Aluen (luz de luna)
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La cocinera de Frida, de Florencia Etcheves
Nayeli, una joven tehuana que ha huido de su hogar, llega a la ciudad de México desamparada. Gracias a sus maravillosos dotes en la cocina encuentra un lugar en la Casa Azul, donde Frida Kahlo vive prácticamente aislada desde el fatal accidente que la dejó paralítica. Entre sabores, aromas y colores, la pintora y su nueva cocinera inician una amistad que marca profundamente el destino de ambas. Muchos años después en Buenos Aires, donde Nayeli se asentó e hizo una familia tras la muerte de Frida, la nieta de ésta descubre un secreto que puede cambiarle la vida: la existencia de un misterioso cuadro donde su abuela es la protagonista, pero cuyo autor se desconoce.
Florencia Etcheves ha conseguido recrear el lado más humano de Frida Kahlo, al mismo tiempo que traza una poderosa novela donde las intrigas, los amores y las envidias tejen una entrañable historia de amistad y lealtad entre dos mujeres unidas por el destino.
OPINIÓN PERSONAL
Nunca había leído a Florencia Etcheves (famosa periodista y ahora escritora) y me sorprendió la forma de narrar que es una de mis prioridades al elegir un libro, además del argumento, la sinopsis. La historia de Nayeli es tan real que emociona y nos muestra detalles de Frida desconocidos, intensos, conmovedores e increíbles, lo mismo de su marido Diego. A la par la nieta entrelaza otra historia, también interesante, que viene desde la época de su abuela. Recomiendo este libro porque a mí que me gusta la historia y los personajes famosos me resultó apasionante.
LA COCINERA DE FRIDA, de Florencia Etcheves
Café de Hansen, de Luján Fraix
Perder el Alma. Me deben una vida...
Se oían a lo lejos las palomas y las tórtolas.
A Guillermo esos sonidos le traían recuerdos del cementerio donde iba, de niño, a visitar a Salvador. Mía lo llevaba. Le hacían creer que su padre descansaba en aquella tumba marmolada, pero allí no había nadie. Las cenizas de Salvador permanecían en el patio de la iglesia. Él era muy chico para saberlo; le hubiera destrozado el corazón. Prefería creer que su papá se hallaba guardado en un cofre con encajes blancos, bien cuidado, durmiendo para siempre en ese refugio inmaculado. Pero llegó el momento que sintió que allí no había nadie, no porque no estuviera el cuerpo sino porque el silencio, como una palabra, le decía: ve tranquilo, yo estoy bien, vive tu vida y no te preocupes por mí. Y así fue que dejó de ir, aunque le agradaba ver los cientos de gatos que lo perseguían o los ángeles escribiendo sentencias con las alas desplegadas e infinitas. Él les miraba los ojos a aquellas estatuas, pensando que en cualquier momento iban a mover los párpados. Estaba todo tan inhóspito, pero había magia, algo celestial, como si le lloviera paz sobre los hombros.
Y así se fue despidiendo de ese jardín, donde el corazón se abrigaba buscando huecos para llenar, cuando la vida le decía que no se desplomara porque aún los días amanecían…
*
Claude Monet, amor por la naturaleza
Hija única. Libro de Recuerdos
❤❤❤
Surcos
en los senderos, bóveda de estrellas, la gata Lola de mi abuela Juana y el
espejo que me mostraba los años.
‒Niña,
no tienes que tener vergüenza. Eres buena, inteligente, linda… ¡Vamos!
Gracias
madre por enseñarme a ser valiente, por dejarme crecer sola como yo quería, por
darme todo y más para ser feliz. No necesitaba mucho, sólo lápiz y papel.
Siempre valoré los afectos porque eran pocos y había que cuidarlos porque sabía
que alguna vez ya no los iba a tener. Quería guardarlos en un arcón dorado para
después, para que la soledad no me dejara su frío, su madurez de escarcha, pero
no era posible porque el reloj detenido empezó a marchar y ya no quería oírlo.
Me daba miedo.
Me
colocaba el antifaz para no ver la vastedad del territorio porque era
vulnerable. Jugaba y reía para ocultar siempre mis dolores, las carencias, el
temor… que no era tanto pero que parecía irreal a esa edad.
Salía
al mundo a recorrer el paraíso de mi abuelo Eduardo después de acompañarlo
entre las sombras cuando él me venía a visitar.
‒Parece
que hay gatos ‒decía entre risas al escuchar las peleas de las mascotas nocturnas.
Él era un gaucho de las pampas, un caudillo disconforme que arremetía por los
llanos y le hacía frente a las tormentas pero ahora, después de varias décadas,
se había escondido entre los duendes de su casa dulce a meditar...
Los duendes de la casa dulce
💖Gracias Estados Unidos por comprar mi libro en papel. Doble felicidad.
"Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, a partir de las tres empezaré a ser feliz. A medida que se acerque la hora me sentiré más feliz. Y a las cuatro, me agitaré y me inquietaré; ¡descubriré el precio de la felicidad! Pero si vienes en cualquier momento, no sabré nunca a qué hora vestirme el corazón… Los ritos son necesarios”
- Antoine de Saint-Exupéry, El Principito
Tu sillón vacío. La Revolución de Mayo-1810
Tu sillón vacío
"La libertad está en ser audaz" Robert Frost
Felicitas se escapó, como lo hacía desde tiempos pretéritos, por la puerta trasera que daba a un patio con una huerta y un molinillo desvencijado para espantar gorriones.
Veinte pasos más adelante, en la entrada de una plaza, había una iglesia. Un cementerio la rodeaba cercado por una reja; Estaba lleno de sepulturas con sus lápidas a ras del suelo. El templo se había construido en los últimos años del reinado de Carlos X. La luz solar, al penetrar por los vitraux, iluminaba la ringlera de los bancos acoplados a la pared frente al confesionario con la imagen de la Virgen vestida de blanco, cubierta por un velo de tul pálido. Los sillas del coro eran de madera de abeto.
Felicitas entró a la habitación buscando algún sacerdote. Se sintió amnésica y desorientada.
Frida Kahlo... sobrevivir
Septiembre
Los días semejantes. Por los caminos de agua...
29
Jardines eternos
Debía buscar un camión de ruedas grandes y para eso se
acercó a un depósito de alquiler. Ya sabía con quién hablar del tema. El
hombre, aburrido y con un vaso de vino en las manos, le dio su aprobación y en
un rato estaban camino a Panguana en la jungla amazónica.
Otra vez el mismo ambiente, la historia mil veces repetida,
la tumba que lo esperaba. Lo sabía y se entregaba a ese deseo como única
posibilidad.
El agua que empujaba una rama, una piña, arrastrando
restos en estrechos riachuelos que nacían y morían en algún momento igual que
los seres humanos. Rápidamente desaparecían en el tiempo que tardaba una gota
en formarse en la punta de una brizna de hierba y caer al suelo.
Elías Fischer se dirigió otra vez a su antigua cabaña,
la que había destruido en un momento de ira. Lo atravesó el río, el Pachitea.
Se hallaba crecido. Era imponente y se abría paso rugiendo entre el bosque y
estallando contra el lomo de las rocas. Se veían troncos sumergidos después de
alguna tormenta.
−No hay tiempo para detenerse –dijo por lo bajo.
De cara al viento, comenzó a temblar. Evocó su casa
abrigada y una taza de café; escuchó las voces cariñosas de Sophia y de Hanna.
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