El silencioso grito
Las solteras
Camila
iba y venía por la sala. Recordaba que Hipólito le había dicho que en dos días
se iba para Arribeños. Imaginaba un
mundo descalzo donde los cuerpos florecían cuando los iluminaban las palabras
de amor, los abrazos, entre besos de lágrimas y estallidos de risa. Todo un
paraíso. El que no conocía pero que deseaba con toda su alma. Le retumbaba la
voz de Hipólito, su partida, y luego el mutismo contenido de polvo en medio de
una carretera solitaria. La frialdad de la pobreza no le importaba, la veía en
la casa de Consolación y eso era suficiente. No quería pararse al borde de la
nada y quedarse con las manos vacías porque sabía que otro hombre, cualquiera,
el que su padre eligiera, pondría una sortija en su dedo y ella tendría que
querer por los ojos que era lo más difícil.
‒Baja
a la tierra ‒le decía Tadea.
Camila era demasiado humana para cubrirse de arrugas a destiempo. El azar le ofrecía una sola vía: el amor verdadero.
**
Los días semejantes. Por los caminos de agua...
Junio
ALUEN. La colonización de la Patagonia argentina. Los indios tehuelches.
Aluen,
en la iglesia, caminaba de un lado a otro con Timo en los brazos. Lo apretujaba
tanto al pobre gato que la terminó mordiendo. Igual era amor del bueno. Pedro
estaba por regresar para llevarla a la casa que había comprado. Ella no
quería irse de la parroquia, le parecía que volvería el niño de un momento para
el otro y quería estar presente. Alejarse de allí era como abandonarlo. Lo
sentía así. No tenía consuelo. El padre Hilario se hallaba dando la misa de las
seis de la tarde.
En
el sermón habló de la dignidad y del respeto que los hombres de bien le deben a
la mujer: madre, esposa, hermana… Aluen lo escuchó y un escalofrío le recorrió
el cuerpo pensando en Leiva y sus abusos. Esos atropellos le habían dejado
huellas profundas que se transformaban en traumas y en situaciones no
resueltas. Igual no era momento para pensar en violaciones a la condición
humana sino en recuperar a su hijo que estaría sufriendo lejos de ella.
“Un
brujo”, pensó.
Se
sentó en el camastro y miró el horizonte por el ventanuco: la Patagonia agreste
y solitaria en contra del viento, y en otras latitudes el llanto de aquellos
que tenían que padecer las carencias, los quebrantos, la usurpación y el
desprecio. Los grandes espacios, esos
que traían aire a los pulmones, la llenaban de vida y por eso en los momentos
duros solía escapar sin rumbo fijo para caer en cualquier sitio sin miedo y con
resignación. Esa misma resignación que le cambiaba la cabeza, las ideas y hasta
los sentimientos.
Enrique VIII y sus esposas
"No pido riquezas, ni esperanzas, ni amor, ni un amigo que me comprenda; todo lo que pido es el cielo sobre mí y un camino a mis pies" Robert Louis Stevenson
Los siete dones
Bernarda se hallaba entre las matas del patio
tratando de podar un pequeño arbusto que le tapaba los alelíes. Había plantado,
por orden de doña Dolores, todo tipo de flores contra el muro para cubrirlo y
poder tener una vista colorida en primavera.
Milagros, apesadumbrada por la pelea con su
madre, se sentó en la galería con una taza en las manos y se puso a observar
los movimientos de Bernarda.
El día estaba gris. Milagros había pensado en
volver al campo, pero era muy pronto. La discusión con su madre frenaba un poco
el deseo de salir corriendo a buscar a Julián. Pensaba hacerlo por las calles
de Buenos Aires, frente a la casa de los Guerrero o frente a la iglesia. En
algún lugar debía estar nuevamente pidiendo limosnas, como un mendigo cansado
que no tenía porvenir, ni sueños.
La lluvia comenzó a caer, despacio,
melancólica, con el mismo ritmo y su olor a tierra, invadiendo los sentidos y
buscando donde dormirse para soñar despierta con lo imposible.
