" Luján Fraix: Querida Rosaura (Cap II, 3ra parte)

lunes, 20 de noviembre de 2017

Querida Rosaura (Cap II, 3ra parte)




Los abuelos se fueron sin haber logrado llevarse a Rosaura a quien veían como una especie de niña sudafricana y huérfana, mal alimentada y sin ropa. Pero no era así. Magdalena se desvivía por cocinar lo mejor o lo que más le gustaba a ella, tejía mucho y Rosaura tenía también vestidos costosos y de buen gusto que le regalaba su madrina Isabel. Era una niña fina en medio del terreno agreste, con el alma ebria de tanto beber lágrimas.
El tío Agustín, quien era un artista, se encargaba de darle educación antes de que le tocara ingresar al colegio. La pequeña Rosaura ya sabía las letras y los números de memoria, escribía el nombre e intentaba leer junto al fogaril en las noches de invierno cuando la vida estaba hecha de colores.



El 12 de octubre de 1928, Irigoyen prestó por segunda vez el juramento constitucional. Llegaba nuevamente a la presidencia, pero las circunstancias no eran las mismas del año 1916.
Su salud estaba quebrantada; su partido se había dividido. La crisis mundial se insinuaba ya con evidencia.
El descontento sucedió rápidamente al entusiasmo inicial. La oposición comenzó a organizarse; se acusaba al presidente de descuidar la administración pública y de dilatar la solución de los problemas más urgentes; a sus colaboradores de mantenerlo “rodeado” y al margen de la realidad política del país.
“Cuando un pueblo tiene personalidad propia y un alma nacional formada por el conjunto de sus tradiciones históricas, y permanece unido por ideales comunes, costumbres e idioma, constituye una verdadera Nación.”



En la hacienda de campo, cercada, con la casa de labor y los establos respectivos, Magdalena estaba esperando un bebé. Juan seguía escapando hacia el granero para observar las plantas gramíneas con espigas y semillas molidas y también para no escuchar al abuelo José. Se sentía preso y alborotado en una jaula, con las alas maltrechas, y cansado de tanto golpear las rejas.

Rosaura se hallaba feliz con la llegada del hermanito a quien veía como un muñeco para jugar, pero ya le tocaba ir al colegio. El hecho de sentarse en los bancos de las aulas de la escuela 230 Paula Albarracín le daba mucha ansiedad y emoción; aunque entendía que al principio se aburriría mucho porque ella ya sabía leer y escribir. El tío Agustín le había enseñado; Magdalena se lo agradecía de corazón. Había descubierto a un hermano dispuesto a colaborar, noble, un ejemplo de rectitud como lo era Juan, su esposo.

Los útiles que Rosaura tuvo que llevar el primer día de clases fueron los justos y necesarios, pero también los de mejor calidad. Magdalena no quería que su padre hiciera un solo comentario, por eso para estas ocasiones buscaba el dinero que tenía enterrado bajo las chapas del galpón. Ella sabía que había que darle importancia a la educación, aunque el destino le indicara que tenía que dejar sus huesos cautivos entre la vegetación y los trinos.


El tío se subió al sulky y acercó al colegio a Juan José y a Rosaura; les dijo que se portaran bien, que el más grande cuidara del más chico y que a la salida volvería a buscarlos, pero, al pasar las horas, quien se presentó frente al instituto en su automóvil Nash fue José Shalli. El abuelo, altanero como pocos, pensó en tener un buen gesto despojado de toda soberbia. No le salía bien.
-Vengo a llevar a los niños para la casa.
-Padre, con todo el respeto, yo he venido a recogerlos-dijo Agustín alterado porque sería reprendido por Magdalena sino cumplía con lo acordado.
-Eres necio.
-Padre, no me obligue…
-Eres un inepto que no te sabes ganar la vida, no hables con derechos porque no los tienes. Yo soy el abuelo y merezco disfrutar de mis nietos.
-Magdalena no quiere que los niños se acostumbren a una vida que ella no les puede dar. A Juan José y a Rosaura no les falta nada, comprenda…
-Abuelo.-dijo Juan José.-Otro día lo voy a visitar pero ahora tenemos que volver al campo porque mamá se va a preocupar.

El tío los tomó de la mano y en silencio se subieron al sulky para regresar a la granja. José Shalli tuvo que guardarse el orgullo y sus discursos cristianos para otro momento. Su hija ya era una mujer que tenía dominio y poder. De qué se quejaba si él la había educado así; solamente, a su criterio, se había equivocado en la elección del marido a quien consideraba un blando portador de cansancio.

De---Querida Rosaura
         ¿Cuánto dura el amor?
                              La eternidad.

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