La abuela francesa-De Suiza a América--Francisca y Juan José---1865 (2da parte)



Las leyes fueron duras por esos años: las guerras, el caudal de muertes, una vida casi prestada de sinsabores en un círculo demasiado involucrado en los problemas de un gobierno dictatorial.
Napoleón lll contaba con el sostén del cuerpo legislativo, de la burguesía a la que favoreció económicamente, de las masas populares a las que prometió reformas sociales y del ejército al que apoyó para hacer de él un instrumento de su propia seguridad.
Las familias habían decidido marcharse en busca del aire que les faltaba en esa atmósfera tan densa como represiva.

La sirena de “El Bargaret” anunció que necesitaba diez minutos para zarpar de esas tierras amadas. No podían malgastar las horas en discusiones absurdas, porque debían ponerse en marcha lo más rápido posible para no pensar en el destierro.
El ambiente, aderezado con aroma a ron y salmuera, estaba lleno de indisciplinados, viajantes de comercio, gente humilde y polémica y algunos ardientes soñadores.



Francisca Dunoyer y Juan José Bourdet subieron a la nave con sus hijos. Solamente uno de ellos prometía ser la persona íntegra y perspicaz apta para dominar, con habilidad, el territorio que los esperaba y que sería su nuevo hogar. Tal vez no fueran tan adversos los horizontes de América, pero a más de uno se le doblegaban las fuerzas al pensar que tendrían que comenzar a vivir bajo un techo desconocido.
A bordo, Francisca se dio cuenta de que faltaba uno de sus pequeños; en el apuro, Louis se había quedado llorando junto a la embarcación, desorientado. Francisca estaba nerviosa; demasiados problemas escapaban a su dominio de creadora y madre. No pudo hostigar al niño, carente de afecto, su propósito en ese momento era organizar la travesía sin abandonar ningún detalle. Ella era feliz; su esposo, en cambio, se encontraba sumido en largas meditaciones que lo turbaban hasta aturdirlo por completo. Era un señor de baja estatura pero de físico nervioso e inteligencia excepcional; trabajador incansable, conocía a la perfección los asuntos más diversos y en especial los rurales.

El barco comenzó el viaje que sería la clave y el destino de muchas vidas errantes, unidas por el lazo de una sangre luchadora con el fervor propio de los guerreros.



Los marineros recorrían la cubierta. Todo estaba en excelente estado: los botes salvavidas, los víveres en la bodega, el sextante, el mástil de mesana y la antena de radio. La bitácora, que había demandado varios meses en repararla, funcionaba perfecta y el timonel Thiriot estaba orgulloso de su tripulación, de la nave y del itinerario que para él también sería un desafío.

Los pasajeros en los camarotes, no dejaban de sentir temor a algún acontecimiento inesperado que pudiera alterar el ritmo: islas volcánicas, pulpos gigantes, iceberg y demás elementos supuestamente inverosímiles. El miedo suele ser testigo de mensajes nocivos para las almas débiles, las inquieta a tal punto que sienten que va a suceder algo. A hurtadillas, cada uno era artífice de sus propios argumentos.
El casco de “El Bargaret” poseía un doble fondo que estaba dividido en diez compartimientos estancos que lo convertían en coloso. Tenía cinco niveles y chimeneas, hotel, teatro, camas con baldaquino, restaurantes para los pasajeros de primera clase. Los de tercera viajaban en una cabina con dos camas.


Melanie Bourdet, la hija de Francisca y de Juan José, inventaba narraciones de príncipes y doncellas en un universo de magia permanente. Su personalidad algo díscola y solitaria mostraba, a veces, la fuerza de su temple; no aceptaba opiniones, ella tenía las propias y eran dignas de respeto y admiración por parte de sus progenitores.
Los hermanos derrochaban la sabiduría propia de la edad; los más grandes leían a los humanistas de la época: “Los viajes de Gulliver” y “De la tierra a la luna” de Julio Verne; sin embargo, era Melanie la que desacomodaba las palabras, las volvía a armar y creaba verdaderas obras de arte. Era el hallazgo mismo de sus ficticias historias.



De---La ABUELA francesa

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Vestida de terciopelos, con mangas amplias, doña Emma se sintió envuelta como en una brisa, por un murmullo de palabras. Dejó en el armario sus papeles de dibujo y bordado y revivió un poco el fuego antes de partir hacia la iglesia.

‒El auto está listo‒dijo Jeremías.

Cuánta era su tristeza los domingos por la tarde. Hundida en un extraño sopor, escuchaba el revuelo de las hojas. Por los tejados se deslizaban los gatos que buscaban el último rayo de sol. El viento, en la carretera, arrastraba nubes de polvo. En la llanura ladraba a veces algún perro vagabundo y las campanadas proseguían con su repique que se perdía en la soledad del campo.

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