−¡Llueve, Bernarda! –le gritó.
−Bajo el laurel no me mojo.
−Eres porfiada. Deja eso para mañana.
Bernarda parecía un trasto viejo con el
delantal alborotado y la pollera recogida en un nudo lateral para que no le
molestase mientras se ocupaba de las plantas de doña Dolores.
Licia. Hermana mía
Rosalie,
madre de Celine, era una mujer simple que entendía cuáles eran sus deberes de
esposa y de progenitora. Se preocupaba por sus hijos, especialmente por la
pequeña que siempre buscaba refugio como un pájaro herido bajo sus alas. Ella
dejaba escapar su corazón para que se perdiera como el humo entre la espesura
de las alamedas. Era consciente de su dispersión porque algo la preocupaba: su
embarazo. Aquellos nueve meses de espera fueron confusos porque se sentía
extremadamente frágil y extraña como si un batallón de vidas le estuviera
bebiendo su sangre. El peso del cuerpo le perforaba el alma y no podía entender
a qué se debía tanto desconcierto. Su cabeza, pesada, solía vaciarse de
entendimiento y cuando reaccionaba escuchaba voces de niñas que la arrullaban
igual que palomas azucaradas. Luego oía que corrían y saltaban felices en un
jardín alpino, rodeadas de placeres y de dicha. Un sueño que la despojaba de
razonamientos lógicos. ¿Eran alucinaciones febriles? No lo sabía.
Su
realidad era Celine, la niña buena que la miraba incrédula desde su cama de
hierro con demasiada curiosidad o con el propósito de reprenderla. La pequeña
ya sabía lo que su madre pensaba y lo atesoraba en su memoria para después…
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Corazones rojos
Las enfermeras cerraron la puerta y el silencio se volvió grito de amor y renuncia. Ella, envuelta en un manto de nubes copiosas y propensas a la lluvia, abrió los ojos. Miró la puerta, el techo, la ventana cerrada que parecía una cárcel con sus barrotes negros o una tumba sin flores. No reconocía el lugar. Quiso mover una mano, pero la sentía débil como sus brazos y piernas. La cama, ese pequeño rectángulo, aprisionaba sus huesos y tenía la triste sensación de que se hallaba en un ataúd de madera de paraíso, lejos del mundo y de la vida, cautiva del mutismo más aterrador y de la soledad sin retornos.
Pensó que eso era la muerte y se desilusionó…
No la imaginaba así sino como algo bello por donde se podría deslizar su cuerpo liviano y etéreo, un pájaro de alas enormes que se enfrentaba al viento y a las borrascas, que podía desafiar a una naturaleza enemiga y a los sueños más deseados. Ver a otros seres en la infinitud, rozarlos con la punta de los dedos o abrazarlos con la energía de las llamas: madre, padre, tíos, hermanos… ¿hijos?
Los días semejantes. Por los caminos de agua...
Caminos
de agua
Magia en los
cuencos
de la noche,
cuando la luna
entre monosílabos
muestra sus ojos invisibles
y vuelve
en un sol religioso,
con pétalos del trópico,
a elegir
su camino de espejos
entre sus pétalos dormidos.
**
La niña de tus ojos
Amelie agitaba sus manitas con la intención de
juntar el sol entre sus dedos. Cada día estaba más bella y se parecía a su
progenitora: una mujer especial, sufrida, transparente, como una hoja de papel.
Rebeca imaginaba que aquellos ojos grises la miraban desde algún lugar y la
hacían sentir una ladrona, alguien que había sido despiadada. Era una sensación
espantosa que ella misma se encargaba de disipar porque en verdad así no habían
sido los hechos, pero…
¿Quién es la
persona que puede someter a juicio a un condenado? No existe.
Rebeca sabía que había hecho lo único que, en ese
momento tan drástico, era posible. Renunciar a Amelie era como negar la vida. Ella
la tomó así como Dios se la daba: despojada, libre, pura y misericordiosa.
‒¡Ya llegamos a casa!‒gritó eufórico el tío Arthur.






















