En nombre de Quasimodo


Me imagino la escena.
Los gatos del campanario. 
No te duermas...

¿Quién no debe dormirse?
La dama que los ama, la dama que es aquella que los abriga porque se siente sola... Ellos son compañeros, lo son desde tiempos ancestrales. Y el hombre ha aprendido a quererlos como niños

Dentro de ese misterio está la vida y la muerte que se hermanan porque alguien así lo decidió. Atrás quedaron los reclamos, las promesas de amor, las búsquedas de sosiego cuando todo parecía lejano, inalcanzable y bello.

Ella, La novia, que se quedó vestida con su mejor gala, volvió acompañada y comenzó a tocar el órgano de la iglesia, escapó descalza por las escalinatas y se refugió en el amor.
Esto me trae recuerdos de un Quasimodo antiguo y deforme que quería demasiado a una gitana: el jorobado de Notre Dame.
Era imperfecto, pero demasiado tierno, parecía irreal pero podía olvidarlo todo por alguien que, desde su belleza y frente a su fealdad, lo emocionaba.

Los sentimientos auténticos son aquellos que nos muestran la verdadera identidad.

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