Diario de Pablo Neruda: perdido en la ciudad




"Después de muchos años de Liceo
en que tropecé siempre en el mes de diciembre 
con el examen de matemáticas,
quedé exteriormente listo
para enfrentarme a la Universidad,
en Santiago de Chile.
Digo exteriormente, porque dentro de mi cabeza 
iba llena de libros, de sueños y de poemas
que me zumbaban como abejas.


Provisto  de un baúl de hojalata,
con el indispensable traje negro del poeta,
delgadísimo y afilado como un cuchillo,
entré en la tercera clase del tren nocturno que tardaba un día 
y una noche interminables en llegar a Santiago...

Luego llegué a la capital, vagamente impregnado
de niebla y de lluvia. Qué calles eran ésas?
Los trajes de 1921 pululaban
con un olor atroz de gas, café y ladrillos...


Entre tanto el tren pasaba, de los campos con robles y araucarias
y las casas de madera mojada,
a los álamos del centro de Chile,
a las polvorientas construcciones de adobe.
Muchas veces hice aquel viaje de ida y vuelta
entre la capital y la provincia,
pero siempre se sentí ahogar cuando salía de los grandes bosques,
de la madera maternal.
Las casas de adobe, las ciudades con pasado,
me parecían llenas de telarañas y silencio.
Hasta ahora sigo siendo un poeta de la intemperie,
de la selva fría que perdí desde entonces.

Tengo miedo. La tarde es gris y la tristeza
del cielo se abre como una boca de muerto.
Tiene mi corazón el llanto de princesa
olvidada en el fondo de un palacio desierto...


Venía recomendado a una casa de pensión de la calle Maruri 513.
No olvido este número por ninguna razón.
Olvido todas las fechas y hasta los años,
pero ese número se me quedó galvanizado en la cabeza,
donde lo metí hace tantos años,
por temor de no llegar nunca a la pensión y extraviarme en la ciudad grandiosa
y desconocida.
En la calle nombrada me sentaba yo al balcón a mirar la agonía de cada tarde,
el cielo embanderado de verde y carmín,
la desolación de los techos suburbanos
amenazados por el incendio del cielo.

Todo se va en la vida, amigos,
Se va o perece,
se va la rosa que desates,
también la boca que te bese,
el agua, la sombra y el vaso.
Se va o perece.
Pasó las horas de las espigas,
el sol, ahora, convalece...


Mi vida en aquellos años en la pensión de estudiantes 
era de un hambre completa.
Escribí mucho más que hasta entonces,
pero comí mucho menos.
Algunos de los poetas que conocí por aquellos días
sucumbieron a causa de las dietas rigurosas de la pobreza.
Entre éstos recuerdo a un poeta de mi edad,
pero mucho más alto y más desgarbado
que yo, cuya lírica sutil estaba llena de esencias 
e impregnaba todo sitio 
en que era escuchada.
Se llamaba Roberto Murga..."

Revista Proa
en Las Letras y en Las Artes


Es tan corto el amor y es tan largo el olvido.

P.N