Buenas y Santas...-Los hijos olvidados (Cap 2-Astuta y rebelde, 1era parte)





2-ASTUTA Y REBELDE


“El amor no es algo en lo que se cree
o no se cree. El amor es algo que algunas personas
encuentran y otras no.”

Marta Merkin






SANTA FE DE LA VERA CRUZ
LA INSTITUCIÓN PATRIARCAL



“Qué serenidad la del campo”, pensó don Simón Neder y se quedó mirando los tejados antiguos, las plantas que desbordaban la fuente y la jofaina de agua de aljibe de su casona colonial.
El sol se hundió en el horizonte y un perfume de sombras y arrullos de palomas invadió el ambiente en una combinación exacta de matices. Las lámparas de aceite estaban encendidas y don Simón iba y venía con ansiedad. Esperaba a los invitados.

Remedios, en la habitación de Felicitas, la estaba ayudando a vestirse. Ella no había dicho, hasta el momento, una palabra. Aceptó en silencio la falda de tafetán azul Francia, los puños bordados de su blusa y los zapatos de tacón. La capa que completaba el atuendo era de terciopelo color natural.
‒No me pondré guantes ni joyas.
‒Pero, niña, su madre me dijo que podría llevar un rosario de oro de la abuela Josefina.
‒La ostentación es de mal gusto.
‒Mire que doña Emma se va a enojar.

‒No me importa. Yo sé defenderme sola, no me trates como una criatura inválida.
El ambiente hostil dejaba al descubierto el descontento, la falta de comprensión y la autoridad de una madre que imponía sus órdenes con egoísmo. Es que ella pensaba que tenía que proteger a su hija de algunos candidatos interesados por sus tierras. En eso subestimaba a Felicitas que era hermosa y que podía enamorar a cualquier hombre de bien.

‒¡Falta mucho!‒gritó doña Emma‒Bernardino y yo estamos listos.
Felicitas bajó las escaleras arrastrando los pies como si fuera al cadalso. Bernardino sintió dolor por la niña porque sabía las intenciones de don Simón y de su madre.
“No hay derecho”, pensó.

Jeremías preparó el auto. Un Ford modelo T (conocido como Tin Lizzie o Ford a bigotes en Argentina) color tierra con capota negra. Esta clase de automóviles eran muy populares en los campos por resistir los toscos caminos rurales.
Antes de salir, Felicitas se recostó en el hombro de su hermano como queriendo confesarle alguna pena y él la abrazó fuerte.
‒¡Vamos!
En el viaje, doña Emma se distrajo observando la inmensidad del valle; apenas se podía vislumbrar el confín de las tierras de la estancia La Candelaria, donde se multiplicaba la hacienda grande y pequeña. Felicitas, con la mirada en la lejanía, no decía nada. Iba sentada atrás; su madre y su hermano no la observaban porque se encontraban abstraídos por los pensamientos.


Llegaron a la propiedad de don Simón Neder, quien salió a recibirlos con amabilidad lo mismo que su esposa Ángela.
‒Encantada de conocerlos‒dijo doña Emma‒. Les presento a mi hija Felicitas. A Bernardino ya lo han tratado por asuntos de negocios, ¿verdad?
Cuando Felicitas bajó del auto estaba irreconocible. Se había desordenado el pelo, le colgaba el sombrero hacia el lateral izquierdo, la blusa salía fuera de la falda, arrastraba la capa por el piso y le faltaba un zapato.
‒Niña! ¡Qué horror! Disculpen, por favor.




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Vestida de terciopelos, con mangas amplias, doña Emma se sintió envuelta como en una brisa, por un murmullo de palabras. Dejó en el armario sus papeles de dibujo y bordado y revivió un poco el fuego antes de partir hacia la iglesia.

‒El auto está listo‒dijo Jeremías.

Cuánta era su tristeza los domingos por la tarde. Hundida en un extraño sopor, escuchaba el revuelo de las hojas. Por los tejados se deslizaban los gatos que buscaban el último rayo de sol. El viento, en la carretera, arrastraba nubes de polvo. En la llanura ladraba a veces algún perro vagabundo y las campanadas proseguían con su repique que se perdía en la soledad del campo.

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