Regresar al amor


Muy pronto en mi vida fue demasiado tarde...
como si caminara delante de mis propios pasos aunque no hacía más que huir de ellos y esperaba llegar a un puerto de luces apagadas para repartir las horas.

En la primera fila los recuerdos: relatos que llegaban a mi corazón con diluvios y vientos, ilusiones que duraban poco, huellas de personajes que corrían por mis cuentos... Buscaba.

Intentaba encontrar el perdón en la alegría de un encuentro, una mirada para pedirle ayuda... La única salida para protegerme, la indiferencia y algo más.

Lentamente fui abandonando la luz, quería que otro me revelara alguna verdad y nadie sabía el secreto del fuego que había devorado las palabras.

Me quedaba sola. El sol se levantaba en el horizonte mientras imaginaba que recorría caminos. El destino pasaba a mi lado y trataba de alcanzarme como un huracán o una presencia que se borraba y me decía: adiós.

Restos de mi alma vagaban por mis libros, mis miedos en las heridas de mis manos que sangraban... Buscaba.

Era demasiado grande aquel amor para perderlo pero tenía que ayudarlo a morir para seguir viviendo. Procuré esconderme, todavía existía la piedad.

Cuando desperté me paré delante de una sombra de ojos negros, triste y benévola, que me miraba a través del espejo. Yo misma. Llevaba años contándome cosas.

Separada por unos pasos, la imagen me dijo:

-Un hombre salió a recorrer el mundo para encontrar lo que buscaba, pero sólo al regresar a su casa halló la felicidad.



Luján Fraix-1996

Parte de Los duendes de la casa dulce



Premio---Concurso de Cuentos (A.D.E.A)---Buenos Aires.



Vestida de terciopelos, con mangas amplias, doña Emma se sintió envuelta como en una brisa, por un murmullo de palabras. Dejó en el armario sus papeles de dibujo y bordado y revivió un poco el fuego antes de partir hacia la iglesia.

‒El auto está listo‒dijo Jeremías.

Cuánta era su tristeza los domingos por la tarde. Hundida en un extraño sopor, escuchaba el revuelo de las hojas. Por los tejados se deslizaban los gatos que buscaban el último rayo de sol. El viento, en la carretera, arrastraba nubes de polvo. En la llanura ladraba a veces algún perro vagabundo y las campanadas proseguían con su repique que se perdía en la soledad del campo.

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Buenas y Santas...-Los hijos olvidados.
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