La última mujer (Cap 2 Los vigías-3era parte)

 

‒¿Le temes a algo?‒le preguntó a Wilson.

‒Me siento inseguro, no sé. Como que he perdido la confianza.

‒¿En quién?

‒En todo. La vida es impredecible y te golpea suave primero para que puedas soportar el hachazo que vendrá después.

‒¿Lo dices por mi enfermedad?

‒También. Lo digo en general. Somos tan vulnerables. Tenemos el destino marcado.

‒A veces el destino lo armamos nosotros mismos con nuestras elecciones de vida, con el camino que tomamos y con los riesgos.  Si te quedas dentro de la casa es más difícil que te suceda algo imprevisto.

‒Pasa igual. Alguien dicta la sentencia.

‒¡Qué fatalista! ¡No me asustes, Wilson! Se supone que tienes que darme ánimos. No puedo deprimirme en mi estado. Sabes que he sufrido mucho desde que nos casamos y ahora con mi mal. Deberías ser más complaciente. ¡Caridad!‒gritó Rebeca para que Wilson reaccionara.

‒Sí, amor, perdona. Sé que siempre quisiste el hijo que Dios no nos regaló y que padeciste mucho por eso. Lo siento tanto.

Wilson la abrazó con ternura tratando de dar calor a ese cuerpo helado. Los ojos se le nublaron y un temblor le recorrió la piel. Era emoción y miedo, un dolor natural ante el peligro. Sabía que había elegido bien; el viaje sería enriquecedor para Rebeca y le daría la energía que le faltaba para enfrentar otra batalla. No existía ningún misterio. La vida los premiaba de alguna manera con la compañía de Carl y Amy que eran como hermanos y también con la presencia del padre cariñoso; Mark era el sostén de la familia.

‒A veces me siento tan sola aunque esté contigo‒comentó Rebeca en voz baja mientras doblaba la chaqueta que iba a usar al día siguiente.

‒¿Por qué, amor?

‒No sé. Eres tan callado. No me cuentas lo que sientes, si sufres o no, si estás feliz o te abruma esta convivencia. Si te aburres conmigo.

‒Estoy bien.

‒No parece.

‒Dejemos de hacer planteos y pensemos en los hermosos días que nos esperan frente al mar. ¿No es maravilloso?

‒Sí. Trataré de disfrutar mucho de este viaje inolvidable.



Por otro lado, Carl y Amy Bramson debatían los pormenores de aquella travesía con alegría. Tenían que buscar a la mamá de Amy para que se ocupara de la casa y de los niños mientras ellos estuvieran ausentes. Ése era todo un tema.

‒Doy mi palabra de honor que va a aceptar‒dijo Amy ante las dudas de Carl porque la buena señora era muy independiente y no le gustaba estar muchas horas de niñera.

‒Podríamos llamar, en todo caso, a mi mamá que es tan amorosa y le encanta venir de visita, jugar y entretener a nuestros hijos.

‒¡Ya nos vamos a pelear de nuevo!‒gritó Amy‒. Sabes que como mi adorada madre no hay otra.

‒¡Las mujeres!‒exclamó Carl cansado de hablar de las suegras.

La conversación, casi frívola, no se empañó en ningún momento por un mal augurio. Ellos, a pesar de ser muy amigos de Rebeca y el esposo, no sabían de la enfermedad. El matrimonio Cooper-Taylor lo mantenía en secreto porque no quería que la gente mirara a Rebeca con compasión ya que era tan joven. Esa cruz no podía cargarla, era doble, y la quebraba…

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LA ÚLTIMA MUJER
Enferma de mí.
-EL TITANIC-
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