Querida Rosaura (Introducción)



  


   Rosaura Waner fue una persona que no supo entender la vida. Se entregó a los demás en un ir y venir de situaciones divididas. Amó a su madre Magdalena quien cercenó, desde niña, sus deseos más queridos; la obligó a ser una mujer y a llevar sobre sí las cargas de un adulto. No disfrutó de los momentos por hallarse inmersa en un pasado gris que le dejó secuelas hondas: la muerte temprana de Magdalena y la de su hermano Juan José de treinta y cinco años. Nunca pudo superar los avatares de un destino poco feliz y entonces se quedó detenida en el albor de las estrellas, en los recodos de su pobre chacra, en el tenebroso lugar de los sacrificios. Allí con Santiaguito frente a su ataúd blanco puso su andamio de claveles para postergar su futuro con el pretexto de los sueños inconclusos. Fue hermana-madre hasta su muerte. Cuando falleció Magdalena comenzó una vida prestada con un hombre bueno que la quería y una hija que fue un ángel tembloroso a quien transmitió todos sus miedos. Jamás olvidó el pasado; añoró las noches iluminadas y las espinas, la rara manera de amar, la vocación de servir por obligación o para poder ser querida… Parecía no reconocer el entorno de su nueva casa mientras los años se iban con la soledad de sus piadosas súplicas. Caminaba más rápido que el tiempo.

Rosaura vivió para el dolor, para llorar de la mañana a la noche a sus muertos, para velar por su hermano menor, Rubén, hasta el último día. A María, su hija, la cuidó como un tesoro que le costó mucho concebir. Sintió terror por su salud porque conocía de memoria el sabor de las ausencias; ahogó su juventud con reclamos absurdos y extendió la doctrina de su madre hasta el final de su historia.
Según sus propias palabras amó a un Dios que le arrebató la vida.

              
Vestida de terciopelos, con mangas amplias, doña Emma se sintió envuelta como en una brisa, por un murmullo de palabras. Dejó en el armario sus papeles de dibujo y bordado y revivió un poco el fuego antes de partir hacia la iglesia.

‒El auto está listo‒dijo Jeremías.

Cuánta era su tristeza los domingos por la tarde. Hundida en un extraño sopor, escuchaba el revuelo de las hojas. Por los tejados se deslizaban los gatos que buscaban el último rayo de sol. El viento, en la carretera, arrastraba nubes de polvo. En la llanura ladraba a veces algún perro vagabundo y las campanadas proseguían con su repique que se perdía en la soledad del campo.

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