La abuela francesa. De Suiza a América -1865-

 


Hace un tiempo fui a recorrer el campo de mi bisabuela Melanie. Caminé sus pasos en cada surco y me iluminó los ojos ese espejo de sol.
Allí entre los carros de abuelos y la casa de los lecheros encontré el alma de un viejecito que yo cuidaba. Le había pedido asilo a mi padre y nunca quiso irse...
Los dos depuraban la tierra igual que adolescentes y llevaban el arado viejo como maestros. Eran libres.
La soledad en la que vivió fue mi soledad cuando me daba consejos y me decía:
---La vida es linda.

Lo protegí hasta sus noventa y dos años, y lo acompañé hasta su última morada.

¿Me hablan de solidaridad?
Allí en esa pampa que conozco desde que era niña dejé hojas de papel en blanco que se escribieron solas porque ellos encontraron los trazos.
Tenían demasiado para decir y para soñar, pero se quedaron a la vera de los senderos con los zorzales despiertos a contemplar las horas.