la actividad del día,
es importante detenernos.
Esto nos permite reflexionar sobre nuestras prioridades,
las actitudes ante un problema,
las decisiones que tomaremos.


Anónimo


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Recuerda... no depende la venta de la calidad de tu obra. No escribas pensando en la ganancia. El verdadero Arte nunca fue apreciado en su propia época.